
En la historia del Perú, los golpes de Estado y las dictaduras, de toda índole, han sido moneda corriente. Sobre todo en el siglo XX.
Pero la última que tuvo como presidente del país a un militar ocurrió hace más de 40 años. Y es que lo que pretendía ser el cambio que se necesitaba para progresar, se terminó convirtiendo en un hervidero a punto de explotar.
Esta es la historia de cómo se instauró lo que ha sido la última dictadura liderada por los militares y el retorno a la democracia.
Llegó con el ‘Tacnazo’

El gobierno de Francisco Morales Bermúdez, que inició el 29 de agosto de 1975 tras un golpe de Estado conocido como el Tacnazo, marcó el comienzo de la segunda fase del Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada en Perú.
El ‘Tacnazo’ fue el detonante de esta nueva etapa. El 28 de agosto de 1975, en Tacna, durante la celebración de la reincorporación de la ciudad al Perú, el entonces Primer Ministro y Ministro de Guerra, Francisco Morales Bermúdez, junto a altos mandos militares, decidió liderar un movimiento para derrocar al presidente de facto Juan Velasco Alvarado.
Al día siguiente, se anunció al país que un ‘pronunciamiento revolucionario’ había sido llevado a cabo con el objetivo de corregir lo que consideraban desviaciones en el proceso revolucionario impulsado por Velasco.
A esto se sumaba el estado de salud del presidente Velasco, lo que generó incertidumbre sobre su sucesión. Morales Bermúdez, aprovechando esta coyuntura, tomó el poder, justificando el golpe como una necesidad para encauzar la revolución de acuerdo con lo que él y otros militares consideraban el verdadero sentir del pueblo y las Fuerzas Armadas.
Giro de timón

Una vez en el poder, Morales Bermúdez se enfrentó a un país en crisis. Aunque inicialmente mantuvo un discurso de continuidad con las reformas de Velasco, el nuevo gobierno comenzó a distanciarse del proyecto socialista.
En 1976, la salida de altos mandos militares que habían sido clave en el gobierno de Velasco marcó el inicio de un viraje hacia políticas más conservadoras.
Este cambio de rumbo no estuvo exento de conflictos. Las políticas de Morales Bermúdez provocaron una fuerte oposición de los sectores populares y sindicales, que se manifestaron en huelgas y protestas.
En 1976, el gobierno declaró el estado de emergencia en todo el país, con toques de queda y otras medidas represivas que afectaron principalmente a los sectores más vulnerables. La criminalización del derecho a huelga convirtió cada protesta en un enfrentamiento directo con el gobierno, intensificando la represión.
La ayuda del Gran Hermano

A medida que el gobierno se alejaba del proyecto de Velasco, también buscó restablecer relaciones con Estados Unidos, alejándose del marcado antiimperialismo de la primera fase del gobierno militar. En 1976, el secretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger, visitó Perú, lo que simbolizó el acercamiento entre ambos países.
El año 1977 fue testigo de un paro nacional convocado por la CGTP, la central sindical, que expresó el creciente descontento popular frente a las políticas económicas y la represión gubernamental.
La respuesta del gobierno a la creciente oposición fue dura. Se decretaron despidos masivos de trabajadores, especialmente de aquellos que habían participado en el paro.
Aun así, la presión social no cedió, y en 1978 el gobierno se vio obligado a convocar una Asamblea Constituyente, un paso hacia la transición a un gobierno civil. Las luchas sindicales continuaron, con huelgas en diversos sectores, pero la capacidad de movilización comenzó a debilitarse, especialmente tras las medidas represivas del gobierno.
Comienzo del final

En 1979, el gobierno de Morales Bermúdez estaba en la recta final de su proceso de transferencia del poder a un gobierno civil. Ese mismo año, fallecieron figuras políticas importantes como Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador del APRA, lo que marcó el fin de una era en la política peruana.
El legado del gobierno de Morales Bermúdez es complejo. Si bien logró estabilizar el país en algunos aspectos, su gestión estuvo marcada por la represión y el retroceso en las reformas sociales iniciadas por Velasco. La transición a la democracia se dio en medio de una profunda crisis económica y social, que dejó un país dividido y con grandes desafíos por delante.
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