
Hablar de Bariloche es sinónimo de turismo, paisajes y naturaleza. El entorno de la ciudad rionegrina con mayor densidad poblacional, circunscripta por el Parque Nacional Nahuel Huapi, la transformó en uno de los principales íconos turísticos del país e incluso la hicieron conocida en el mundo entero.
Esa actividad es el principal motor económico y por ese motivo, con el paso de los años, generó infraestructura para recibir a la mayor cantidad de visitantes posible.
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Cuenta con unas treinta mil camas para albergar a visitantes, un aeropuerto internacional que está en plena obra de ampliación, una oferta gastronómica para todos los gustos y un abanico de opciones para conocer, pasear y entretenerse.
El atractivo es poderoso en las cuatro estaciones y en las temporadas altas su aeropuerto es el segundo del país en movimiento de pasajeros. La realidad cambiaria incrementó la afluencia de turistas provenientes de destinos extranjeros, permitiendo que desapareciera la denominada “temporada baja” y los porcentajes de alojamiento experimentaran descensos casi imperceptibles.
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Pero la ciudad tiene una segunda arista, no tan favorable. A 40 cuadras del centro, en la periferia de la jurisdicción, se encuentra el denominado “Alto” de Bariloche. Allí confluyen los barrios más postergados, donde el éxito que genera el turismo poco influye en quienes viven allí.
Se trata de la zona más alejada del lago Nahuel Huapi, hacia el sur, donde escasean los servicios públicos y también las comodidades para vivir.
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En los últimos años el crecimiento demográfico de ese sector fue explosivo y también desordenado. Es la zona donde se registra la mayor cantidad de ocupación lotes y terrenos.
La ciudad registra una población estable de 150 mil habitantes, de los cuales cerca de 70 mil residen en el extremo sur.
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Los barrios más populares de la zona son el Nahuel Hué, Nuestras Malvinas, El Frutillar, Arrayanes y El Pilar, los cuales reúnen la mayor cantidad de viviendas, muchas de ellas construidas de forma precaria.
El presidente de la Junta Vecinal del barrio Nuestras Malvinas, Sergio Herrero, dijo que “ya no quedan lotes sin tomar, en poco tiempo la gente se asentó en la zona y construyó, aunque en muchos casos de una forma muy precaria”.
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“La gente de la zona se siente poco incluida, postergada, porque los barrios del Alto son olvidados por todas las gestiones políticas, que solo se acercan en tiempos electorales” dijo el dirigente. Y agregó que: “Acá no llegan las obras públicas”.
Allí viven los vecinos más vulnerables y, al mismo tiempo, los más postergados. “Las luminarias públicas se colocan en el centro, en los accesos a la ciudad y en el oeste, pero no en el Alto. Tampoco se asfaltan las calles, no hay sistema de cloacas y el servicio urbano de transporte funciona de manera irregular”, dijo Herrero. En la ciudad de los hoteles cinco estrellas, hay vecinos que aún tienen letrinas.
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En los barrios del Alto funcionan varios establecimientos educativos públicos, tanto primarios como secundarios, a los que acuden estudiantes domiciliados en los mismos barrios.
Uno de ellos es el colegio primario 315 del barrio Nuestras Malvinas, con nombre homónimo, al que acuden niños que cursan el nivel inicial.
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A esa escuela asistía Rafael Nahuel, el joven integrante de la comunidad mapuche que ocupó tierras en Villa Mascardi, y que en noviembre de 2017 fue asesinado de un disparo en la espalda efectuado por un efectivo de la división especial Albatros de Prefectura Naval.
Nahuel vivía en el Alto de Bariloche, pero no era el único descendiente de pueblos originarios que acudía a ese establecimiento. En la actualidad, el 50 por ciento de los alumnos descienden de familias que pertenecen a comunidades mapuches.
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Valeria Escobar, directora del establecimiento, comentó: “Teniendo en cuenta que un alto porcentaje del alumnado pertenece a distintas comunidades, hemos adoptado la costumbre de incluir a la bandera mapuche en los distintos actos, para reivindicar esa cultura, su lengua y sus costumbres”.
Escobar recordó a “Rafa” como “un buen muchacho, que buscó una oportunidad sumándose a la comunidad mapuche que está en Villa Mascardi, hay muchos como él en la actualidad”.
En su afán por rendir culto a sus ancestros, son muchos los jóvenes que deciden sumarse a distintas comunidades e incluso varios de ellos se incorporaron a la lof Lafken Winkul Mapu. La presencia de “chicos jóvenes” no pasó desapercibida para los vecinos de Villa Mascardi, quienes creen que existe “un reclutamiento” para incorporar “sangre joven a la causa mapuche”.

Diego Frutos, uno de los vecinos que resultó perjudicado por el accionar violento de esa agrupación, coincidió con esa apreciación. “Hay muchos a los que conocemos, aunque también sabemos que hay caras nuevas, chicos muy jóvenes que forman parte del activismo de la comunidad”.
“No tenemos certezas de lo que realmente pasa, no sabemos qué les ofrecen para sumarse, pero sí podemos afirmar que hay caras nuevas, siempre, y esto lo vimos en los últimos episodios en los que fuimos agredidos”, sostiene.
La percepción que tiene Frutos sobre la búsqueda de jóvenes en los barrios del Alto de Bariloche es compartida por la comunidad mapuche, aunque para efectuar disparos hacia el asentamiento.
El artista local Hugo Hernández sostiene que “en los barrios del Alto ofrecen dinero para efectuar disparos hacia la comunidad”. Luego de que una de sus obras que estaba ubicada en la zona sur de la ciudad fuera derribada, aseguró que “existe una clara intencionalidad” en ese ataque.
“Todo el mundo sabe que buscan a chicos que se animen a efectuar disparos a la comunidad. No hay certezas, pero los rumores son contundentes” aseguró el artista.
La comunidad mapuche de Villa Mascardi surgió en noviembre de 2017 para poner el foco en el corazón del drama social urbano de Bariloche. Fue emplazada en una de las zonas más bellas del Parque Nacional, donde los ocupantes esgrimen derechos basados en el poblamiento ancestral del lugar.
Muchos salieron del barrio Virgen Misionera, en el oeste de la ciudad, de un núcleo familiar que fue afirmando su identidad mapuche en las últimas décadas: la familia Nahuel, a la que pertenecía Rafa (aunque vivía en el Alto), y la Huala, de la que entre otros jóvenes radicalizados proviene Facundo Jones Huala, jefe de la comunidad Resistencia Cushamen en Chubut, donde murió Santiago Maldonado, ahora preso en Chile por el incendio de una finca en la que murió una pareja de ancianos.
“No somos menos pobres acá, estamos acá porque este es nuestro territorio ancestral. No atacamos a nadie, nos defendemos. No defendemos nuestra propiedad sino nuestro territorio. Es el Puel Mapu, el territorio del este del pueblo mapuche. Y solo muertos nos van a sacar de acá”, afirma uno de ellos blandiendo una boleadora tejida para lanzar piedras, “única” arma que aseguran tener.
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