A partir del caso del profesor uruguayo, este homenaje a la educación argentina de antaño

Fue una vida escolar de tiza y pizarrón, con maestros que no hacían paro y escuelas sin calefacción, pero aprendíamos realmente y para toda la vida.

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No quiero –nadie debería querer– que se apagaran los ecos generados por el profesor uruguayo que abandonó su cátedra vencido no sólo por Twitter, Facebook, celulares, que no son culpables: son sólo medios tecnológicos para determinados fines, y su uso racional los convierte en imprescindibles. En verdad, han cambiado el mundo en más de un sentido positivo.

Lo que derrotó al profesor no fueron los instrumentos: fueron sus ejecutantes. Un violín Stradivarius o un piano de cola Steinway en manos de músicos chapuceros y desinterasados…

Es decir, la raíz profunda del problema, no su corteza. En términos crudos, y descontando algunas nobles excepciones, tanto la educación pública como la privada, que también muestra nubarrones, llevan décadas de abandono. Como bien dice el ex rector de la UBA Guillermo Jaim Etcheverry, "de la educación se habla mucho, pero a nadie le importa".

No exagera. Todos los gobiernos prometen revoluciones educativas, planes modernos, presupuestos adecuados, pero el palabrerío y las intenciones se desvanecen como un relámpago.

Los maestros ya no son maestros. La noble, nobilísima palabra fue devaluada: hoy son "trabajadores de la educación" sindicalizados y siempre dispuestos a la palabra, al paro, a la extorsión, a la actuación mediática, pero nunca a lamentar las horas de clase, cada vez más escasas y escuálidas.

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Así, los alumnos transitan, automatizados y sin pasión, las tres instancias: primaria, secundaria, universitaria, con un objetivo de mínima: el número 4. El gol salvado sobre la línea. El verbo "zafar" como máxima conquista de la nueva picaresca académica, que conlleva el desdén por aquella vieja calificación que nos hacía sentir mejores y distintos: el 10.

Lo sé desde adentro. En veinte años como profesor universitario pasaron por mis planillas de asistencia algo más de dos mil alumnos, y apenas conservo respeto y hasta afecto por un centenar…

En esta selva de equívocos y mentiras, ¿por qué asombrarse ante el fenómeno colectivo de alumnos que lo ignoran todo de la peor manera conocida: no saber, y que no importe?

Qué otra cosa es posible esperar que una legión de botarates aplicados mañana, tarde y noche a cruzar mensajitos y proyectar diversiones, por mucho que un profesor batalle para convencerlos de su error, explicarles la historia del mundo, y entrenarlos para separar lo simple de lo complejo, lo inútil de lo útil, lo trascendente de lo fútil, lo concreto de lo abstracto, y cuanto tiene que ver con valores y contravalores.

Su ignorancia y desinterés sacan de quicio a los profesores de talla, es cierto. Pero, ¿quiénes son las verdaderas víctimas, sino ellos?

Entre padres despreocupados y maestros y profesores mal pagos y sin estímulo, ese pan saldrá del horno en su peor versión. Y ese mamarracho no lo arreglan las políticas "computadoras para todos" y cuanto chiche tecnológico sale al mercado. Lo que nace chueco, chueco se queda.

Esta crisis me lleva a mis remotos años de alumno. No fui nada excepcional. Como tantos, la curiosiadad por leer fue imperativa. Aprendí con las letras carteles callejeros y la guía de mi abuelo: "Esa es la A… esa es la P… La EÑE es una ENE con un palito arriba". Antes de los cinco años leía de corrido cuanto caía en mis manos. Y mis compañeros no se asombraban: muchos habían logrado lo mismo.

Y así transcurrieron primero inferior, primero superior, segundo… hasta sexto. No sólo leíamos bien y a toda voz, sin balbuceos: también nos empeñábamos en escribir la mejor composición, tema "La vaca" o el que cayera.

Y ese impulso se mantuvo en los cinco años de la secundaria. Con una dura lección. Urgido por un examen de Historia inminente, recurrí a unos breviarios que, si la memoria no me falla, se llamaban "Lerú". El profesor Martínez, abogado además, me sorprendió con uno de esos resúmenes en un rincón, y con pocas palabras cambió para siempre mi brújula:
–Serra, cuando un alumno empieza a estudiar con esos libritos, está perdido.

Nunca más. En adelante, sólo libros completos, por árida que fuera la materia.

En la primaria, y en una modesta escuela pública del barrio de Núñez, desde segundo grado teníamos una hora de dictado y una hora de lectura. Horas sagradas. Gracias a ellas aprendimos a escribir más que correctamente, y a leer con entonación, con sentido, con énfasis y medio tono cuando correspondía.

Ya profesor universitario, los alumnos trampeaban con el copy-paste, estudiaban con apuntes y resaltadores (no fuera que leyeran una línea de más), y cuando convocaba a alguno para que leyera en voz alta, me rodaba una lágrima invisible: era la nada, lo incomprensible, lo soporífero.

Por eso, en este final, quiero rendir homenaje a aquellos maestros y profesores de antaño. Que, desde los palotes hasta la lectura completa de un libro y su comprensión profunda, me lanzaron al mundo para poder ganarme la vida.

Un privilegio que hoy está en peligro. En grave peligro.

En uno de mis últimos años como profesor universitario de Periodismo, un alumno me paró en la escalera, y sucedió este diálogo:

–Profe, ¿usted leyó…? (Nombró a un autor de best sellers muy famoso: omito el nombre por respeto)
–No, por cierto.
–¿Por qué no?
–Porque gracias a que no leo esas cosas, soy tu profesor.

Telón sin comentario.