
Querido hermano:
Que tu partida a destiempo y de una forma absurda sirva para mostrar la cara más cruel de una enfermedad de la que no se sabe nada, que no tiene cura ni tratamiento y ante la cual nos encontramos indefensos y sin ninguna red de contención.
Esta realidad nos deja en carne viva y a la vez nos advierte de que la lucha es absolutamente despareja y va ganando el virus por lejos.
En un país donde las escasas vacunas que llegaron fueron repartidas entre los dueños del poder, privando así al ciudadano común de su derecho a la salud y a recibir asistencia del Estado, en medio de una crisis sanitaria de dimensiones épicas, los finales suelen ser poco felices y ello cada vez con mayor frecuencia.
El sistema sanitario colapsa ante la imposibilidad de dar atención a los miles de casos diarios y se frustra en la tarea primordial de salvar vidas.

Las campañas de prevención -principal responsabilidad del Estado- son inexistentes: el uso correcto del barbijo (nariz y boca cubiertos), el uso del doble barbijo, la recomendación de bajar de peso (hoy se sabe que el sobrepeso es considerado el primer factor de riesgo). Todo eso se suma a la mala atención domiciliaria de las obras sociales y prepagas que no cuentan con un protocolo básico: medición del oxígeno 2 veces al día, consulta de altura y peso del paciente, averiguación de si tiene enfermedades preexistentes, administración de corticoides como profilaxis, insistencia en la importancia de beber líquido, del reposo y del descanso, y la solicitud obligatoria de una placa de tórax (o tomografía) entre el 5° y 7° día del hisopado positivo.
Ningún control domiciliario realiza estas acciones preventivas elementales y sencillas que evitarían la muerte de muchos seres humanos y brindarían un respiro al sistema de salud.
Al no promover estos protocolos, el paciente llega tarde a las guardias y allí comienza la odisea de muchos y la partida prematura de otros...
Familias destrozadas, padres que entierran a sus hijos, hijos que entierran a sus padres, en fin, el Apocalipsis.

Una pandemia no debería ser una lotería, algo que quede librado al azar, al que le toca le toca, un sálvese quien pueda, un “a mí no me va a pasar” (total le pasa al vecino), sino más bien una situación de la cual el Estado tome absoluto control, implemente las medidas de prevención y profilaxis adecuadas, y procure la vacunación de todos los habitantes del territorio, en un tiempo récord, asignando todos los recursos a su alcance, como una prioridad en la lista de acciones urgentes a realizar. La prioridad es comprar vacunas y vacunar a todos, no hay otra prioridad, no debe haberla.
Falta información, falta responsabilidad del Estado, falta campaña de prevención. Faltan los cuidados básicos. Faltan vacunas, falta trabajo, falta empatía, falta conciencia ciudadana, falta esperanza. Falta futuro.
Nada de todo esto hará que vuelva a verte, a abrazarte, a decirte cuánto te quiero... pero sí le pondrá un nombre y un apellido a los números que todos los días nos anuncian los medios.
Porque detrás de la cifra diaria de muertes por COVID , estás vos y otras 85.000 personas más... y siguen partiendo...
Susana Mitchell es coordinadora del Departamento de Medios y Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales de la UCA
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