El monumento al taxi porteño fue inaugurado el 16 de noviembre de 2012. En Avenida de los Italianos y Macacha Güemes, Puerto Madero, y del artista plástico Fernando Pugliese, la obra muestra a un chofer apoyado en un Siam Di Tella, símbolo de los taxis de la década del 60
El monumento al taxi porteño fue inaugurado el 16 de noviembre de 2012. En Avenida de los Italianos y Macacha Güemes, Puerto Madero, y del artista plástico Fernando Pugliese, la obra muestra a un chofer apoyado en un Siam Di Tella, símbolo de los taxis de la década del 60

Me parece que el usuario que acaba de hacer click en su móvil no había nacido cuando sucedió la historia que voy a contar. Porque esto pasó en 1960.

¿Acerté? Sí, es un pasado remoto para un habitante del Siglo XXI.

Pero aunque han transcurrido 59 años, quizás generosamente me regale unos segundos más.

Ese año la flamante revolución cubana de Fidel Castro comenzaba a acercarse a la Unión Soviética, mientras que Juan XXIII, "Il Papa buono", seguía cautivando al mundo con su estilo sencillo y decía: "A veces me siento como un prisionero de lujo, con tantas reverencias, tanta formalidad, tanta pompa, tanta procesión…".

Buenos Aires en 1960: sonaba Piazzolla, Canal 9 y Canal 13 inauguraban sus transmisiones y en el teatro deslumbraba la vedette Nélida Roca
Buenos Aires en 1960: sonaba Piazzolla, Canal 9 y Canal 13 inauguraban sus transmisiones y en el teatro deslumbraba la vedette Nélida Roca

También fue en 1960 que se editó O amor, o sorriso e a flor y conocimos Samba De Uma Nota Só, Corcovado y O Pato, en la voz de Joao Gilberto. El mismo año en el que Chile sufría el peor terremoto de su historia, con epicentro en Valdivia y que provocó 5,700 víctimas.

En 1960, Argentina vivía la euforia del Sesquicentenario de la Revolución de Mayo.

Los 150 años de la Revolución de Mayo se celebraron intensamente en Buenos Aires, con festejos, exposiciones, conciertos y espectáculos callejeros. Los representantes diplomáticos de 80 países se mezclaron con los porteños, quienes por su parte se disputaban las monedas de un peso que el Banco Central había emitido especialmente

Fue el año en el que salieron al aire por primera vez el Canal 9 y el Canal 13, iniciando la era de la televisión privada.

Astor Piazzolla comenzaba los ensayos con su primer quinteto y Alfredo Alcón acaparaba elogios por su papel en Un guapo del 900. Independiente ganaba el campeonato de fútbol con un equipo en el que se destacaron tres uruguayos: Douskas, Rolan y Silveira.

Y Lucas Ayarragaray, un político demócrata cristiano, denunciaba que en el país había un 25 por ciento de pobres.

 
Alfredo Alcón en Un guapo del 900
Alfredo Alcón en Un guapo del 900

Fue el año en el que un comando de agentes israelíes secuestró a Adolf Eichmann en San Fernando y lo trasladó a Israel.

En la perspectiva se mezclan los hechos y los protagonistas de la época: la vedette Nélida Roca, junto a los cómicos Dringue Farías y Adolfo Stray, batían récords de recaudación dirigidos por Carlos A. Petit en el Teatro El Nacional.

Y Luis Cándido Carballo, para muchos el mejor intendente de la historia de Rosario, determinó que los taxis de su ciudad se pintaran de negro y amarillo.

En Buenos Aires, en cambio, los taxis estaban pintados de cualquier color. Recién en 1966 una ordenanza habría de determinar la combinación cromática que hoy es habitual.

Y tampoco tenían el casquito de plástico en el techo, eso que ahora la reglamentación denomina "sombrerete lumínico de acrílico con la inscripción TAXI en su frente".

Había un detalle singular en el taxi, que completaba la escena: un pajarito parado sobre el hombro derecho del taxista. Amarillo, probablemente un canario, que cada tanto pegaba un pequeño salto, un breve vuelo, y regresaba al punto de partida.
Había un detalle singular en el taxi, que completaba la escena: un pajarito parado sobre el hombro derecho del taxista. Amarillo, probablemente un canario, que cada tanto pegaba un pequeño salto, un breve vuelo, y regresaba al punto de partida.

Casi todos los taxis de la ciudad eran negros.Y lo único que los diferenciaba de los autos particulares era un aparato, el reloj taxímetro, ubicado en el tablero y a la derecha del conductor, del que sobresalía un cartelito rojo con la palabra "Libre". Eso que que popularmente se llamaba "la banderita".

Hasta que un día apareció un taxi distinto. Diferente a todos. El único que tenía la coronita, el casquito. El sombrerito de plástico amarillo.

Al principio, casi nadie se dio cuenta de la novedad. Pero de a poco, empezó a llamar la atención. Parecía un auto de otro país, de esos que uno veía en las películas. Los propios taxistas que lo cruzaban por la calle lo miraban con curiosidad. Y al observarlo con detenimiento, se descubría que el cartelito no indicaba solamente "Taxi" sino que decía "El taxi de la cordialidad".

Un mediodía lo vi pasar por la Avenida Rivadavia, cerca de Flores.
Le hice una seña, lo paré. Subí. El conductor era un hombre mayor. En realidad, para la edad que tenía entonces el cronista, todo el mundo era mayor. Pero imaginemos que tendría sesenta años.

Y el interior del auto -limpio, impecable- era completamente dispar a lo que yo había visto jamás dentro de un taxi. Había varios diarios y revistas.

El taxímetro que tenían los autos en la década del 60
El taxímetro que tenían los autos en la década del 60

El taxista, muy afable, me dijo:

-Si quiere leer, mire lo que quiera…

Y antes de que le pudiese contestar, me preguntó:

-¿Toma un café?

Y me señaló una columna de vasitos de plástico, junto a un par de termos.

-Está a su disposición…

El tapizado también era diferente. Tenía paneles repujados, con volados en la parte superior. Del respaldo del acompañante colgaba una canastita con caramelos. Y aunque la hora no requería que estuvieran encendidas, dos luces ubicadas sobre las puertas traseras prometían una iluminación especial, si fuese necesario.

Pero eso no era todo.

Había un detalle singular, que completaba la escena: un pajarito parado sobre el hombro derecho del taxista. Amarillo, probablemente un canario, que cada tanto pegaba un pequeño salto, un breve vuelo, y regresaba al punto de partida.

Ante mi consulta, el chofer me dijo su apellido: Cóppola.

Diarios, revistas, pulcritud, café, caramelos, cortinitas, canario.

Y más que la conversación, la actitud agradable de un taxista respetuoso, que trataba de que su pasajero tuviera un buen servicio.

En Buenos Aires, en cambio, los taxis estaban pintados de cualquier color. Recién en 1966 una ordenanza habría de determinar la combinación cromática de amarillo y negro que hoy es habitual
En Buenos Aires, en cambio, los taxis estaban pintados de cualquier color. Recién en 1966 una ordenanza habría de determinar la combinación cromática de amarillo y negro que hoy es habitual

¿Y la tarifa? La misma que cobraban todos los demás taxis de Buenos Aires.

En esa constelación variopinta de la flamante década del 60, "El taxi de la cordialidad" de las calles porteñas empezó a ser conocido. 

Por los pasajeros, que cada uno en su momento, hacían un agradable descubrimiento. Y por algunos taxistas, que tuvieron una serie de reacciones sucesivas y diferentes.

Al principio, la sorpresa. Y el desconcierto:

-Ché, ¿vieron al loco ese que tiene un cartelito en el techo del auto? -se escuchaba en un bar donde paraban varios colegas.

-¡Sí, y le da café a los pasajeros! -agregaba otro.

La enunciación de esas y las otras características hicieron pie primero en la burla:

-¡Hay que ser otario para tomarse ese laburo! Andá a saber cuánto le cuesta… al fin del día no le debe quedar nada de ganancia…

Pero al poco tiempo, creció la suspicacia. Y los reparos empezaron a tomar cuerpo:

– ¿Pero ese tipo está autorizado a hacer todo eso?
– ¡Ahora los pasajeros nos van a pedir el diario a nosotros!
– ¿De dónde salió ese coso? Eso es competencia desleal…

El ambiente se empezó a caldear. Y las cargadas iniciales se convirtieron en advertencias, cuando se lo cruzaban en alguna esquina. No faltó quien le gritara:

-¡Che, gil! Te conviene sacar este cartelito, terminala…

“El gusano loco”, de Wimpi
“El gusano loco”, de Wimpi

Cóppola mantuvo inalterable su manera de trabajar. "El taxi de la cordialidad" era el diferente. A su manera, encarnó a "El gusano loco" que Wimpi describió de una forma insuperable:

"Aferrados al medio, los adaptados fueron quedando atrás. Por fortuna, en aquella colonia reptante apareció un gusano rebelde. Se sintió incómodo en el sitio que a los otros les satisfacía, y se apartó de ellos. Sin duda habría querido que lo siguieran. Pero lo dejaron solo. Era el gusano loco. De él -fundador de la libertad sobre la tierra- se valió la Naturaleza para culminar su obra en la gracia del sentimiento y en el milagro de la idea. ¡Loor al gusano loco! Como la rosa está, ya, dentro de la semilla, dentro de él se preparaba una aurora de Franciscos, de Leonardos, de Galileos y de Colones".

¿Y El taxi de la cordialidad?

La primera vez, le rompieron el cartelito. Lo reparó.
Otro día le tajearon un neumático. Lo cambió.
Después le rayaron las puertas. Las pintó.
Lo apretaron, lo patotearon.

"El taxi de la cordialidad" desapareció. Nunca más se supo de Cóppola.

La bicicleta blanca del dibujate “Dico” (Adrián Di Costanzo)
La bicicleta blanca del dibujate “Dico” (Adrián Di Costanzo)

Me acuerdo de él cada vez que escucho "La bicicleta blanca, de Horacio Ferrer:

"No sé, ¡te juro!, por qué siniestra rabia,
No sé por qué lo hicimos ¡lo hicimos sin querer!,
Al flaco, ¡pobre flaco!, de asalto y por la espalda,
Su bicicleta blanca le entramos a romper.
Le dimos como en bolsa, si asco, duro, en grande:
La hicimos mil pedazos… y, al fin, yo vi que él,
Mordiéndose la barba, gritó: '¡que yo los salve!…'
Miró su bicicleta, sonrió, se fue de a pie".

 

Esta crónica es pésima, lector del siglo XXI. Por varios motivos. Porque no tengo una sola imagen de todo este relato. Y tampoco un audio, con el testimonio de algún hijo o un nieto de Cóppola.

Cero, bochado en cualquier examen de periodismo riguroso.

Y encima, menciono nombres y apellidos que hoy no resisten la más elemental estrategia de key words.

Pero como ya estoy jugado, apelo a un argentino inolvidable, que se llamó Florencio Escardó.

Fue médico, pediatra, sanitarista, profesor, poeta, decano de la Facultad de Medicina, vicerrector de la Universidad de Buenos Aires. Bajo su mandato comenzó la educación mixta en el Nacional Buenos Aires y en el comercial Carlos Pellegrini. Como humorista impar consagró su seudónimo: Piolín de Macramé. Y cuando le tocó conducir el Hospital de Niños, decidió algo que hoy parece normal y elemental: que las mamás se internen con sus hijos.

Florencio Escardó en el Hospital de Niños
Florencio Escardó en el Hospital de Niños

Este hombre extraordinario se despidió una mañana dando su clase magistral en el Aula Magna de su Facultad. Estuve allí y le escuché decir algo inolvidable:

-La vida, al fin y al cabo, no es sino la eterna lucha entre la roña y el jabón.

Por ese Cóppola y su taxi de la cordialidad, por el Flaco de la bicicleta blanca, por aquel gusano loco, no aflojemos.

Mantengamos nuestra fe en el jabón.

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