
Quienes consumen suplementos rara vez pueden responder una pregunta elemental: ¿les están haciendo algún bien? El Dr. Earl Campazzi, médico de atención primaria que ha dedicado años al estudio de estos productos, sostiene que esa incertidumbre es precisamente el mayor problema de una industria que mueve miles de millones y opera con una supervisión regulatoria limitada, informó la revista Parade.
En su nuevo libro, Los suplementos adecuados: El método de un médico para saber qué necesita realmente tu cuerpo, Campazzi ofrece un método para que los consumidores dejen de tomar decisiones a ciegas. En diálogo con la revista, el especialista explicó qué preguntarle al médico antes de empezar, qué sellos de calidad buscar en un frasco y qué riesgos evitar.
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La pregunta clave antes de tomar un suplemento
Antes de incorporar cualquier suplemento a la rutina diaria, Campazzi recomienda plantearle al médico una sola pregunta: “¿Cómo sabré si está funcionando?”.
El razonamiento es directo. Sin un criterio de medición, resulta imposible distinguir un beneficio real de un efecto placebo o, peor aún, detectar un daño silencioso. “La mayoría de las personas que toman suplementos no tienen ni idea de si les están funcionando o incluso si les están perjudicando”, señaló el médico.
Su propuesta es sencilla: registrar los síntomas con una escala numérica del 0 al 10 desde antes de empezar el tratamiento. Si alguien recurre a un producto para mejorar el descanso nocturno, debería anotar la calidad de su sueño y el nivel de somnolencia durante varias noches previas para establecer un punto de partida. Después, basta con dedicar 30 segundos cada mañana a repetir la evaluación. Sin esa referencia inicial, advirtió Campazzi, cualquier percepción de mejoría carece de fundamento.
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Cuatro certificaciones con valor real en suplementos
Los envases de suplementos suelen exhibir una colección de sellos dorados y emblemas que transmiten una imagen de rigor científico. Sin embargo, el médico es categórico: apenas cuatro de esas certificaciones aportan garantías concretas sobre lo que contiene el producto.
La primera es la verificación de la USP (Farmacopea de los Estados Unidos), que confirma que el suplemento incluye los ingredientes declarados, en las cantidades indicadas y sin niveles dañinos de contaminantes. La segunda es la certificación de NSF, que valida la precisión del etiquetado y también rastrea sustancias indeseadas. Existe además una variante específica, la NSF para el deporte, que amplía el análisis a más de 280 compuestos prohibidos en competiciones deportivas. Por último, el sello de ConsumerLab acredita que el producto superó pruebas independientes.
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Cualquier otro distintivo decorativo en el frasco, según Campazzi, no debería influir en la decisión de compra.
Cabe aclarar que los cuatro sellos mencionados corresponden al mercado estadounidense y pueden encontrarse en suplementos importados que se comercializan en Argentina, como diversas marcas de proteína. Para los productos de fabricación nacional, la referencia equivalente es el registro ante la ANMAT (Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica): todo suplemento dietario debe exhibir en su envase los números de RNPA (Registro Nacional de Producto Alimenticio) y RNE (Registro Nacional de Establecimiento), requisitos obligatorios para su comercialización en el país.
Suplementos y fármacos: una combinación peligrosa
Los sellos garantizan composición, pero no indican si un producto es adecuado para cada persona. El médico subrayó que muchos suplementos actúan en el organismo con la misma intensidad que los medicamentos recetados, y que las interacciones entre ambos pueden resultar peligrosas.
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Un ejemplo que citó es la hierba de San Juan (también conocida como hipérico) combinada con antidepresivos: la mezcla puede disparar los niveles de serotonina hasta provocar el llamado síndrome serotoninérgico, una reacción potencialmente mortal. También relató el caso de un paciente de 43 años, identificado como Kevin, que ingirió una dosis doble de un preparado pre-entreno catalogado como “termogénico” y acabó en urgencias con taquicardia provocada por un estimulante sintético oculto en la fórmula.
A ese riesgo se suma lo que el autor denomina en su libro la “trampa de la mezcla”: fórmulas que agrupan una docena o más de ingredientes bajo el rótulo de “mezcla patentada” y declaran únicamente el peso total del conjunto, sin especificar cuánto aporta cada sustancia. En la práctica, eso significa que ni el consumidor ni su médico pueden saber si un componente está presente en una dosis efectiva, inocua o potencialmente dañina. “Ni siquiera un laboratorio de investigación podría determinar la relación causa-efecto con tan poca información”, apuntó.
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El suplemento trata las deficiencias reales
Frente a la postura habitual de la comunidad médica —que, según Parade, suele recomendar obtener los nutrientes a través de la alimentación—, Campazzi introdujo un matiz relevante. Coincidió en que esa orientación es correcta en la mayoría de los casos, pero no cuando un paciente presenta una carencia documentada.
Para ilustrarlo, recordó el trabajo de Alfred Sommer, exdecano de la Universidad Johns Hopkins, a quien se le atribuye haber prevenido la ceguera y salvado la vida de millones de niños en Asia y África con una cápsula de vitamina A que costaba dos centavos y se administraba dos veces al año. El tratamiento funcionó, explicó, porque aquellos niños padecían una deficiencia genuina. “No son un desperdicio de dinero; el desperdicio radica en tomarlas sin información”, enfatizó el médico.
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Suplementos que toma el médico que los estudia
Campazzi accedió a compartir su propia rutina de suplementación, aunque con una advertencia: cada producto responde a resultados específicos de sus análisis de sangre y a sus condiciones particulares, por lo que no los recomienda a nadie más.
Su protocolo incluye vitamina D3 combinada con K2 —4000 UI y 100 microgramos, respectivamente— cada mañana, debido a que su piel clara y la escasa exposición solar le generaban niveles insuficientes. La K2, precisó, contribuye a dirigir el calcio hacia los huesos.
También consume CoQ10 en dosis de 200 miligramos cada dos días, porque el uso de estatinas le había reducido los niveles de esa coenzima, algo que verificó con un análisis. Tras la suplementación, los valores se normalizaron. Su tercer suplemento es un complejo metilado que le aporta folato (vitamina B9) y B12, dos nutrientes que también registraba por debajo de lo recomendable.
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En cada caso, el patrón es el mismo que predica a sus pacientes: un análisis que detecta la carencia, un suplemento con certificación verificable y un seguimiento para confirmar que el tratamiento cumple su objetivo.
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