
El 11 de marzo de 2011, Adrián Della Rosa (55) manejó 30 horas seguidas por la ruta para reencontrarse con su familia. Una travesía angustiante de sur a norte de Japón, más de 1100 kilómetros en medio de una de las tragedias más grandes que padeció ese país. Condujo a contramano de todos los que huían de Yamagata -donde vivían- una localidad cercana a Sendai, el epicentro del terremoto que provocó un devastador tsunami.
Ya pasó una década de ese acontecimiento pero los recuerdos de aquel día son vívidos. Mira hacia atrás, y sólo repite: “Lo volvería hacer”. Ahora vive en Nagoya, donde se mudó en mayo de 2011 para recomenzar su vida y volver a encontrar la tranquilidad. “De vez en cuando tiembla y un escalofrío me recorre el cuerpo, pero nada que ver con lo que pasó”, destaca.

Pocas horas antes de esa carrera contra el tiempo, el cuarto terremoto más grande que se haya registrado en la historia de la sismología golpeó Japón, produciendo un enorme tsunami con olas de más de 40 metros de altura que arrasaron la costa noreste del país y -como si fuera poco-, causaron que tres reactores de la central eléctrica de Fukushima Daiichi se derritieran y derramaran su radiactividad por el campo. Fue el peor desastre nuclear del mundo desde Chernobyl. Más de 18.500 personas murieron. Las consecuencias fueron atroces, y la vida en ciertas regiones no volvió a ser la misma hasta uno o dos años después.
Adrián había llegado a Japón en 2005 contratado por la automotriz Toyota. Oriundo de Reconquista, Santa Fe, cuando terminó el colegio se fue a Rosario a estudiar odontología. Allí conoció a su mujer Alejandra Sato, hija de un matrimonio japonés. Por ese motivo obtuvo la nacionalidad, tuvieron sus dos hijos Angelina (19) y Valentin (17) y decidieron probar suerte en la isla nipona. “Nos enamoramos rápidamente de la riqueza cultural y el estilo de vida”, coinciden.

Cuando ocurrió el desastre natural, Adrián estaba separado de su familia porque había conseguido un nuevo trabajo en la empresa Nissui, dedicada a la industria de la pesca, y debía capacitarse. Para eso fue trasladado a Kobe. Su familia se quedó en casa. “Me enteré del terremoto por un mensaje de texto que me envió mi esposa. Me decía, ‘esto es horrible, estamos bien...te amo’”, recuerda. A partir de ese momento perdió todo contacto con ellos. “En la compañía trataron de ayudarme buscándome un vuelo o un pasaje en tren pero era imposible. Pasó el tiempo e hice lo que cualquier padre haría, salir a buscarlos”.
Descartando los consejos y el protocolo de las autoridades se subió a su auto, fue una estación de servicio, cargó el tanque de nafta, tomó el volante y manejó hacia el reencuentro, que no fue nada sencillo.

La odisea que vivió la transmitió minuto a minuto a través del teléfono con distintos medios de prensa. Su historia dio vuelta al mundo porque emocionó a todos aquellos que lo escuchaban. “Fueron clave en el recorrido porque me sentía acompañado, y me alentaban a seguir, porque tuve varios obstáculos”, dice.
El primer tramo fue fácil, ya en la mitad llegó a Tokio. “Las calles estaban llenas de vehículos autobomba, camiones de bomberos, personal rescatista,...y claro, la destrucción a la vista. Parecía una película de ficción, en ese momento pude dimensionar la magnitud. Solo pensaba en mi familia”.
La otra barrera para avanzar era la policía, que por precaución había bloqueado el paso. “Los japoneses están muy organizados y no pierden la calma, pero esa fue la única vez que los note alarmados. Me decían que tenía que volver a mi punto de salida porque podría volver a temblar”.

Y sigue recordando su desesperación: “No sabía qué hacer, entonces llamé a mis amigos de Reconquista y juntos pensamos en una ruta alternativa bordeando el norte para poder regresar, aunque fuesen varios kilómetros más”.
A medida que iba avanzando veía las consecuencias de terremoto y tsunami. “Pasaba por los pueblitos y se me caían las lágrimas. Fue terrible el daño. Me daba miedo con que me iba encontrar en casa. Como argentino no estás preparado para algo así”.
El esperado reencuentro
A las 3 de la mañana del 12 de marzo, mientras seguía relatando en vivo su odisea para la Argentina, Adrián entró a su casa, allí se abrazó con su mujer y corrió a despertar a sus hijos. “Valen estaba durmiendo con un casco de bici porque tenía miedo de que el techo se le cayera... Esa imagen no me la olvido más. Angelina estaba en su habitación. Fue un alivio estar juntos”.
Después de esa fecha, la vida no fue la misma, durante los días siguientes hubo desabastecimiento de alimentos, e insumos básicos como nafta, lo que los imposibilitaba de moverse. “Estábamos a mate y agua, fueron días duros, encima caía una intensa nevada. Organice todo para sacar a mi familia de allí, aunque no fue tarea sencilla, recién a la semana conseguí cargar de combustible el auto y llevarlos hasta el aeropuerto de Tokio”.

Alejandra viajó con Valentino y Angelina rumbo a Buenos Aires, allí estuvieron tres meses. “No quise dejar la isla, me parecía una actitud cobarde luego de todo lo que este país me dio. Lo que sí hice fue mudarme a Nagoya, la cuarta ciudad más grande de Japón, donde volví a trabajar en Toyota. Es un lugar fantástico”.
En junio volvieron a reencontrarse, y retomar su vida tal como la soñaron. Ya pasó una década, los chicos terminaron el colegio, y ya están en la universidad. “Este país dista mucho de la Argentina por su orden, seguridad, tranquilidad, y la posibilidad del progreso. Soy de origen muy humilde, aquí logré tener mi casa, y mis comodidades”. Pero al mismo tiempo admite: “Igual daría 10 años de mi vida para volver a Reconquista, extraño a mi gente, mis costumbres, y mis domingos en la cancha viendo a Boca”.
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