
“Llegamos con la primera inhalación y nos vamos con la última exhalación”, suelta minutos antes de empezar la entrevista. El concepto profundo no se alinea con el personaje colorido que lo pronuncia.
A primera vista Ernesto Carci (67) parece un excéntrico superficial. Llega en su moto rockera, viste un sunga fluor y medias fucsias, le cuelgan rastas rubias y en espalda se imprimen inmensas alas tatuadas a tinta. “No necesitas alas para volar, lo que precisas es cortar las ataduras porque todos tenemos vuelo propio”, sigue con sus mensajes alegóricos.
“¡Holaaa, corazón! No te abrazo por el Covid-19″, reacciona frente a esta cronista como si se tratara de un reencuentro. Ya lo habían abordado ciclistas, y las bocinas de los autos no paraban de sonar para saludarlo. Se escucha, “Idolo”.

Tito, como le dicen los que lo conocen, es uno de los personajes más famosos, y queridos de la Costa Atlántica. Todo un símbolo. Es imposible mantener una charla de más de cinco minutos sin que los vecinos interrumpan: “los trapitos”, colectiveros o veraneantes que se dejan llevar por su magnetismo, le piden fotos, videos, y le agradecen su forma de ser. Tito siempre responde con una sonrisa estampada a fuego.
“Qué actitud tenés. Te estuve escuchando, te miré y solo puedo decirte que admiro tu libertad, me das fuerza para hacer lo mismo”, lo halaga uno de los empleados del bar La Gringa. “Gracias corazón, saquémonos una foto. Nunca escuches a los demás porque eso es lo que confunde”, lo aconseja como la fórmula de la plenitud.

Know yourself, algo así como conocete
No es marplatense, aunque los locales se lo adjudican como propio. Nació en Temperley, provincia de Buenos Aires y se crió en Barrio Norte, en el seno de una familia que él mismo define como “tradicional”: madre ama de casa y padre maestro mayor de obra, pero él se volcó por estudiar Martillero Público y logró tener su propia inmobiliaria.
No pasó demasiado tiempo en cautivar a los marplatenses y turistas y se convirtió en un personaje querido. Una marca registrada. “Tengo mi imagen tatuada en el brazo, y una chica me contactó para decirme que también se lo hizo”. El Festival de Cine de Mar del Plata se valió de su imagen para la edición 2015, cuando filmó un corto en sus rollers a toda velocidad por la avenida Peralta Ramos. El ilustrador marplatense Aruki lo inmortalizó en un mazo de tarot, casualmente le tocó el 22, que representa al Loco.
“¿Sabés qué es una locura? No poder vivir libremente. El concepto de finitud me liberó de toda carga hacia el futuro. ¿Sabés cómo se logra? Sintiendo de manera consciente a través del corazón”.
Señala uno de los tatuajes de su antebrazo, Sat Chit Ananda: “Es un mantra que significa que cuando ponés tu conciencia en la verdad, automáticamente se manifiesta la felicidad”.

Si bien siempre fue dueño de este espíritu despojado, dice que una revelación se le apareció a los 18 años, con una visión sobrenatural que lo hizo replantearse la forma de ver la vida. “Estaba en la cama de mi casa cuando se me aparecieron dos ángeles que me brindaron respuestas importantes a los interrogantes de la existencia… A partir de ahí entré en un estado de éxtasis. Todo fue distinto”.
Pero también revela que Mar del Plata lo potenció. “En Buenos Aires vivía con traje y corbata, solo podía hacer deporte en mis tiempos libres. Acá es a toda hora, durante todo el año”, resalta. El patinaje llegó por casualidad. “Un día fui a nadar al polideportivo, y me llevé unos patines”, recuerda. Desde ese entonces no dejó de rodar.
Después de sus sesiones matutinas de yoga, sale a trabajar, y por la tarde práctica kitesurf, kayak y hace piruetas con sus rollers. Eso sí, siempre en compañía de una banda sonora rítmica. “Me pongo los auriculares y me dejo llevar por (Jimmy) Hendrix, los Beatles o los Stones”, levanta los brazos al cielo, mientras ríe con ganas.

Ángel sobre ruedas, rey del roller, el patinador feliz, San Ernesto o Tito. ¿Cuál le queda mejor? “Puede ser que me vean como todo eso. No es lo busqué, se dio así. Yo soy un ser humano en paz con la vida y la muerte”. Un idealista que impregna su amor genuino por donde rueda.
Fotos: Mey Romero
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