
En los alrededores del centro histórico de Lima, pocos lugares destacan tanto como el cerro San Cristóbal, con faldas coloreadas por las construcciones que las cubren y una enorme cruz en su cúspide. Sin embargo, su importancia no solo radica en su aspecto, sino también en su historia.
Este monte icónico fue escenario de una encarnizada guerra librada entre el pueblo incaico y los españoles, la cual marcó el rumbo de nuestro país.
El asedio de Lima y el cuartel incaico en el cerro
Tras la captura y muerte de Atahualpa a manos de los españoles, su medio hermano Manco Inca se convirtió en el único sucesor legítimo para tomar el liderazgo del Tahuantinsuyo.
Fue por ello que, cuando Manco Inca se levantó contra los europeos en 1536, recibió el apoyo inmediato del pueblo cuzqueño y otras provincias de la sierra central y sur del entonces agonizante imperio.

Mientras el nuevo inca ejecutaba un asedio a las fuerzas españolas en Cuzco, el general Quisu Yupanqui recibió la orden de hacer lo mismo en Lima, centro administrativo de la colonia.
Un ejército de 20.000 hombres descendió por las quebradas del Rímac y de Canta. Luego, al llegar a las afueras de la ciudad, establecieron su cuartel en el cerro más alto de la zona, que en ese entonces no tenía nombre alguno y se caracterizaba por tener en su cumbre una cruz puesta por los españoles como símbolo de su fe cristiana.
El ejército inca, fiel a su religión politeísta basada en dioses de la naturaleza, destruyó aquella cruz extranjera.

Fueron diez días de asedio y escaramuzas hasta que Quisu Yupanqui reunió a sus capitanes y les ordenó atacar frontalmente la ciudad hasta empujar a los españoles al mar.
Victoria española y la supuesta ayuda de San Cristóbal
Cuando el ejército incaico se adentraba en los barrios limeños, fueron emboscados por la caballería española, que si bien no era tan numerosa, consiguió asesinar con lanzas a Quisu Yupanqui y sus capitanes.
Después de este revés, los huancas, que fueron obligados a apoyar a la rebelión, cambiaron de bando y se aliaron con los españoles, quienes ya contaban con la ayuda de otras tribus indígenas enemigas de los incas.
Finalmente, las fuerzas incaicas fueron diezmadas y se replegaron con dirección a la sierra, por lo que el asedio de Lima se dio por concluido. En las siguientes semanas, el ejército español emprendería su avance hacia el Cusco, donde derrotaría a la rebelión de Manco Inca.

Según historiadores españoles, durante la última batalla en Lima, soldados del ejército de Francisco Pizarro afirmaron haber visto la imagen del mártir San Cristóbal de Licia sobre una blanca cabalgadura, como si estuviera velando por los europeos.
Esa fue la razón por la que dieron el nombre del santo al cerro más notable de Lima.
Además de restituir la cruz, erigieron una capilla que duró hasta 1746, cuando fue derribada por un potente terremoto que remeció a la ciudad de Lima.
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