El domingo 28 de enero de 2001, fue un día que en el Perú todavía muchos recuerdan. Y es que el país entero fue testigo de un momento que marcó un hito en la televisión nacional.
Esa noche Valentín Paniagua, presidente de transición tras la fuga de Alberto Fujimori al Japón, respondió en vivo a Nicolás Lúcar, quien en su programa “Tiempo Nuevo” presentó acusaciones que vinculaban al mandatario con el oscuro entramado de Vladimiro Montesinos.
Las palabras del jefe de Estado no solo evidenciaron su indignación, sino que también desnudaron lo que consideró un intento deliberado por desestabilizar el gobierno de transición.
Este episodio, transmitido en horario estelar, quedó grabado como un enfrentamiento frontal contra la manipulación mediática y los intereses oscuros.
La acusación que encendió el conflicto

La controversia surgió cuando Nicolás Lúcar difundió en su programa una declaración de un supuesto exagente del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN).
Este testigo anónimo aseguraba que Paniagua había recibido 30 mil dólares del testaferro de Montesinos, Alberto Venero, para financiar su campaña electoral. La información, que carecía de pruebas concretas, fue presentada como exclusiva y confiable.
La situación se agravó al revelarse que el testigo no era un exguardaespaldas de Montesinos, como inicialmente se dijo, sino Ronald Pereda, un exchofer del entonces dueño de América Televisión, José Francisco Crousillat, conocido por su cercanía con Montesinos. Este detalle, conocido después de la emisión, incrementó las sospechas de que el reportaje respondía a ciertos intereses políticos.
Una respuesta contundente en vivo

Minutos después de la emisión del reportaje, Valentín Paniagua tomó el teléfono y, en un acto inusual para un jefe de Estado, se comunicó en vivo con el programa de Lúcar. Su tono fue firme, su mensaje directo.
“La infamia que usted ha difundido esta noche tiene un propósito claro y desestabilizador”, declaró Paniagua, refutando de manera categórica los señalamientos en su contra.
El presidente también destacó que jamás había tenido relación alguna con Venero ni con Montesinos. Calificó las acusaciones como un intento burdo de desacreditarlo personalmente y atentar contra la estabilidad democrática del país. La escena dejó a Nicolás Lúcar visiblemente desconcertado, incapaz de justificar la falta de evidencia detrás de su reportaje.
Solidaridad y rechazo

El enfrentamiento entre Paniagua y Lúcar no quedó limitado al intercambio en vivo. Minutos después, el entonces alcalde de Lima, Alberto Andrade, quien se encontraba en el set como invitado, expresó su respaldo al mandatario.
Andrade no dudó en señalar que América Televisión seguía respondiendo a los intereses de Montesinos, afirmando que el canal era un instrumento de manipulación.
En un gesto que subrayó su indignación, Andrade abandonó el set del programa, lanzando un mensaje contundente: “Esto no se puede permitir”. Su reacción reflejó el sentir de muchos peruanos, quienes cuestionaban la ética periodística de Lúcar y el rol de ciertos medios en la perpetuación de agendas corruptas.
Reacciones dentro y fuera del canal

La emisión del reportaje provocó una oleada de rechazo, tanto dentro como fuera de América Televisión. Periodistas de la misma casa televisiva se rehusaron a trabajar al día siguiente, exigiendo la renuncia de Nicolás Lúcar. Consideraron que el programa había cruzado una línea ética al presentar información no corroborada, afectando la credibilidad del canal.
Simultáneamente, manifestantes se congregaron frente a las instalaciones de América Televisión y el Palacio de Gobierno, mostrando su apoyo a Valentín Paniagua y al proceso de moralización impulsado por su administración. Estas movilizaciones evidenciaron el respaldo popular al gobierno de transición en su lucha contra la corrupción.
Ecos de una época marcada por la manipulación

El episodio desnudó las conexiones que aún existían entre algunos medios de comunicación y la red de corrupción liderada por Montesinos. América Televisión, en particular, había sido señalado como un canal al servicio del régimen fujimorista, siguiendo órdenes directas del exasesor.
Este incidente reavivó los recuerdos de la “guerra sucia” mediática que se vivió durante los años del fujimorismo, cuando la desinformación se utilizaba como herramienta para deslegitimar a opositores.
La actuación de Nicolás Lúcar quedó bajo la lupa, y su salida del programa fue inevitable. Sin embargo, el impacto de este momento trascendió a las audiencias televisivas, convirtiéndose en un símbolo del enfrentamiento entre la verdad y las maquinaciones mediáticas en tiempos de transición democrática.
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