Un diagnóstico mal comunicado puede alterar durante años la vida de un paciente y afectar incluso su evolución clínica. Así lo afirmó en Infobae en Vivo A las Nueve el cardiólogo Martín Lombardero. El especialista sostuvo que la palabra médica no solo informa: también puede sembrar miedo, ansiedad y una forma de sufrimiento que, según plantea en La tiranía del diagnóstico, se suma a la enfermedad original.
Con 33 años de trayectoria, el especialista afirmó que la consulta ocurre en un momento de fuerte vulnerabilidad y que el sistema de salud muchas veces no deja espacio para escuchar. Para la primera consulta cardiológica, considera necesario al menos una hora, frente a un esquema que en muchos casos reduce la atención a 15 minutos y favorece respuestas rápidas sin vínculo ni comprensión de la historia personal.
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Médico egresado de la Universidad de Buenos Aires y miembro titular de la Sociedad Argentina de Cardiología, Lombardero sostiene que la palabra del profesional nunca es neutra. “Genera cambios bioquímicos en tu cuerpo, genera una química en tu cuerpo que impacta”, afirmó.

Esa idea recorre el libro y su mirada sobre la relación médico-paciente: incluso cuando el diagnóstico no es grave, una explicación deficiente puede modificar la calidad de vida. “He visto pacientes que han vivido mal durante años pensando que podía pasarles algo cuando el diagnóstico era poco relevante”, explicó.
La interpretación del paciente puede convertirse en una segunda enfermedad
Lombardero advirtió que la falta de claridad abre la puerta a proyecciones y temores que el paciente llena por su cuenta. “El ser humano vive haciendo predicciones de cosas que nadie puede asegurar si van a pasar”, señaló.
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En esa lógica, describió una capa adicional de padecimiento que no surge de la lesión o del cuadro clínico, sino de la manera en que la persona entiende lo que le dijeron. “Una enfermedad genera algo orgánico y sobre esa enfermedad hay una segunda enfermedad, que es la interpretación de esa enfermedad”, afirmó.
El médico sostuvo que ese proceso puede agravar el cuadro general. Miedo, incertidumbre y ansiedad persistente, según su planteo, no quedan en el plano emocional: pueden empeorar la experiencia de la enfermedad y condicionar la recuperación.
Por eso insistió en la necesidad de transmitir “esperanza con sentido”, una fórmula que no niega la gravedad cuando existe, pero evita condenar al paciente a una idea de daño permanente. Ante un infarto, dijo, la comunicación debe orientarse a la rehabilitación y a la posibilidad de retomar la vida previa con cambios de hábitos, no a instalar una identidad limitada por el episodio.
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“Si yo no te doy la esperanza con sentido, te vas con un sentido de depresión que es peor que la enfermedad”, resumió. En su visión, el modo de decir también forma parte del tratamiento.
La empatía, y no solo la verdad clínica, define el efecto de un diagnóstico
Lombardero cuestionó las frases alarmistas que algunos pacientes reciben en el consultorio. Mencionó expresiones como “usted es una bomba de tiempo” y relató el caso de una persona que no pudo dormir durante un año después de escucharla.
“Aquella amenaza genera una reacción inflamatoria en el cuerpo, más allá de la enfermedad original”, describió. Para el cardiólogo, el problema no es comunicar la verdad, sino hacerlo sin medir el efecto que esa verdad tendrá en alguien que ya llega con temor.
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Esa asimetría, remarcó, define el vínculo entre el médico y el paciente. De un lado hay autoridad técnica; del otro, una persona con “psiquis vulnerable y con mucho miedo”. “Yo tengo que entender y tener empatía para decirlo”, sostuvo.
Su crítica alcanza también a la comunicación basada en estadísticas y probabilidades expuestas sin filtro individual. “Eso es pronosticosis. Yo no sé si te va a pasar a vos”, advirtió sobre la tendencia de algunos especialistas a transformar porcentajes en destinos personales.

En esa línea, repite una idea central de su enfoque: “Una verdad dicha en un consultorio sin empatía es ego”. Para Lombardero, el manejo del ego profesional resulta decisivo cuando se debe dar una noticia difícil.
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En enfermedades graves o terminales, plantea que existen modos adecuados de informar y acompañar. Allí destacó el trabajo de quienes se dedican al “buen morir” y ofrecen contención no solo al paciente sino también a su entorno familiar. “A toda la familia le cambia”, afirmó.
El tiempo de consulta condiciona la calidad del vínculo y del tratamiento
El cardiólogo considera que las limitaciones del sistema de salud explican parte de estas fallas, aunque no las justifican por completo. “El médico no tiene tanto la culpa, pero es responsable”, dijo sobre una dinámica que obliga a atender a muchos pacientes en lapsos muy breves.
Según su descripción, esa presión reduce la consulta a una secuencia mecánica de síntoma y receta. “El doctor MERA es: tiene quince minutos. Me duele la panza. Bueno, tomá esto”, señaló en tono crítico.
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Para Lombardero, escuchar y mirar a los ojos no es un gesto accesorio, sino el inicio mismo del cuidado. “Vos empezás a curar, a sanarte cuando yo te escucho”, remarcó.
Desde esa perspectiva, el objetivo de la consulta no debería limitarse a indicar un medicamento. También tendría que ayudar al paciente a recuperar protagonismo sobre su salud, con cambios de hábitos y recursos para el autocuidado.

El especialista cuestionó la idea de que la solución está solo en una pastilla y propone reforzar la participación activa del paciente. “La pastilla te va a ayudar. Pero el tema está en vos”, afirmó al recomendar respiración, meditación y ejercicio para bajar la presión arterial y mejorar el bienestar.
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Ese cambio de enfoque, según planteó, también implicó fortalecer la energía psíquica de cada persona y orientarla hacia el propio cuidado. “El tema es darle el poder al paciente, empoderar al paciente y en dentro de su energía psíquica, de su libido, decirle: ‘Poné el libido en vos, en tu cambio de hábitos’”, sostuvo.
A lo largo de su planteo, Lombardero define la palabra médica como la primera herramienta terapéutica y liga el futuro del sistema de salud a la recuperación del vínculo humano, la escucha y la empatía como núcleo de la práctica clínica.
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