
Es sábado. Intento dormir un poco más, pero no puedo. Mis ojos se abren, despacio, aturdidos por los gritos, las risas y los ruidos que la iluminada estación le regala al viento.
Un viento áspero. Un aire denso, oscuro y espeso que, sin permiso ni piedad, se encapricha y golpea la ventana de mi cuarto con la fuerza de lo inevitable. "Estamos en verano", pienso.
Siento calor. Estiro mis brazos, miro el reloj y las agujas se clavan en mis ojos para contarme que son apenas las nueve de la mañana. Son las nueve de la mañana y, como si eso fuera poco, mis vecinos ya están haciendo uso y abuso de todos los amenities que les ofrece el edificio, como si hoy se (les) terminara el mundo.
Después del tercer intento fallido por dormir un rato más, decido levantarme. Me asomo a la ventana y los veo: en el sector de quinchos, tres parejas de chicos jóvenes juegan a las cartas mientras escuchan música a todo volumen. Bailan, cantan, sonríen y se besan. Se divierten entre ellos.
En la pileta, otras tres familias juegan con sus hijos bautizados por el agua que, mientras les lava las culpas, los salva de la impúdica rutina que hasta ayer los mantenía presos.
Los miro. Los observo. Una sensación muy parecida a la ternura me invade el cuerpo: siento que las ganas le ganaron al compromiso, que están disfrutando en serio. Que no quieren desperdiciar ni un solo segundo de esa posibilidad que la vida les regala una vez al año. Y entonces me doy cuenta de que el verano es un "permitido" para ser feliz. Una sortija. Un premio ganado por azar y con esfuerzo. Un guiño de ojos que nos hace el calendario para que entendamos que, por esta vez, tenemos la posibilidad de elegir. ¿De sentir? "Qué suerte. Qué lástima" –pienso–.
Cierro la ventana. Camino hacia la cocina. El sol, que rebota sobre una hilera de esferas de cristal que colgué en la puerta, dibuja círculos perfectos que se reflejan y se esparcen por todo el ambiente como si fuesen mandalas.

Me preparo un café y salgo al balcón. Respiro profundo. El sol me pega directo en la cara, pero siento que esta vez no me lastima. De pronto, mis ojos hacen foco en las macetas. Me doy cuenta de que les falta vida, energía, color. Que tienen las hojas secas, partidas. Que no las miré en todo el año. Que no les presté atención. Que no las vi.
Tengo que decirlo: no me gusta el verano. Nunca me gustó y quienes me conocen saben que uno de mis sueños sería vivir en un otoño eterno. Pero le hice frente al calor y en menos de dos horas estaba parada frente a la puerta del vivero. Compré tres cajones de flores. Y los compré porque es verano, claro, pero mi casa será mi refugio hasta que llegue el invierno.
El balcón quedó renovado. Siento que el viento me despierta y me saca a bailar otra vez. No me resisto. Lo invito a pasar y me entrego. Sigo buscando el milagro escondido: ser feliz desde el alma hacia adentro. Ser feliz siempre antes, y nunca después.
por Luciana Prodan
Facebook.com/LucianaProdan
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