“El barrio está tranquilo y veo que la mayor cantidad de la gente está en sus casas, el colectivo que cruza a pocas cuadras va prácticamente vacío. Pero mi vecino que vive al día salió a cortar el pasto a las casas del barrio de enfrente porque si no, no tiene con qué comprar comida. Y como él, la mayoría vamos a empezar a salir para conseguir algún recurso, ver si encontramos jabón y lavandina a un precio más razonable: mucho esto no va a durar”. El que habla es un interlocutor habitual de Infobae, una fuente que prefiere no revelar su nombre, referente social de un barrio del conurbano que siempre apuesta a la organización social a través de las redes de cooperativas de trabajo, mientras atiende un comedor y merendero.

Preocupado, como cualquier ciudadano del mundo, vino observando lo que pasa en su barrio, porque le llegaron comentarios de que más lejos habían existido intentos de saqueos. “Son robos de pibitos que aprovechan cualquier situación para conseguir alcohol, pero fueron muy pocos y no creo que lleguen acá, donde estamos mejor organizados”, asegura, confiado.

Cuenta, además, que la UTEP les avisó que se abrió “un programa de emergencia de 5.000 pesos para los compañeros y compañeras que no reciben nada”. “Nos aclararon que es incompatible con cualquier otra cosa y durará tres meses, porque lo que se busca es ayudar a los que trabajan con changas, tienen cualquier empleo informal, porque los que reciben asignación universal por hijo van por el Anses: esto es otra cosa", explica.

En efecto, en articulación con el Ministerio de Desarrollo Social y los municipios del conurbano, los movimientos sociales distribuyen en las barriadas populares una planilla e instructivo para ayudar a quienes no tienen ningún ingreso. Hay que darse el alta y cada municipio podrá entregar 5.000 pesos durante tres meses en una tarjeta bancaria a quienes se hayan registrado debidamente.

Para eso hay que especificar, claramente, si el que solicita es un trabajador independiente, miembro de cooperativa de trabajo, empresa recuperada, integrante de un proyecto productivo o de servicio del Desarrollo Social, emprendimiento familiar o -simplemente- trabajador encuadrado en una organización social como parte de una unidad productiva. Mayor de 18 años y hasta los 65, hay que abrir una cuenta de banco el que no la tiene y entregar la planilla.

Esta es la primera decisión que tomó Daniel Arroyo cuando supo que la cuarentena era inevitable, lo que impactaría en todo el tejido social pero, dejaría desamparados a los trabajadores sin registro, el 49% del total, según datos del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, una población ya de por sí castigada por una recesión que ya llega a casi diez años.

La ciudad de Buenos Aires, vacía (Adrián Escandar)
La ciudad de Buenos Aires, vacía (Adrián Escandar)

En la mayoría de estos más de 1100 barrios populares que están en los 24 municipios del conurbano ya hay agua potable. En diciembre de 2015 la cobertura llegaba a 83.3% y en diciembre de 2018 subió un poco más, a casi el 85%. Pero ese 15% de personas que tienen sus viviendas precarias normalmente hacinadas solo tienen a su disposición aguas servidas, con lo que difícilmente puedan cumplir con el lavado de manos con jabón varias veces al día, como recomiendan los epidemiólogos.

Por cierto, la cobertura de cloacas es todavía más limitada, ya que solo accede el 68.4% del total de población (5% más de lo que había en el 2015), un poco menos de 7 millones de habitantes que, en líneas generales, convive con situaciones de higiene todavía más precarias, haciendo aún más difíciles las condiciones para el aislamiento obligatorio.

Las preguntas que se hacen en los barriadas son infinitas. Si no podemos ir a los comedores, ¿qué hacemos? ¿Vendrá alguien a darnos viandas, como se comenta? ¿Habrá que anotarse en algún lado? Si vamos al municipio a anotarnos, ¿nos van a meter presos? Pero: ¿hay algún caso de coronavirus entre nosotros?

Y quizás esta es la clave. El COVID-19 que tiene a maltraer a quienes pueden viajar en avión a las grandes capitales del mundo todavía no llegó a los barrios populares y aún no se generó el temor al contagio. Por eso, los funcionarios descuentan que el aislamiento va a durar poco y solo será posible implementarlo cuando haya “transmisión comunitaria”, lo que tal vez ya sucedió, pero aún no se contabiliza.

Para cuando llegue ese momento, hay dirigentes sociales que piensan que la única manera de proteger a la población será el cierre de algunos barrios, para evitar que se trasladen al centro de los distritos, donde ya empieza a circular el virus. “Porque cuando entre en algunos lugares, entre el hacinamiento, la falta de agua potable y la mala calidad de alimentación, los compañeros van a caer en masa”, le dijeron a un funcionario del Gobierno nacional.

Otros, sin embargo, creen que semejante decisión sería un verdadero desastre. “Armar ghettos será un remedio peor que la enfermedad, no habrá modo de evitar que se muevan de una localidad a otra y se va a desatar una ola de violencia que será incontenible”, opinó un experto en tareas sociales de territorio.

Un cirujano con experiencia en ayuda humanitaria en Mozambique fue más preciso. “Lo ideal sería que el mismo Ejército se encargue de distribuir viandas en los lugares más necesitados, evitando que la gente se desplace y, de paso, que vaya tomando conciencia del problema entre los barrios más humildes, lo que hasta ahora no veo”.

Y agregó: “Reconozco que Argentina no es África, pero las dimensiones del contagio exigirán medidas impensadas en todos los casos, más que nada entre quienes están excluidos de los sistemas de atención médica, porque tiene la potencialidad de propagarse de una forma extremadamente rápida, lo que hará colapsar todas las prestaciones de salud”.

Daniel Arroyo en Casa Rosada (Adrián Escandar)
Daniel Arroyo en Casa Rosada (Adrián Escandar)

Aunque nadie lo diga, este es el verdadero temor del Gobierno. El contagio de COVID-19 entre personas bien alimentadas y con buena salud es una experiencia manejable, pero se descuenta que será extremadamente peligroso sin condiciones elementales de higiene y desarrollo humanos.

La llegada del nuevo coronavirus al conurbano es algo así como el infierno tan temido de quienes gobiernan la Argentina. No parece sencillo implementar las normas de distanciamiento obligatorio en esas barriadas superpobladas y agobiadas por la crisis económica. Quedarse en la casa no es fácil para nadie, pero para algunas personas hay que reconocer que se trata de una medida de casi imposible cumplimiento.

Seguí leyendo: