
Todos hemos escuchado alguna vez sorprendentes historias de historias de éxito. Muchas tienen algo en común: la perseverancia de seguir adelante y levantarse de las caídas más duras.
San Fernando, “la buena familia”, no es la excepción. Sus inicios no fueron fáciles, ya que antes de ser recordada por el famoso “jueves de pavita” o hacerse presente en las mesas navideñas gracias a sus tradicionales pavos, pasó por momentos duros que parecían querer evitar el éxito que llegaría años después.
“Si la vida te da limones, aprender a hacer limonada”, reza el viejo dicho, y cuánta razón. A continuación, conoce la historia de una de las avícolas más importantes de nuestro país.
Julio Ikeda: El origen de San Fernando
La historia de San Fernando inicia mucho antes de su fundación en nuestro país. Durante muchos años, miles de inmigrantes de Japón arribaron al Perú, entre ellos, Julio Soichi Ikeda Tanimoto, proveniente de la prefectura de Okayama.
Cuando llegó al país en 1927 tenía solo 15 años y estaba listo para iniciar sus actividades como agricultor, un trabajo que se caracteriza hasta nuestros días por la dureza de sus condiciones.

Durante mucho tiempo, su esfuerzo y perseverancia lo llevaron a ahorrar suficiente dinero como para permitirse emprender en el campo de la producción de sillao (salsa de soya), negocio que le permitió gozar de cierta estabilidad económica durante algunos años.
Más adelante se casó con Rosa Matsuwaka, con la cual para el año 1944 ya tenía dos hijos de nombres Julio y Máximo. La vida parecía mantener un ritmo tranquilo incluso cuando el mundo se sumía en la II Guerra Mundial.
II Guerra Mundial: Un punto de inflexión en la vida de la familia Ikeda
Desafortunadamente, nuestro país no pudo quedar exento de este conflicto y le declaró la guerra a Japón en el último minuto. Como resultado de esto, Ikeda y sus compatriotas nipones ya no eran bienvenidos en Perú, por lo que fueron deportados a Estados Unidos y despojados de todos los bienes que habían logrado obtener a través de los años.
La guerra solo se extendería durante un tiempo y una vez puesto en libertad, Ikeda optó por volver a Perú al lado de su familia y empezar desde cero, una decisión que sonaba como una locura, pero que más adelante la vida le demostraría que era la correcta.
Un inquebrantable espíritu emprendedor
La situación económica en territorio nacional era desesperada, e Ikeda y su familia no tenían un lugar donde vivir, por lo cual se alojaron en la casa de un familiar. Ya para esa fecha, su pequeña familia se encontraba a la espera de un tercer hijo.
Con pocas opciones pero sin perder el rumbo, era bastante claro que él había nacido para emprender y así lo hizo. Inició un negocio de venta de patos que en un principio no terminaba de despegar y mucho menos ofrecía las ganancias suficientes para sostener a su familia que no paraba de crecer y esperaba ya a su cuarto retoño, el sexto integrante del hogar.
Pese a las complicaciones, el negocio se diversificó hacia la venta de huevos y gallinas, las cuales fueron el sustento de los Ikeda durante aproximadamente 15 años, logrando sostenerse a duras penas gracias al poco rentable negocio.

La paciencia, virtud sobre todas las demás virtudes y una de las más difíciles de cultivar, dio sus frutos con una nueva era donde el consumo de pollo se hizo especialmente popular entre la sociedad limeña. Ikeda, con el buen ojo propio de un emprendedor, adquirió más de cuatrocientas de estas aves.
La vida parecía nuevamente sonreírle a la familia, cuyo negocio levantó vuelo hasta llevarlos a adquirir un terreno en Lurín para continuar con la crianza de las aves. Lamentablemente, en 1968 el negocio quedó sin capital debido a la peste y problemas en el precio de su principal producto.
Superando la crisis en familia: El nacimiento de San Fernando

Así, un tiempo después de la crisis, la familia unió fuerzas y, con cada miembro realizando una tarea diferente, empezaron nuevamente con el negocio de venta de pollos. Por supuesto, el emprendimiento en el que la familia invertía sus esfuerzos requería un nombre, y así nace San Fernando.
Para el año 1972, se abre la primera tienda de la marca familiar, ubicada en la avenida Tomás Marsano. Aquí se vendía huevos y pollos, sin embargo, la cantidad de ventas era amplia, por lo cual solían comprar la producción de otros granjeros para comercializarla y asegurar que cada día no faltaran productos para vender.
Por eso, en 1977, la familia hizo este sueño realidad e inauguró su propia planta de aves, las cuales consumían un alimento balanceado fabricado especialmente para ellas dentro del molino de los Ikeda.

El pavo, tradicional producto consumido principalmente a fin de año, entró en su línea de producción un año después y fue un éxito. El negocio se diversificó otra vez hacia la producción de huevos, cerdo y los demás productos que hoy conocemos, haciendo de San Fernando un negocio que desplazó en aquel entonces a su principal competidor, Nicolini, y hoy en día se ha convertido en referente y líder del mercado nacional, traspasando las fronteras.
A la fecha, San Fernando comercializa diversos productos como embutidos y algunas preparaciones que permiten ahorrar tiempo en la cocina. Por supuesto, también han migrado hacia la era digital a través de su página web. Cuenta con una gran cantidad de puntos de venta en diferentes partes del territorito nacional y cada año abren las puertas de sus famosas Paviferias, las cuales lucen atiborradas de personas que esperan canjear sus vales de pavo.
La empresa, actualmente, está en manos de la tercera generación de la familia Ikeda, sin embargo, en el año 2022, el empresario José Garrido Lecca fue nombrado como el nuevo presidente del Directorio, convirtiéndose en el primer ejecutivo en este puesto que no es parte de la familia fundadora.
El legado de Julio Ikeda
¿Su legado? La buena familia, representada por sus hijos, y el trabajo de toda una vida que se hace presente en las mesas de todos los peruanos y emprendedores que, sin lugar a dudas, seguirán trayendo a la mente su historia, una que aun después de su muerte, grita con fuerza que las circunstancias más duras no son suficientes para aplastar los sueños y el espíritu de quienes están dispuesto a levantarse frente a las adversidades.
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