
El Perú es un lugar en los que los más curiosos hechos pasan por las noticias como si fueran pan de cada día. Sin embargo, hay uno que pasó a la historia por lo sangriento y por ser la primera en ser transmitida en vivo y en directo a todo el país.
Se trata del violento motín en el Penal El Sexto, ubicado en la cuadra 13 de la avenida Alfonso Ugarte del Centro de Lima, el cual causó conmoción a toda la sociedad de la primera mitad de los años ochenta por su espectacular violencia y caos.
Este centro penitenciario, famoso por la obra literaria de José María Arguedas, fue el escenario de uno de los episodios más sangrientos de la historia republicana del Perú. Esta es la historia de lo que pasó el 27 de marzo de 1984.
Golpe al amanecer

Todo comenzó durante la rutina matutina de desayuno, cuando un recluso identificado como Víctor Ayala, alias “Carioco”, atacó a un empleado con un cuchillo. Pronto, otros presos, liderados por Luis García Mendoza, (a) “Pilatos”, y Eduardo Centenaro Fernández, (a) “La tía Eduardo”, se unieron al motín armados con pistolas, cuchillos y dinamita, tomando rehenes y sembrando el pánico en el penal.
Fue por medio de los televisores que la nación entera fue testigo de los actos de violencia, mientras los rehenes eran amenazados y los amotinados exigían sus demandas al gobierno.
Las imágenes transmitidas en vivo conmovieron a la opinión pública, generando un debate nacional sobre la seguridad en las prisiones y la responsabilidad del Estado en garantizar la protección de los ciudadanos, incluso cuando están privados de libertad.

Por su parte, el entonces presidente de la república, Fernando Belaúnde Terry, ordenó negociaciones para resolver la crisis pacíficamente, pero las autoridades policiales y judiciales enfrentaron dificultades para controlar la situación.
Las afueras del penal se convirtieron en un escenario de caos, con francotiradores y equipos tácticos preparados para intervenir. La, ahora desaparecida, Guardia Republicana era el cuerpo de élite de la policía y se desplegó en el lugar, listos para poner fin al motín y rescatar a los rehenes.
Cerca al mediodía llegó el Fiscal Leoncio Delgado Briones, y a él fue dirigida la nota que enviaron los revoltosos:
Señor Fiscal:
Somos (12) Doce Internos que hemos tomado esta actitud porque queremos lo siguiente:
1- Dos Camionetas que no sean cerradas con lunas polarizadas.
2.- Qué despejen la Av. Bolivia.
3.- Qué no nos sigan porque nos llevaremos los rehenes, los cuales eliminaremos uno por uno, durante el trayecto, siempre y cuando Uds. nos sigan.
4- Qué los vehículos se encuentren en buen estado, aceite, gasolina, etc.
5.- Qué (borrón) tengan choferes.
6.- Qué las camionetas ingresen al Patio
7.- Qué una vez que botemos a los rehenes si quieren nos matan, pero déjenos en libertad.
Comenzó la barbarie

Los amotinados, conscientes de la atención de los medios, utilizaron a los rehenes para transmitir sus demandas al país. A las 1:53 p. m., ante la falta de respuesta, asesinaron a Carlos Rosales, quemándolo vivo en el techo del penal. A las 2:56 p. m., otro rehén, Rolando Farfán, fue herido de bala mientras rogaba por su vida en medio de las cámaras de televisión.
Por la noche, la Guardia Republicana intentó poner fin al motín, ofreciendo una falsa salida a los amotinados. Sin embargo, desató un enfrentamiento armado que dejó a familiares de rehenes y reclusos en desesperación. El saldo fue devastador con Rosales falleciendo días después, llegaron a ser 22 las víctimas mortales y 40 los heridos y otros heridos graves.
Los líderes del motín murieron en el enfrentamiento, entre ellos el famoso narcotraficante Guillermo Cárdenas Dávila, (a) ‘Mosca Loca’ y el penal fue desalojado y clausurado dos años después, marcando el fin de una era de violencia y caos en El Sexto.
El gobierno del arquitecto enfrentó duras críticas por su manejo de la crisis y se inició una investigación para determinar las causas del motín y prevenir futuros incidentes similares en el sistema penitenciario peruano.
La responsabilidad de los medios

El motín del Penal El Sexto no solo dejó un rastro de muerte y destrucción, sino que también provocó un debate sobre el papel de los medios de comunicación en situaciones de crisis.
La cobertura en vivo alimentó la violencia y planteó preguntas sobre la ética periodística y la responsabilidad social de los medios. Algunas voces críticas argumentaron que la presencia constante de las cámaras exacerbó la situación y puso en peligro la vida de los rehenes, mientras que otros defendieron el derecho del público a estar informado sobre eventos importantes que afectan a la sociedad en su conjunto.
Se implementaron reformas destinadas a mejorar las condiciones de vida de los reclusos, aumentar la seguridad en las prisiones y prevenir futuros motines. Sin embargo, el camino hacia la reforma fue largo y difícil, y muchos de los problemas que contribuyeron al motín del Penal El Sexto siguen sin resolverse completamente.
Para no olvidar

El motín de El Sexto sigue siendo un triste recordatorio sombrío de los peligros del hacinamiento y la falta de seguridad en las prisiones, así como de la fragilidad de la paz y el orden en una sociedad marcada por la desigualdad y la injusticia.
Aunque han pasado décadas desde aquel trágico día, las lecciones aprendidas continúan resonando en la sociedad peruana, recordándonos la importancia de abordar los problemas estructurales que subyacen a la violencia y el caos en nuestras instituciones penitenciarias.
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