
Las disputas territoriales para apropiarse de las materias primas y colocar los excedentes gatillaron dos guerras mundiales que cambiaron al siglo XX para siempre. Entonces, para evitar una última guerra global bajo los principios de la destrucción nuclear, hacia fines de 1947 se firmó el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), que después de infinitas negociaciones, promesas incumplidas y el fin de la Guerra Fría, creo la Organización Mundial de Comercio (OMC) a principios de 1995. Frente la estrategia destructiva de Donald Trump y las fuertes diferencias que enfrentan a los países subdesarrollados con Europa, Mauricio Macri abre hoy la XI Conferencia Ministerial de la OMC acompañado por una duda existencial que recorre los cinco continentes: ¿el presidente argentino está iniciando las exequias de un organismo multilateral pergeñado para un mundo que ya es historia, o inaugura una cumbre con suficiente capacidad para contener a Estados Unidos, limitar la voracidad geopolítica de China y zanjar las fuertes disensos que enfrentan a los países productores de alimentos?
Tras la Segunda Guerra Mundial, el comercio internacional tenía su correlato en las ciudades destruidas de Europa y Japón. Y al otro lado de la Cortina de Hierro, Moscú proponía un esquema ideológico que estaba en las antípodas del libre comercio. Estados Unidos ya era potencia y marcaba las reglas en sus áreas de influencia. Diseñó los acuerdos de Bretton Woods, avaló la creación de las Naciones Unidas y perfiló las reglas básicas de un acuerdo global para lanzar un gigantesco mercado que podía controlar desde Washington y Wall Street. De esta manera, en octubre de 1947, se aprobó el GATT.

Pero la economía global, la geopolítica y la apertura democrática condicionaron los lineamientos que llegaban desde Washington, y en 1986 se aprobó en Punta del Este una declaración que se conoce como Ronda Uruguay. Por primera en la historia del siglo XX, los países subdesarrollados con economías vinculadas a la producción agropecuaria podían proponer nuevas reglas de juego a las potencias que sólo abrían sus mercados acorde a sus programas económicos y políticos. Fue un punto de inflexión mundial, que años más tarde llevó a la Cumbre de Marruecos, última parada antes de la creación formal de la OMC en 1995.
Ahora, Macri abrirá las sesiones de la OMC en un escenario protagonizado por la incertidumbre y la desconfianza. El presidente argentino apoya al libre de comercio y no duda en marcar la cancha frente al avance caótico de Trump y su axioma America First. "Tiene una visión que no comparto", dijo Macri en relación al presidente de Estados Unidos. Y remató: "Estamos igualmente en posiciones extremas, contrarias". En este punto, la distancia entre Buenos Aires y Washington es casi infinita.
Sin embargo, la cumbre de la OMC no sólo deberá contener la guerra de guerrillas que el Departamento de Comercio de Estados Unidos ejecuta contra el modelo siglo xx del libre comercio. Las sesiones que inaugurará Macri también deben resolver las diferencias que existen entre los distintos países que producen alimentos. El Mercosur está a punto de cerrar un acuerdo histórico con Europa, pero el conflicto comercial aún existe y poco se avanzó desde la Ronda de Doha (2001). El obstáculo no es la Unión Europea como organismo multilateral, sino estados como Francia, Irlanda o Polonia, que apoyan públicamente al libre comercio y después en bambalinas golpean la mesa y cierran sus fronteras a la producción de América Latina.
La OMC está en jaque perpetuo. China con su estrategia de ascenso pacífico pretende marcar ciertas reglas de juego, Trump establece que la OMC ya no le sirve a los Estados Unidos, y los países en desarrollo poco han obtenido resultados por actuar en un marco jurídico que supuestamente fue creado para resolver las diferencias en el comercio exterior. La OMC cruje, y en su temario de Buenos Aires, no hay un solo asunto que proponga su refundación. Es más: todavía cree que limitando el acceso a las ONG críticas al sistema mundial de comercio, sus delegados internacionales pueden tomar el té sin sentir el temblor bajo sus pies.
Macri abrirá la Conferencia XI de la OMC acompañado por la mayoría de los presidentes de la región. Será una excelente oportunidad para demostrar que Argentina busca la integración mundial, al margen de las diferencias ideológicas o determinadas disputas entre aliados históricos. En un mundo aciago, adonde se profundizan las diferencias religiosas y políticas, plantear el multilateralismo como herramienta diplomática es casi una anomalía en las relaciones exteriores. Y aún más en la Argentina: hace dos años se vinculaba con Irán y cerraba negocios oscuros con Venezuela.
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