Durante el siglo XX, la pena de muerte aún era una realidad en el Perú para ciertos delitos considerados execrables. Aunque el fusilamiento como método de ejecución parecía cosa del pasado en muchos países, en territorio peruano se aplicó hasta la década de 1970. Un caso en particular marcó un antes y un después en la historia judicial del país: el de Víctor Apaza Quispe, un hombre que, tras ser condenado por un crimen atroz, fue ejecutado por orden del gobierno de Juan Velasco Alvarado. Lo más curioso de su historia es que, con el paso del tiempo, su figura pasó de la condena a la veneración popular.
Apaza Quispe fue el último reo en ser fusilado en el Perú, y su muerte marcó el fin de la aplicación de la pena capital en el país. Su historia, sin embargo, no terminó con su ejecución. Con el paso de los años, su tumba se convirtió en un sitio de peregrinación, atrayendo a cientos de personas que le atribuyen milagros. Para algunos, es un ejemplo de arrepentimiento; para otros, un caso de injusticia. Lo cierto es que su historia aún genera controversia y curiosidad.
Un fervor religioso que marcó su vida
Víctor Apaza Quispe nació en 1932 en Arequipa, en un entorno donde la religión tenía un peso determinante. Desde temprana edad, su devoción por la fe católica lo llevó a adoptar una visión extremadamente estricta de la moral y el comportamiento. Se le veía con frecuencia en las procesiones y actos litúrgicos de su distrito, La Joya, e incluso se encargaba de exhortar a otros a vivir bajo los preceptos religiosos con la misma rigurosidad que él practicaba.

Sin embargo, su fanatismo llegó a extremos preocupantes. Se dice que imponía castigos físicos a familiares y conocidos que, según él, habían cometido pecados. Su obsesiva visión de la fe no solo marcó su propia vida, sino también la de quienes lo rodeaban, sembraban temor y rechazo en algunos.
Un matrimonio marcado por la tragedia
Pese a su personalidad dominante, Apaza Quispe logró casarse con Agustina Belisario Capacoyla. La pareja compartía un hogar en La Joya, donde, según testigos, las discusiones eran constantes. La relación era conflictiva, marcada por celos y desconfianza.
Todo cambió drásticamente en febrero de 1969. Apaza Quispe, convencido de que su esposa lo engañaba, perdió el control y la agredió brutalmente. El fatal desenlace llegó cuando, en medio de la pelea, le asestó un golpe mortal en la cabeza con una piedra. Al darse cuenta de lo que había hecho, intentó encubrir el crimen, por lo que denunció la desaparición de su esposa ante las autoridades.
Descubrimiento y captura

La policía inició la búsqueda de Agustina, pero dos días después, el 2 de febrero de 1969, su cuerpo fue hallado. La versión de Apaza Quispe pronto se derrumbó y, ante las evidencias, terminó por confesar su responsabilidad en el homicidio. A partir de entonces, comenzó su proceso judicial.
El caso conmocionó a la opinión pública y a la prensa de la época. El brutal asesinato y la intención de encubrirlo generaron indignación en la sociedad, lo que influyó en la rápida resolución del juicio.
Un juicio sin clemencia
El proceso en su contra se extendió por dos años. La evidencia era contundente y su propio testimonio lo condenaba. Finalmente, fue hallado culpable y sentenciado a la pena máxima: la muerte por fusilamiento. Apaza Quispe intentó apelar, solicitó clemencia y argumentó que estaba arrepentido. Sin embargo, el gobierno de Juan Velasco Alvarado no revocó la decisión judicial.

El 17 de enero de 1971, en el penal Siglo XX de Arequipa, se llevó a cabo la ejecución. Como última petición, pidió una hostia y lloró en sus últimos momentos. Antes de recibir los disparos, exclamó: “No he mentido. No he engañado. ¿Por qué me matan ahora? Yo nunca negué mi delito, dije la verdad”. Minutos después, cuatro balazos pusieron fin a su vida.
De la condena a la veneración
Cinco días después de su fusilamiento, el gobierno de Velasco Alvarado abolió la pena de muerte en el Perú. Pero el impacto de la historia de Apaza Quispe no terminó ahí. Más de dos mil personas asistieron a su funeral, muchos convencidos de que su condena había sido injusta.
Con los años, su tumba se convirtió en un sitio de culto en Arequipa. La gente comenzó a visitarla para dejar ofrendas, cartas y plegarias, atribuyéndole milagros. Aunque la Iglesia Católica nunca ha reconocido esta veneración, lo cierto es que su imagen sigue viva en la devoción popular, generando asombro y división entre los creyentes.

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