
De manera sorpresiva, Cristina Fernández de Kirchner agregó a la agotadora interna un elemento fuerte, polémico y hasta de apariencia ideológica. Puso en la mira a las organizaciones sociales aliadas del Gobierno y las confrontó con el concepto de “sujeto social” que el peronismo considera -o consideraba- propio y constitutivo: los trabajadores. Fue su última exposición, de tono llamativamente peronista, tradicional, antes que kirchnerista. Y buscó más de un objetivo: apuntó al posible armado de Alberto Fernández y lo hizo con mensaje implícito al PJ clásico, que ve en aquellas organizaciones una competencia por el poder territorial.
La ex presidente se mostró pragmática aún en su imaginario. No pretendió inaugurar un debate sobre el peronismo. Dio, sí, un salto en su disputa con Olivos. Si con las primeras cartas buscaba imponer su peso en el funcionamiento del Gobierno y después apostó a un proceso de diferenciación, ahora trabaja sin vueltas en consolidar su espacio fuera incluso de los límites del kirchnerismo. Es un proceso de consecuencias paradójicas: se mueve preocupada por el mal panorama electoral y las complicaciones crecientes en su propio frente judicial, pero a la vez profundiza el desgaste de gestión.
Esta vez, además, instaló un tema que trasciende el microclima doméstico porque refiere a los piqueteros, socialmente vistos en general como un conglomerado por sus prácticas callejeras y por la extensión de los planes, sin atender a la competencia entre agrupaciones diferentes, desde el oficialismo -con funcionarios propios- hasta la oposición frontal. CFK cuestionó lo que definió como “tercerización” de las políticas sociales y sostuvo que deben ser aplicadas, controladas y auditadas por el Estado.
“Eso no es peronismo, el peronismo es laburo”, dijo para descalificar a los movimientos sociales aliados de Olivos aunque no de manera mecánica. El Movimiento Evita, Somos Barrios de Pie y la CCC, en primera línea, son los aludidos, pero no sólo por su lugar en el tablero interno actual. De hecho, son organizaciones que reclaman mayor decisión al Presidente en la disputa con CFK y que se preparan para dar pelea por espacios propios en el armado electoral del año que viene.
La ex presidente no descargó un párrafo sin sentido o con un único objetivo. Es sabido que existen intereses cruzados, y pelea abierta, entre La Cámpora y las organizaciones sociales, especialmente en el Gran Buenos Aires. También, abundan las prevenciones entre los jefes cegetistas en general, más allá de alguna confluencia táctica. Y para completar, intendentes y gobernadores peronistas son críticos y reclaman participación directa en la definición y el manejo de programas de asistencia.
La señal de CFK debería ser leída entonces en esa complejidad de intereses. Incluye y trasciende a la organización que encabeza Máximo Kirchner. Y esta vez asoma con sentido propio el gesto a los gobernadores. Los jefes provinciales son un escalón del Estado, que en esa mesa podrían negociar sin competencia de organizaciones sociales la administración o al menos la distribución de planes.

Es significativo el giro que plantea la ex presidente. Se suponía, y en buena medida lo alentaba verbalmente Olivos, que los gobernadores -el PJ tradicional- estaban anotados en el primer renglón del sistema de alianzas internas que iría tejiendo Alberto Fernández apenas ganadas las elecciones del 2019. No fue así. Ahora, es CFK quien suma un discurso con reivindicación del peronismo clásico.
Por supuesto, CFK nunca dejó de trabajar en ese terreno. Se registró en el Senado y, de manera menos evidente, en las relaciones de intereses que sostienen la política distrital. Por ejemplo, en legislaturas donde el voto de representantes kirchneristas es vital para los gobernadores. El desgaste presidencial generó a la vez cierto repliegue de los jefes provinciales en el paño de la interna nacional, algo que objetivamente favorece a la ex presidente.
El entramado es complejo para todos. Los movimientos sociales reaccionaron con fuertes críticas a los dichos de CFK, entre otras cosas -dijeron- por la falta de visión actualizada sobre el mundo del trabajo en el país, en medio de la larga crisis económica y social. No es su único problema. Se preparan para afirmar su propio espacio, frente a la incertidumbre que genera Alberto Fernández, la pulseada con el kirchnerismo y el desafío de los piqueteros de izquierda.
Algo comparten todos: los costos de batallas domésticas en continuado. Es un punto que afecta a los tres socios del oficialismo.
El Presidente trata de administrar el conflicto interno, en un cuadro económico grave, y deja trascender su voluntad de dar pelea el año que viene. Eso parece un recurso básico cuando resta un largo trecho de gestión. CFK apuesta a diferenciarse internamente con la imaginación puesta en un escenario hiperpolarizado que la tenga en la discusión. Sergio Massa espera ya con impaciencia rectificaciones del rumbo y analiza cómo retomar su propia construcción.
¿Cuál sería el giro en esta pelea de poder cargada de costos autoinfligidos? La reacción de Alberto Fernández, en respaldo de los movimientos sociales, resultó un ejercicio autodefensivo, algo de ruido luego de varios silencios. Los ánimos no habían sido alterados por las críticas de CFK al Banco Central, junto al aviso inicial para Daniel Scioli. Casi una rutina. En cambio, el mensaje a las organizaciones sociales oficialistas -en particular al Evita- expuso la intención de avisar que ya no se trata de funcionarios, sino de la batalla camino al 2023. Demasiada carga y posibles costos en un país castigado por la crisis y a más de una año de las elecciones.
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