
En las islas del Delta, la apicultura tiene un pulso particular. La diversidad de especies vegetales —chilca, ceibo, zarzamora, trébol blanco, falso índigo, eucalipto, sauce y muchas más— deja su huella en cada producto del colmenar. Allí, donde la miel es protagonista desde hace décadas, el polen empieza a ocupar un lugar propio.
Un análisis realizado por el INTA Delta del Paraná y el IPAF Región Pampeana confirma que este recurso ofrece un diferencial notable: calidad, variedad botánica y un potencial económico capaz de ampliar la matriz productiva sin alterar el funcionamiento del apiario. No reemplaza la miel ni compite con ella, pero sí abre una vía concreta para diversificar.
Ventajas que cambian la economía del productor
Según los especialistas, la incorporación del polen permite alcanzar la escala de una unidad económica con menos colmenas que en un sistema basado únicamente en miel. Manuel Manzoni, investigador del INTA, resume esta lógica: el atractivo no es que el polen valga más, sino que aporte estabilidad y nuevas oportunidades comerciales.
Los datos del Registro Nacional de Productores Apícolas reflejan su presencia en la región: Buenos Aires, Entre Ríos y CABA producen en conjunto 9.472 kilos por año.
Para Luciana Fingermann, del IPAF, el mercado ofrece una pista fundamental: el polen se asocia más a los suplementos dietarios que a los productos apícolas tradicionales. Esto amplía el abanico de consumidores y sostiene su valor en el tiempo.
Un producto con identidad química y botánica
El polen argentino reúne los aminoácidos esenciales y presenta propiedades antioxidantes y antimicrobianas. Aunque en la normativa nacional no figura como alimento funcional, en otros países sí integra esa categoría.
Un estudio del INTA registró 29 tipos polínicos en el Delta y detectó contenidos de proteína bruta superiores al 20 % en determinadas temporadas, un indicador clave para su valoración.
Del polen al valor agregado
La diversificación no se limita al producto en bruto. En el Delta ya se elaboran polvos destinados a la actividad apícola, extractos bebibles y miel con polen. Cada una de estas variantes ayuda a diferenciar el origen y a fortalecer la identidad territorial.
Como describe el apicultor Edelmar Abratte, no cosechar polen implica dejar pasar una oportunidad sin modificar la estructura del colmenar.
El avance de esta alternativa impulsó innovaciones pensadas para las condiciones del Delta. Una de las más valoradas es la trampa de piso, que permite espaciar la recolección entre 24 y 72 horas, e incluso hasta una semana.
Para Gabriel Giuliano, investigador del INTA, esta herramienta mejora la viabilidad del proceso en una región donde los traslados y los tiempos de acceso tienen su propia dinámica.
No caben dudas: la producción de polen agrega ingresos familiares, impulsa buenas prácticas y exige mejoras continuas en inocuidad y procesamiento.
En un territorio donde la biodiversidad define la vida diaria, este recurso se consolida como una nueva ventana de crecimiento para los apicultores del Delta.
Fuente: Inta
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