
Con ocho muertos a bordo, con el puente de navegación seriamente dañado, con los sistemas de navegación destruidos en los dos ataques sufridos, la disyuntiva que se les presentaba a la dotación del Aviso Alférez Sobral era ir a Malvinas o hacia el continente. Poner proa hacia las islas en esas condiciones suponía quedar a merced de otro ataque inglés o desviarse y tal vez terminar en la Antártida. Sólo contaban con un vigía en cubierta y con una brújula terrestre que se confundía con los hierros del maltrecho buque. De algo estaban seguros: las olas venían del norte y hacia allá se dirigieron ese lunes 3 de mayo de 1982.
El 27 de marzo habían ordenado que el Aviso Alférez Sobral partiese hacia el sur. Así fue como su dotación se enteró de los planes de recuperación de las islas. Las órdenes que recibió el capitán de corbeta Sergio Gómez Roca era situarse en un punto entre el continente y las islas y estar preparados para misiones de búsqueda y rescate.
Construido en 1944 en Estados Unidos, esta nave de 43,6 metros de eslora y 10,3 de manga, había participado en tareas auxiliares en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial bajo el nombre de USS Salish. En 1972, fue entregado a la Armada Argentina y lleva el nombre del Alférez José María Sobral, un destacado explorador militar y geólogo, que hizo historia en la Antártida.
La primera misión en la guerra de Malvinas para este buque no demoraría en llegar.

En la noche del 1 de mayo, había sido derribado el Canberra MK-62, número 110 por un misil supersónico Sidewinder que impactó en su turbina derecha. Los pilotos, teniente Eduardo de Ibáñez y el primer teniente Mario González debieron eyectarse.
El Alférez Sobral recibió la orden de ir a su rescate, a un punto establecido a 180 km al norte del Estrecho de San Carlos.
El comandante reunió a todos los oficiales en la cámara. Con una carta desplegada donde estaba ploteada toda la flota inglesa, señaló un punto 90 millas al norte de Malvinas. Era el lugar donde debían ir, peligrosamente cerca de la flota británica. Hubo un silencio total. Todos se miraron entre sí y nadie dijo nada.
Luego de un reabastecimiento en Puerto Deseado, el buque llegó al lugar asignado casi a la medianoche del 2 de mayo. Al llegar, el Sobral fue sobrevolado por un helicóptero británico Sea King que luego se alejó.
La dotación fue a cubrir los puestos de combate, esperando un ataque. Luego de unos cuantos minutos, apareció un segundo helicóptero, un Sea Lynx y se abrió fuego con el modesto armamento: un cañón de 40 mm y las ametralladoras de 20 mm, provocando que se alejara.

Había mar gruesa y el buque navegaba lentamente. Todos se prepararon para un ataque. Cuando divisaron luces pensaron que eran bengalas que habían arrojado los pilotos que iban a rescatar. Pero eran proyectiles.
Un misil Sea Skua, disparado desde dos helicópteros que habían despegado de los destructores Coventry y Glasgow –uno de ellos debió regresar por fallas- destrozó la lancha que el buque llevaba, y se hundió parcialmente el baño del personal, provocando heridos. Gómez Roca ordenó revisar el sector de proa para verificar posibles daños. Cuando finalizó la revisión, se produjo el segundo ataque.
Todo pasaba en segundos. Fondevila vio caer en llamas al cabo Enríquez, que se desplomó por la escala. Bazán lo cubrió con una manta y lo corrieron hacia un costado.

En ese segundo ataque un misil impactó de lleno en el puente de comando que, junto al puesto de radio ubicado debajo, quedaron destruidos. Mató a toda la gente que estaba allí menos a un cabo, que quedó herido. No hubo más víctimas gracias al comandante Gómez Roca que, luego del primer ataque, había ordenado que permaneciera en el puente de mando sólo la dotación indispensable; el resto quedó bajo cubierta.
Bazán, que había sido demorado por el médico para revisarle una herida que había sufrido, salvó su vida porque se dirigía al puente. Allí no vio a nadie con vida y ordenó apagar los incendios. Se convirtió en el comandante de la nave. Está convencido de que la decisión de Gómez Roca salvó muchas vidas.
En medio de gritos y de alaridos de los heridos, se desató un gran incendio, que pudo ser controlado.

Comprobaron que las máquinas continuaban funcionando y que no había inundación. Bazán le ordenó a Fondevila conseguir la radio de emergencia, guardada en el cuarto de radio, que se estaba incendiando. Tomado a la escala, subió y se encontró con el cuerpo del cabo Tonina, que estaba colgando porque el piso del puente se había perforado. No pudo continuar porque el humo lo ahogaba. Contuvo el aire y volvió a subir. Corrió los restos del cabo Alancay, totalmente destrozado, y encontró la radio. Durante quince minutos transmitió el SOS en morse, además de pedidos de auxilio en radiotelegrafía y en radiotelefonía. “Mayday, Mayday”, sin decir quiénes eran.
Hubo que detener las máquinas por un problema en el timón. Una hora después, el jefe de máquinas solucionó el problema y volvieron a navegar. No se produjo un nuevo ataque; los ingleses veían las llamas.

Luego de tres largos días de navegación sin saber a ciencia cierta hacia dónde se dirigían, avistaron la costa y un helicóptero de la Fuerza Aérea los sobrevoló en un punto al sur de Río Deseado.
Fueron jornadas marcadas por la incertidumbre. Hubo reiterados incendios, y se debió cortar cables para evitar nuevos porque los matafuegos ya estaban descargados. Así transcurrieron los días 3, 4 y 5, sin avistar la costa. Intuían que si se desataba una tormenta, seguramente el barco no la soportaría. Además, existía la urgencia de tocar tierra para atender a los heridos, ya que las medicinas escaseaban. El panorama era desalentador.
Durante la travesía, transmitieron cada cinco minutos por la red de emergencia “para todas las estaciones que nos escuchan”. Un cabo, en su Spika escuchó que un locutor decía “para el señor Gómez Roca, hemos recibido su mensaje”. Sabían que estaban.
De pronto, el teniente de corbeta Casal cayó en la cuenta de que navegaban sin bandera, que se había perdido con el mástil en el ataque. Y ató la bandera de guerra a la pluma del buque.
Cuando un helicóptero se aproximó le lanzaron dos bengalas, que la nave interpretó que del barco le abrían fuego. Se alejó y regresó muy lentamente. Bajaron una camilla por los heridos. Luego un avión, en vuelos rasantes, les indicó hacia dónde debían dirigirse. Cuando pasaron junto al buque Cabo San Antonio, la tripulación formó en puesto de honores, demostrando que estaban en un buque que seguía navegando.

El Aviso Alférez Sobral tuvo ocho caídos, comenzando con el capitán de corbeta Sergio Gómez Roca. Los otros fueron el guardiamarina Claudio Olivieri; el cabo principal Mario Alancay; el cabo segundo Sergio Medina; el cabo segundo Elvio Tonina; el cabo segundo Ernesto Del Monte; el marinero de 1ª Héctor Dufrechou y el conscripto Roberto D’Errico.
Una vez en puerto, se reparó el buque y con un puente improvisado fueron a Puerto Belgrano. A los tres meses volvieron a zarpar hacia Ushuaia. Fue muy emocionante despedirse de los conscriptos que a fin de ese año se fueron de baja.
Años después, en una oportunidad en que el Alférez Sobral estaba anclado en Ushuaia y era posible visitarlo, un inglés subió a bordo. Antes de descender, dejó escrito en el libro de visitas: “Me complació visitar esta hermosa nave con un espíritu de amistad y como señal de respeto a los valientes hombres que tan bien sirvieron a su país en el ARA Alférez Sobral en 1982″.
El visitante era el almirante retirado Paul Hoddinott, quien en la guerra fue el comandante del destructor Glasgow, de donde despegaron los helicópteros que habían protagonizado el ataque.
El barco, luego de tantos años de servicio, fue reclamado por la provincia de Santa Fe para que sea museo, como un merecido homenaje de su participación en la guerra de Malvinas y a aquella tripulación que también hizo historia en el Atlántico sur.
Los hierros retorcidos del puente de navegación, que se exhiben en el Museo Naval de la Nación, pueden darnos una idea de la magnitud del ataque que el buque sufrió ese 2 de mayo y la dura prueba a la que fueron sometidos un grupo de hombres que combatieron en las heladas aguas del Atlántico Sur.
Fuentes: fueron entrevistados el Vicealmirante Eduardo Alberto Fondevila Sancet y Capitán de Navío Sergio Bazán
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