
Cuando dos compañeros de pabellón del pabellón 1 de la Unidad Penal Número 26 de Olmos le preguntaron qué quería que le regalaran, Carlos Eduardo Robledo Puch les respondió: “Una máquina del tiempo así viajo al pasado a darle un abrazo a mis viejitos”.
El llamado Ángel Negro cumple hoy, miércoles 19 de enero, 70 años y ostenta un récord que ningún detenido le envidia: es el hombre que más años preso lleva en la Argentina.
El 3 de febrero cumplirá 50 años en prisión. El 27 de noviembre de 1980 fue condenado a cadena perpetua por tiempo indeterminado por haber matado a once personas por la espalda o mientras dormía.
Más allá de que la Justicia de San Isidro no descarta otorgarle un arresto domiciliario o la libertad definitiva, la situación no es sencilla. El famoso asesino que en su época era comparado por los detectives del caso con Marilyn Monroe por su belleza, necesita una casa y una persona de confianza que le salgan de garantía.
Como pasó con Arquímedes Puccio, el siniestro secuestrador del clan, que logró la libertad después de que un pastor de General Pico, La Pampa, le ofreciera alojamiento.

“No sé por qué no me dan una pistola así me pego un tiro y dejo de sufrir”, exclamó una vez Robledo. En 2008, al autor de esta nota le dijo: “Todos los días muero un poco. Sé que voy a morir en la cárcel y ese es mi mayor temor”.
Por entonces contó que tenía un sueño recurrente: un guardia le decía que preparara el bolso porque iba a salir en libertad. Él pensaba que era una broma hasta que sus compañeros lo aplaudían. Lograba salir, pero cuando iba por la ruta haciendo dedo un meteorito hacía impacto en el planeta Tierra y llegaba el fin del mundo.
“Me despierto con una angustia tremenda. A veces preferiría estar muerto para no sufrir más y, si es que existe algo más, me gustaría reencontrarme con mi vieja Aída”, confiesa.
Con su padre Víctor nunca tuvo una buena relación. El hombre hasta había dejado de visitarlo. Volvió a hacerlo después de que su hijo tuviera un brote psicótico en la cárcel de Melchor Romero. Un día se puso una capa y unos lentes y prendió fuego la carpintería del penal al grito de “¡Soy Batman!”.

Hace diez años había dejado de creer en Dios porque un capellán de la parroquia de Sierra Chica, donde estaba detenido, le dijo que ni lo soñara cuando Robledo le preguntó si podía darle alojamiento el día que saliera libre.
Pero en los últimos años volvió a creer. Charla con curas y pastores.
Por momentos cree que va a morir preso, pero por otros se ilusiona: “Sé que algún día Dios me hará libre”, le dijo a uno de sus confesores.

El año pasado, Robledo vivió, por la noche, una sorpresa que no esperaba. En los últimos años nadie lo había hecho por él. Se sentía olvidado hasta por sus propios compañeros. Cuando los internos del pabellón lo llevaron a una mesa larga con los ojos cerrados, sonrió como un niño.
Cuando los abrió, había una torta y una velita.
-¡Que los cumplas feliz! ¡Que los cumplas feliz! ¡Que los cumplas, Carlitos, que los cumplas feliz!
Carlos Eduardo Robledo Puch sopló con debilidad -tiene EPOC y asma- y saludó emocionado uno por uno a sus compañeros del pabellón 1 de la Unidad Penal Número 26 de Olmos.
Le dijeron que pidiera tres deseos. Pensó y luego dijo:
-Ya saben cuál es. Salud para todos. No cumplir 50 años detenido y que River salga campeón de todo.
Lo aplaudieron.

“El día de su cumpleaños se levantó a las 10 de la mañana en el pabellón. Salió al patio, fue saludado por sus compañeros, luego se dirigió hacia la cocina para desayunar. Jugó al ajedrez y al dominó con algunos compañeros. Almorzó con ellos asado con ensalada de tomate. Después de duchó y durmió una siesta. Al despertar merendó con mate y facturas, charló con los otros internos y a la noche cenaron milanesa con ensalada. Le hicieron una torta y sopló las velitas”, le dijo a Infobae una fuente penitenciaria.

Hay un dato que pocos conocen. Su madre Aída no podía quedar embarazada. En su momento intentó hacer tratamientos, vio médicos y hasta curanderos. Y el milagro, según ella, ocurrió: nació su hijo Carlos Eduardo.
A diferencia de sus días de calvario en Sierra Chica, donde vivió el motín de Semana Santa de 1996 que dejó un saldo de ocho asesinatos de la banda de los “12 apóstoles”, a Robledo se lo ve de mejor humor, contenido por sus compañeros. Pero tiene altibajos. A veces pide a las autoridades que le den un arma para matarse o que le den la inyección letal. Pero cuando está de buen ánimo juega al ajedrez (volvió a esa disciplina que le apasiona después de 20 años) y charla con sus compañeros.

“Está en un regimen mucho menos rígido que en Sierra Chica. Lo ven asistentes sociales, psicólogos y psiquiatras y se está evaluando si en algún momento podría llegar a salir de la cárcel. De hecho cuando cumpla 70 le correspondería el arresto domiciliario”, dijo una fuente judicial.
Desde hace 15 años, Robledo pide su libertad por agotamiento de pena y teme morir en la cárcel.
Durante el tiempo que lleva tras las rejas en el país pasaron dos dictaduras y quince presidentes democráticos.
Y él, siempre preso.
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