
“Con mi burrito sabanero, voy camino de Belén, si me ven, si me ven, voy camino de Belén”. Esta sencilla y alegre letra se ha convertido en uno de los villancicos más emblemáticos de América Latina ya que ha generado grandes recuerdos de Navidad y un sinfín de tradiciones. “Mi Burrito Sabanero”, también conocido como “El Burrito de Belén”, es un villancico originario de Venezuela que ha sido interpretado por artistas de renombre internacional, desde el legendario Simón Díaz hasta el colombiano Juanes y el puertorriqueño Elvis Crespo.
A pesar de la gran cantidad de versiones de esta canción, la que grabó el grupo infantil La Rondallita en 1975, con la voz de un niño de solo ocho años, sigue siendo la más popular. Esta grabación no solo marcó la Navidad de generaciones, sino que se consolidó como uno de los villancicos más escuchados en la comunidad latina a nivel mundial. Sin embargo, detrás de este éxito, se esconde una historia triste de explotación infantil y olvido, la de Ricardo Cuenci, el niño cuya voz es la que todos reconocemos en “Mi Burrito Sabanero”. A pesar de la fama que alcanzó la canción, Ricardo nunca vio ni un solo bolívar por su interpretación.
El nacimiento de “Mi Burrito Sabanero”

La historia de este icónico villancico comienza en 1972, cuando el compositor venezolano Hugo Blanco escribió “El Burrito de Belén”, inspirándose en las tradiciones navideñas de su país. Aunque inicialmente la canción fue grabada por Simón Díaz, el maestro Blanco creía que sonaría mejor con la voz de niños. Así, contactó al Coro Infantil Venezuela, dirigido por el reconocido arreglista Raúl Cabrera, para grabar una versión que incluía un coro infantil. Fue entonces cuando se eligió a Ricardo Cuenci, un niño de ocho años que formaba parte del coro.
Ricardo, desde pequeño, estuvo inmerso en el mundo de la música, influenciado por su padre, quien participaba en una agrupación de música llanera. A los 4 años, ya se sentía atraído por el sonido de los instrumentos, y sus primeras experiencias con la música fueron a través de maracas hechas con una caja de fósforos. Fue así como llegó a ser parte de La Rondallita, el coro infantil que grabaría la famosa versión de “Mi Burrito Sabanero”.
El éxito y la desilusión

La versión de La Rondallita de “Mi Burrito Sabanero” fue un éxito inmediato. El disco comenzó a sonar en las rockolas de Caracas y rápidamente se difundió a otros países, como Puerto Rico, donde el grupo infantil ganó popularidad. A pesar de ser la voz principal de la canción, Ricardo nunca estuvo en la primera gira del grupo, aunque sí participó en otras giras internacionales. En esos viajes, el grupo cantaba en zoológicos, parques y otros lugares, sin embargo, las condiciones eran difíciles.
A pesar de la creciente fama de “Mi Burrito Sabanero”, Ricardo y sus compañeros nunca recibieron compensación económica. “Nunca nos pagaron ni un bolívar partido por la mitad”, recuerda Ricardo, quien lamenta que, siendo solo un niño, no entendiera cómo funcionaba la industria musical. Aunque la canción continuaba ganó mucha popularidad, no había ni un reconocimiento económico ni regalías para los pequeños artistas. Y, para empeorar la situación, una de las ofertas que más pudo haber cambiado la vida de Ricardo fue rechazada por su padre: la propuesta de unirse a Menudo, el exitoso grupo puertorriqueño. Hoy, Ricardo admite que lamenta no haber tenido la oportunidad de formar parte de la banda, que lanzó a la fama a figuras como Ricky Martin.
Desilusión y nuevos comienzos
Tras su paso por La Rondallita, la carrera de Ricardo Cuenci no despegó. Aunque estudió música y continuó involucrado en el ámbito artístico, su conexión con “Mi Burrito Sabanero” se fue apagando. A medida que crecían las frustraciones y desilusiones por la falta de reconocimiento y la explotación que vivió, Ricardo dejó atrás la música, se dedicó a su familia y trabajó en diferentes oficios, incluyendo en el campo y en la publicidad.

A pesar de estos años de distanciamiento de la música, Ricardo nunca dejó de amar “Mi Burrito Sabanero”. Hoy, a los 55 años, sigue manteniendo una relación con sus compañeros de La Rondallita y, con el apoyo de su familia, está planeando lanzar una nueva versión del villancico.
Aunque Ricardo ha pasado por momentos difíciles y desilusiones a lo largo de su vida, hoy se siente agradecido por la oportunidad de haber sido parte de la creación de una de las canciones más queridas de la Navidad. Su historia, la de un niño que dio voz a una de las melodías más populares de América Latina sin recibir nada a cambio, es un recordatorio de cómo la explotación de los artistas infantiles ha sido una constante en la industria musical. Sin embargo, su legado perdura en la canción que sigue resonando en los hogares latinos alrededor del mundo, trayendo consigo la magia y la alegría de la Navidad.
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