Hace calor y Hugo está en su casa del barrio San Carlos, en la ciudad de La Plata. Quiere prender el ventilador pero aparece Luis, su hijo mayor, su hijo varón de trece años, dispuesto a sobredimensionar el acto. Apretar un botón puede ser una acción simple o parecer un suceso épico. En la casa de la familia Gil, la exageración de episodios en apariencia triviales es la gracia. Es un método -no un recurso- para reír. El relato de hechos comunes es un código interno de la familia: un gag. Por eso antes de encender el ventilador, Hugo mira a su hijo con pose de héroe. Luis se pregunta, se contesta, narra: “¿Vas a prender el ventilador, papurri? ¡Sí, va a prender el ventilador! No, mirá cómo lo hace. Qué grande, papurri. Sos un crack”.
“Es así todo el día”, acredita el papá. La dinámica no cambia con la cámara prendida. Papurri hace payasadas y Luisito las relata. Lo que nació como un chiste íntimo se transformó en éxito, furor y fenómeno de las redes sociales. Más de cien millones de visitas en Tik Tok, casi 130 mil seguidores en Instagram, trending topic de colado en Twitter sin tener cuenta propia, 25 mil suscriptores en Twitch, y contando. Los videos son sensación: la autenticidad de los intérpretes, la destreza de un hombre con panza, la picardía de un hijo con ingenio, la precariedad de la escenografía, la originalidad del contenido. Papurri y Luisito ya son una marca, hijos de las redes sociales.
“Lo que ves en los videos es la pura realidad”, dice Hugo y agrega: “Somos eso que se ve”. Lo que se ve es un barrio de casas bajas, una casa humilde, dos construcciones separadas en el mismo terreno, un patio con chatarra, una pelopincho. En la última publicación, la que disparó su fama, Papurri actúa una pelea con Lionel, su sobrino, en la pileta: lo deja groggy, sale, salta, da una vuelta en el aire, entra a la casa, reaparece por la ventaja, vuela y cae de nuevo en el agua. De fondo, Luisito cuenta con entusiasmo cómo su papá, un “sensei”, aplica una “fatality”. Esta vez no repetirá el latiguillo final que se volvió insignia: “Le voy a contar a mamá”.

La mamá es Romina. La nombran siempre y nunca aparece. Tampoco interactúan en cámara Bianca, de 10 años, y Zoe, de 9. “No las quiero exponer” es el argumento. Luisito, el hermano mayor de 13, ya está curtido. “Los tuve pegaditos. Fui una metralleta”, cuenta Hugo, de 34 años. En la casa viven otros dos: la abuela María y el nombrado Lionel, de 20 años, actor de reparto y alma mater del fenómeno. Él le enseñó Tik Tok. Le mostró los videos. Le explicó el funcionamiento. Presumió sus mil seguidores. Y lo desafió.
“Siempre jodemos. Él es más joven, yo soy más viejo pero te puedo caminar por las paredes, puedo dar vueltas para atrás. Y competimos a ver quién salta más alto, quién salta más lejos. Un día me dijo que lo filmemos. El primer video es uno en que saltamos a una pileta: yo salté dos metros, él saltó un metro y medio. Desde ese día no me desafió más. Se rindió”. En cuatro horas, el video ya tenía medio millón de visitas. “Ahí me decidí y armé mi cuenta”.
El comienzo fue estrepitoso. El primer video lo filmaron la última semana de febrero de 2020. En marzo lo publicaron. A los pocos días, el presidente Alberto Fernández decretó el comienzo del aislamiento social, preventivo y obligatorio. La pandemia los recluyó. Tuvo que agudizar la maña para ganarle al tedio. El contenido consistía en bailes. Después comidas, fútbol, piruetas, la pileta, el karate. El cráneo y el protagonista es Hugo. La voz en off es de Luisito, quien por ser menor de 13 años debía esconderse de la cámara para no ser denunciado. Igual los denunciaron. “Hay gente que es envidiosa, mala” es la interpretación. Perdieron millones de seguidores y siete cuentas. Hace tres días le cancelaron una cuenta de medio millón de followers. En la vigente, la octava, ya tienen cerca de 250 mil suscriptores.

Romina es ama de casa, Papurri es changarín. Es la única entrada de dinero de la familia: toma trabajos de pintura, mantenimiento o albañilería cuando Ezequiel, su cuñado, no lo convoca para hacer colocaciones para su empresa de aberturas de aluminio. “Por suerte ahora hay laburo, siempre estoy haciendo changas. Ando por la calle y los vecinos me paran, me hacen preguntas y me dicen ‘dejá, andá a hacer más videos’. No quieren que labure”. La diferencia económica, sin embargo, la obtuvieron en las redes sociales.
Hacían vivos en Tik Tok. Mil personas asistían a sus directos. Sus fieles provenían de distintas partes del país y del mundo: los seguían desde España, Chile y Estados Unidos. “La cosa más grande que nos pasó fue darnos cuenta que éramos la cuenta que más donaciones de Argentina recibía. Nos han llegado a donar hasta 180 dólares de un directo que duraba dos horas”, recuerda. Ese dinero se tradujo en materiales. Hicieron la base estructural de una nueva habitación para Luisito. Reconstruyeron por completo el baño. Compraron un termotanque porque no tenían agua caliente. Desde hace tres meses la familia Gil puede disfrutar la ducha.
Nicolás, otro sobrino, es su “manager” o simplemente quien capitaliza los cientos de mensajes que reciben. Es también quien le consiguió una computadora a Luisito para que sus relatos de redes sociales tuvieran rostro. “Nos están pasando cosas hermosas”, reconoce Hugo, intentando domar la euforia. Se sabe padre de familia y buscador de prosperidad: “Quiero encontrarle la vuelta a esto para que mis hijos tengan un futuro”.

Luisito quiere ser relator. Es futbolero por legado paterno. Aunque en la transición hereditaria hubo un desperfecto: salió hincha de Estudiantes cuando su papá es de Gimnasia. Había comprado la camiseta, el babero, antes de que naciera. Pero Mariano, su cuñado, intervino. Y el papá lo naturalizó: “Si él es feliz así…”. Hugo es zurdo, jugaba de enganche: llegó hasta la cuarta división del club tripero. La típica: no pudo debutar en Primera porque se rompió los ligamentos cruzados. En los videos hace alarde de su calidad y hasta se anima a imitar la legendaria entrada en calor de Diego Armando Maradona al compás de Live is life. Luisito respetó, al menos, los colores del club del barrio: juega en Alumni, un equipo de la Liga Amateur Platense, donde despuntó su papá, hoy técnico.
Por el momento, tiene que volver al colegio de manera presencial la semana próxima. Seguirá relatando las aventuras y proezas de Papurri. O de Keylor Navas, Buzz Lightyear, Van Damme o Álex, el león de Madagascar, algunos de los seudónimos que le atribuye a Hugo luego de atravesar una ventana o un aro, saltar por encima de una moto, una parrilla, una mesa de plástico o un tender de ropa. Seguirá relatando también, cuando la cámara se apague, cada hecho menor que protagonice su papá. Luis se preguntará, se contestará y narrará: “¿Vas a servirte un vaso de agua, Papurri? ¡Sí, va a servirse un vaso de agua! Mirá qué técnica. No derrama ni una gota. Es un crack Papurri. Le voy a contar a mamá”. Y la familia Gil sonreirá.
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