
“No tengo secretaria, ni asistentes. Me manejo con un equipo de capacitadores wichis. Son jóvenes –y no tan jóvenes– que con un celular y una moto hacen de puente entre las familias indígenas y la organización. Les damos herramientas y capacitación para impulsar la agricultura”, asegura Alejandro Deane (64), fundador de Siwok, que hace cuarenta años trabaja en el Chaco salteño, uno de los sectores más postergados de nuestro país, al norte de Salta.
Desde su casa en la capital de la provincia, a cuatro cuadras de la plaza central, Alec cuenta que viaja “al Norte” cada dos semanas. Se refiere a la zona que está entre en los alrededores de Embarcación y llegó a incluir 12 comunidades en las proximidades del río Bermejo. Y celebra los más de 50 pozos para extraer agua que hicieron en la zona. “Porque para desarrollar la agricultura necesitás agua”, apunta.
UN RUMBO
Su compromiso wichí –lo pronuncia con acento en la í– no surgió de un día para el otro. Es el resultado de una búsqueda personal y espiritual. “Me crié entre Ameghino y Chacabuco, al oeste de la provincia de Buenos Aires. Mi padre, ingeniero agrónomo, administraba campos de la familia. Cuando tenía nueve años me mandó pupilo al colegio San Jorge, de Quilmes”, señala sobre una de las instituciones bilingües más prestigiosas de nuestro país. Y cuenta que su madre, Margaret, una paisajista muy reconocida, acaba de morir a los noventa años.
“Iba pupilo con mi hermano mayor y mis primos. Yo no era un bocho, pero pasaba de año. Entraba al colegio en marzo y hasta las vacaciones de invierno tenía sólo dos salidas en fines de semana largos. Había días de visita y venían mis padres. Cursaba el bachillerato en castellano a la mañana, y en inglés, a la tarde, con profesores británicos. Rendía exámenes internacionales. Terminé el colegio con 17 años, en 1973, y tenía muy poca calle. ¡Me tomaba el colectivo para el otro lado! Eso sí, ser pupilo me enseñó a sobrevivir. Aprendí de líderes y escalafones. Los de segundo año le hacíamos la cama y les lustrábamos los zapatos a los de quinto. Era parte del sistema. Creo que ya ni existen los colegios con pupilos”, se pregunta. Además, reflexiona “en ese entonces, nunca nadie me dijo en Argentina había gente que hablaba otro idioma y tenía una historia cultural muy distinta”.

Cuando le tocó decidir qué estudiar, eligió el campo. “Era lógico. Me gustaba la vida de a caballo. Además, seguía los pasos que quería mi padre, aunque me vine a Salta y ¡destruí todos sus planes!”, ríe el ingeniero Deane, que se recibió en producción agropecuaria en la UCA y además tiene una licenciatura en zootecnia. “A los 22 años estaba por terminar la carrera y notaba que no quería ser el clásico ingeniero de estancia. Estaba como aprendiz de un gran estudio y me daba cuenta que no tenía claro que quería hacer con mi vida. Sentía que estaba en un nudo”, cuenta.
Entonces, llevado por una novia que terminó siendo su primera mujer y la madre de sus primeros cuatro hijos, Alec encontró una respuesta. “Crecí en una familia católica, pero yo era ateo. Cumplíamos con el rito, pero nada más. Iba a un colegio inglés pragmático dónde no entraba la espiritualidad. Rezongando acompañé a mi novia a una reunión de jóvenes de la Iglesia San Andrés de Olivos y me cambió la vida. Un misionero protestante norteamericano me preguntó de dónde venía, para dónde iba y me presentó a Jesús. Me cerró. ¡Empecé a creer!”, cuenta Alec y agrega que así se contactó con un gran proyecto misionero que la iglesia anglicana tenía en el Norte.
Alec llegó a Carboncito, a cinco kilómetros de Misión Chaqueña y cuarenta de Embarcación, en 1979. Desde mediados del 1800, generación tras generación, un grupo de anglicanos compartían el evangelio con los pueblos originarios. Primero en Tierra del Fuego, después entre Paraguay, Jujuy y finalmente en Salta. Con ellos fue a parar. “Llegué contratado por Iniciativa Cristiana, una ONG que era el brazo social de la Iglesia Anglicana. Cuando me instalé no sabía nada de hortalizas. Fue como que me tiren a lo más hondo de una pileta sin saber nadar. ¡Era un tonto! Pero lo hice. Aprendí a descubrir mis talentos y potenciarlos. Había descubierto que soy un bendecido. Nunca me faltó nada. Y tuve mis problemas, pero también oportunidades. No mucha gente las tiene”, agrega.
NO SERÁ FACIL
Todo dio un vuelco con la Guerra de Malvinas. “Fue traumático. De un día para el otro todos se tuvieron que ir y quedamos muy pocos. Me hice cargo del proyecto. Estaba casado y acababa de tener a mi primer hijo. Durante algunos años viajé por Europa buscando donaciones, pero todo se complicó… Tuve problemas de salud y me quedé sin laburo en 1985”, cuenta Alec, que tuvo tres hijos más en Salta y se separó después de veinte años, con el cambio de milenio.

¿Cómo empezó de nuevo? Notó que podía haber una veta con las artesanías que hacían los wichis. Tenía habilidades estéticas innatas, gracias a su madre, y podía ayudarlos a desarrollarse. “Arrancamos mandando artesanías a la Iglesia San Andrés de Olivos. Me iba al Norte a dedo. Me subía al tractor o a la bici y recorría. Así, todas las semanas. Armamos una rueda de ingresos genuinos. Crecimos y terminamos siendo los clientes más grandes de DHL en el Norte. Exportábamos las artesanías wichí a Canadá e Inglaterra. Teníamos una unidad de producción con 35 personas. Los pájaros de palo santo eran un clásico”, apunta sobre lo que fue su trabajo independiente hasta el 2008, cuando sintió que había cumplido un siglo. “No había venido a Salta para esto”, resume y cuenta que actualmente está casado con una jujeña y tuvo dos hijos más, de 10 y 4 años. Tiene además tres nietos de sus hijos grandes.
Antes, en 2002, había creado la fundación Siwok (www.siwok.org). Lo apoyaban aquellos ingleses que habían compartido la misión, dejaron la Argentina y celebraban que él siguiera su legado. “Me enteré que una nena wichí había muerto por falta de proteína y me pegó mal. Entendí que necesitaban aprender a producir sus alimentos. Justo recibí una donación de 2.000 libras y me regalaron una bolsa de un nuevo maíz que el gusano no se come. Entonces apliqué otra lección de mi vieja: el riego por goteo. Lo probé en Misión Chaqueña y ¡fue espectacular! Se regaba la planta y no los yuyos. Gastás la mitad de agua y producís el doble de alimentos”, cuenta Alec, que desde 2008 se dedica a capacitar en agricultura a los pueblos originarios. Agrega que “pasa la gorra por sus amigos de Inglaterra” y además lo apoya el Bishop’s Relief Fund de la Iglesia Evangélica Anglicana.

¿Qué cultivan? En verano, tres básicos: maíz, cucurbitáceas (parientes del zapallo) y porotos. Y en invierno, tomate y pimiento. “A la manera sudamericana, en el mismo terreno. Los europeos los siembran por partes. Así los ayudamos a generar sus propios alimentos. Siempre trabajamos con las familias, más que con la comunidad”, detalla. Entonces cuenta que supo pronto que para para hacer agricultura necesitaba agua. “El acuífero subterráneo más grande del Noroeste está en esta zona. Son 200 km por 60. Hicimos 50 pozos a mano. Una vez se nos cayó una perforadora, el pozo estaba perdido, pero Antonio, mi coordinador, que es wichí, lo supo resolver. Saben de sonidos y tienen habilidades únicas. Por eso yo confío tanto en mi equipo indígena”, apunta Alec.
Con admiración por los wichis cuenta: “Para pescar padre e hijo salen al monte en busca de la carnada ideal: la avispa lechiguana. La encuentran siguiendo el canto de un pajarito que se alimenta de lo cae del nido de esta avispa. Hacen silencio hasta encontrarla”. Alec muchas veces los acompaña para aprender, atento a las indicaciones y cuidados.

“Es una cuestión de talentos. No se trata de que lleguemos los porteños y les impongamos lo que tienen que hacer. No todos son pescadores, ni artesanos, ni apicultores. Se trata de descubrir qué es lo que quiere hacer cada uno y en función de eso, capacitarlos y darles las herramientas. Además, no podemos pretender enseñarles todo en nuestro idioma. Hay que hablarles en wichí. Por eso es tan importante el rol de los capacitadores, que saben quien es quien, hablan el idioma y son el puente. Sólo así podemos impulsarlos a autogestionarse y producir sus propios alimentos”, apunta Alec que con cuarenta años en el territorio sabe de lo que habla.
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