
El 17 de junio de 1976 a media tarde, Ana María González, 18 años, último año del secundario, llega al edificio de siete pisos de Zabala 1762, barrio de Belgrano, y sube al segundo B, donde vive la familia del general de división Cesáreo Ángel Cardozo, jefe de la Policía Federal desde el 31 de marzo de ese año: su mujer, Susana Beatriz Rivas Espora (Chela), su hija María Graciela, un hijo –ausente ese día–, y una empleada.
El plan de Ana María es estudiar con María Graciela, compañera de aula y su mejor amiga, que nota algo extraño: Ana lleva colgado del hombro un bolso mucho más grande que el escolar, pero María no le pregunta por qué.
El crimen está en marcha.
Charlan, se ríen, estudian, toman el té, y entre otras confidencias, Ana le dice: "Me pelée con mi novio, pero quiero hablarle por teléfono", y le pide permiso a Chela para usarlo. La mujer acepta, y le indica: "El teléfono está en nuestro dormitorio".

Ana, serena, se encamina hasta el lugar. Lleva en sus manos una caja de colonia Crandall: dentro, el trotyl y el mecanismo de relojería. Vuelve al living en menos de diez minutos.
—Me siento mal, tengo que irme —le dice a su amiga, y se va.
El crimen está en marcha.
El general y su mujer se quedan despiertos hasta algo pasada la medianoche, él se acuesta en su cama matrimonial y Chela se queda hablando con su madre en la sala.
A la 1:36 del 18 de junio, una aterradora explosión hace temblar el departamento.
La bomba, puesta debajo del colchón por Ana María González, destroza el cuerpo del general –muerte en el acto– y casi demuele la habitación, donde la mitad de los muebles queda carbonizada. Chela, herida, salva su vida por no haberse acostado en el mismo momento que su marido.
Hay sangre hasta en el techo, los vidrios de la ventana pulverizados, las cortinas rotas, y en una de las paredes sigue colgado un gran rosario, intacto.
El crimen ha sido consumado.

Según los peritos, la bomba era casera y con un mecanismo de encendido electromecánico accionado por reloj.
"Un cilindro de quince centímetros de diámetro por tres y medio de alto, con un gancho para asegurarlo en el elástico de la cama, y una carga de 700 gramos de trotyl", enumera la descripción policial.
La asesina no tardó en ser identificada. Hija de un médico, Abel González, y una psicóloga, Ana María Corbijin, vecinos de San Fernando.
El 16 de agosto de ese año, la revista española Cambio 16 publicó un reportaje al dirigente de la banda Montoneros Horacio Mendizábal. En la parte principal, dijo: “Con conocimiento de sus superiores, Ana María se acercó a la hija de Cardozo y captó su amistad. Un mes más tarde de iniciada esa relación, ella fue detenida cuando iba a una cita, pero fue liberada cuando invocó su amistad María Graciela Cardozo y la familia del general”.

El 20 de junio, dos días después del asesinato, el diario Buenos Aires Herald publicó un editorial condenatorio: "Fue el crimen más detestable, pero fácil y sin riesgos para aquellos que colocaron la bomba en manos de esa joven (…) No debe permitirse que el terrorismo pueda triunfar (…) Los fines que persigue la subversión no son solamente aterrorizar, sino también suscitar la represión indiscriminada con el objeto, según las esperanzas de los terroristas, de debilitar el apoyo que la población confiere a las fuerzas armadas (…) Debemos tratar que nuestra ira no nuble nuestra inteligencia, haciendo que nuestra respuesta sea templada como el acero: enérgica, pero flexible (…) Nuestra fuerza es la decencia. Su debilidad es su vileza".
La casa de San Fernando de los González fue volada en pedazos por “manos anónimas”, según el informe policial.
Cesáreo Cardozo tenía, al morir, 50 años. Nació el 27 de febrero de 1926 en Hurligham. Luego de una larga carrera que empezó en 1947, y cuando era director de la Escuela Superior de Guerra, llegó a jefe de la Policía Federal una semana después del golpe militar que derrocó a Isabel Perón.

El 4 de enero de 1977 a las 10:30 de la mañana –siete meses después del crimen– Ana María González, prófuga, viajaba en un auto con dos hombres de la banda Montoneros cuando, a la altura de la fábrica Chrysler, en San Justo, una patrulla de control de tránsito intentó detenerlos. Desde el auto respondieron a balazos y mataron al soldado conscripto Guillermo Dimitri, y en la réplica de los uniformados del retén fueron heridos los dos hombres y Ana María González. Lograron huir hasta un refugio pero ella murió unas horas después y otros montoneros cremaron su cuerpo.
Después del asesinato de Cardozo, tuvo una efímera popularidad incluso en el extranjero: “La guerrillera más buscada de la Argentina”. Su brutal acto criminal implicó una asombrosa cadena: seducción de María Graciela Cardozo, confianza de la familia, siniestro plan trazado desde el primer minuto de su fingida amistad con la hija de la víctima, y cumplido al pie de la letra escrita por los ideólogos del asesinato: la excusa, la bomba, la fuga… ¡a los 18 años! Una edad que duplica el horror.
(Esta nota se publicó originalmente el 18 de junio de 2019)
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