
Una noche de enero, de 2006, un misterioso hombre tuerto, recomendado por un abogado más misterioso aún, se acercó al autor de la nota, lo hizo subir a su Megane amarillo y dio varias vueltas por El Bajo. Mientras manejaba, se presentó como un agente de la Side y ofreció una carpeta con informes y fotos en las que se veía a un hombre con joyas y dos Rolex, uno en cada mano.
La escena era fastuosa: la celebración del cumpleaños de su hija de 15 en una mansión con piscina.
-Ese es uno de los ladrones del banco Río de Acassuso, hay metidos políticos y por eso una parte de la Side no quiere resolverlo -dijo el hombre turbio, que parecía salido (él y toda la escena) de una novela de Raymond Chandler. Luego dijo que el dueño de la revista para la que yo trabajaba debía poner 300 mil pesos para obtener ese material. Me dio un número de teléfono y un nombre falso que no recuerdo. La situación me atormentó y se lo dije al abogado, que ofreció sus disculpas. La realidad es que nada de ese material -pescado podrido ofrecido como caviar- era real.
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A los pocos días se supo quiénes habían sido los ladrones del siglo. La verdad suele ser más sencilla y menos oscura. Los miembros de la banda, Fernando Araujo -líder-, Luis Mario Viettete Sellanes, Rubén de la Torre, Julán Zalloechevarría, Sebastían García Bolster más el “ladrón fantasma” (nunca cayó y fue entrevistado en exclusiva por Infobae), no tuvieron ninguna relación ni con la Side ni con la Policía y mucho menos con un empresario poderoso.
Lo que nunca quedó claro es cuánto dinero se llevaron en esas dos bolsas de consorcio con manija que pesaban más de 30 kilos, sin contar las joyas, quizá otros 100 kilos. Que llevaron en dos gomones, aquel 13 de enero de 2006, tras burlar a más de 300 policías y dejar en las bóvedas un mensaje: “En barrio de ricachones, sin armas ni rencor
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es, es sólo plata y no amores”.
El del botín es un tema tabú en toda banda que roba un banco. En el Río se abrieron 167 cajas y se estimó un botín de 25 millones de dólares, eso da un promedio de 150.000 dólares por caja.
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Podían contarme sus historias, hablarme del plan, relatar con lujo de detalles cómo había sido el robo y las horas posteriores, pero había algo que ninguno de los ladrones me iba a decir: dónde escondían la parte del botín que les había tocado a cada uno. Era lo más lógico: para estos hombres que planearon hasta el mínimo detalle, revelar ese secreto hubiese sido ingenuo.
Entre las leyendas que rodean al dinero de la banda del siglo hay varias, pero la mayoría forma parte de la fantasía.
Se dice que un miembro de la banda enterró su parte debajo de un gallinero en un campo en un pueblo bonaerense.

Que otro de ellos diseñó un sistema especial y lo enterró en cajas herméticas en seis zonas distintas del país y cuando salió fue con un detector de metales en busca de lo suyo.
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Un ladrón escondió parte del botín en la heladera. Otro en el horno. Otro lo desplegó en la cama. Y uno de ellos, como la plata estaba manchada con barro, le pasó el secador.
También se habla de testaferros, compra de casas, envíos al extranjero.
Borges decía que el dinero era un repertorio de futuros posibles, aun abstracto, era tiempo futuro. ¿El futuro de los ladrones era disfrutar del botín en paraísos soñados? Una vez le preguntaron al Gordo Valor dónde escondía el dinero que robaba. “En el banco”, bromeó el célebre rufián.
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Había muchas historias sobre tesoros ocultos. Un viejo ladrón solía esconder el botín en compartimentos especiales que había fabricado en paredes y en muebles. Una vez desparramó los billetes de cien dólares sobre la cama de dos plazas de su habitación. Comprobó que el aroma a papel moneda era más intenso que el perfume de jazmín de las sábanas recién lavadas. Sus hijos, cuando sorprendieron a su padre en esa especie de ritual, recrearon una escena que habían visto en las historietas del Pato Donald y el Tío Rico: se zambulleron entre los dólares como si el sommier fuera una piscina. A brazadas y moviendo las piernas como si tuvieran patas de rana, deshicieron la cama y desparramaron los billetes por el piso de parquet.

Pero no todas las anécdotas eran graciosas.
Un delincuente que había enterrado el botín en el jardín de la casa de su madre, cuando salió de la cárcel se encontró con que la nueva moneda del país eran los australes. Desenterró el botín pero con esos billetes no pudo hacer nada. O sí: de la rabia los prendió fuego.
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¿De cuánto había sido el botín del banco Río? La Justicia estimó que la banda había robado 19 millones y 80 kilos de joyas y alhajas. Los fiscales arriesgaban que se habían ido con 25. La banda admite que fue mucho menos dinero. Mientras eran buscados y los canales de noticias informaban que de un momento a otro iban a ser detenidos y trasladados a la comisaría, los ladrones estaban lejos del banco. Lógica pura: no podían estar en dos lugares al mismo tiempo. Para la Policía, estaban en el banco. Pero en realidad se habían reunido en un galpón a repartir el millonario botín y ver por televisión lo que decían los policías y los periodistas.
Poco tiempo después, fueron detenidos y enjuiciados. La causa prescribió y los damnificados recibieron dinero a partir de un acuerdo judicial, ¿pero qué pasa si aparece el botín? Opina Sergio Samuel Arena, de destacada labor en el juicio como defensor del “ingeniero” Bolster: “Hay objetos registrables y otros que no lo son. Hay que ir a la práctica. Si una persona cumple la pena y no tiene pedido de captura porque está excarcelado y sin embargo a veces por cuestiones burocráticas lo paran en un peaje y lo ingresan al sistema, con una cosa puede pasar lo mismo. También sobre ellas rige un pedido de secuestro. En ese punto habría que estudiar en materia civil si se aplican algunas normas, lo que es la adquisición de bienes o bienes de origen ilícito. Había billetes que tenían orden de captura, lo vi en la causa. Habría que ver si el banco interpuso una acción para recuperar el dinero pese al transcurso del tiempo”.
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“Depende el caso. Pero si aparecen bienes espurios o ilegales, sea dinero o joyas, los secuestra la justicia y evalúa si corresponden a algún damnificado. Otra acción es que el dinero sea destinado al patronato de liberados”, dijo una fuente judicial.
Araujo, el líder del robo del siglo, nunca habló del tema y vive sin lujos como el resto de sus compañeros.
Vitette quizá fue el que más se refirió al asunto. Quedó claro que su joyería Verde Esmeralda es legal y no vende joyas robadas y hasta fue creada con fondos limpios. "Soy un gastador compulsivo. Ya me gasté cinco veces el botín del Banco Río. Estuve cuatro años preso, pagué abogados y no ganamos tanto como se dice”, explicó.
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Beto de la Torre es el que menos rédito tuvo: lo detuvieron y le secuestraron un millón de dólares en dinero y joyas. Y acusó a su ex de sacarle 300 mil dólares. Arregla autos y hace bolos de actor.
Hasta el ladrón “fantasma”, que habló por primera vez desde el robo con Infobae, vive en la austeridad.
Julián Zalloechevarría es uno de los que menos cobró porque su rol fue robar dos autos y manejar la combi con la que huyó la banda. Está por recibirse de abogado.
Y García Bolster volvió a reparar motos de agua.
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