
El creciente malestar laboral, la insatisfacción salarial y la percepción de estancamiento profesional se han convertido en una constante entre miles de trabajadores en Panamá.
Al cierre de 2025, más de siete de cada diez personas ocupadas manifestaron no sentirse conformes con su empleo, reflejando un clima marcado por el desgaste emocional, la falta de oportunidades de crecimiento y la presión por sostener ingresos en un entorno económico cada vez más exigente.
Para muchos, el trabajo dejó de ser una fuente de estabilidad y pasó a convertirse en un factor de ansiedad, incertidumbre y frustración personal.
Este descontento no responde únicamente a factores subjetivos. La principal causa identificada es el rezago salarial, combinado con mayores cargas laborales, inflación persistente y reducción del poder adquisitivo.
Para una parte importante de la población ocupada, el ingreso mensual ya no cubre necesidades básicas como vivienda, transporte, alimentación y educación, lo que ha obligado a recurrir a empleos secundarios, endeudamiento, ventas informales o emprendimientos de subsistencia para completar el presupuesto familiar.
A esta presión económica se suma una percepción extendida de falta de reconocimiento profesional. Muchos trabajadores señalan que sus esfuerzos no se traducen en ascensos, aumentos o mejores condiciones laborales, lo que alimenta el desgaste, la desmotivación y la intención de buscar alternativas fuera de sus actuales empleos. En este contexto, el vínculo entre empresa y colaborador se ha debilitado progresivamente.

Desde la óptica empresarial, el balance del año pasado fue moderado. Aunque una parte de las compañías logró mantener estabilidad, el crecimiento fue limitado. Para muchas organizaciones, 2025 representó un período de contención, ajuste de costos y prudencia en las contrataciones, ante un entorno marcado por la volatilidad económica y la incertidumbre regional. Esto redujo la capacidad de expandir planillas o mejorar beneficios.
Un elemento relevante del informe preparado por la consultora Konzerta es que las empresas que calificaron positivamente el año lo hicieron principalmente porque lograron incrementar salarios o ofrecer nuevos beneficios.
Sin embargo, este avance no se reflejó de manera generalizada en todo el mercado. El contraste entre algunas compañías con márgenes de maniobra y una mayoría de trabajadores inconformes evidencia una desconexión entre los resultados empresariales y el bienestar laboral.
El estudio también muestra un mercado laboral fragmentado. En Panamá conviven trabajadores dependientes e independientes en proporciones similares. Este crecimiento del autoempleo, los contratos temporales y los servicios por cuenta propia refleja, en muchos casos, una respuesta a la falta de oportunidades formales. Sin embargo, también implica menor estabilidad, ausencia de prestaciones, ingresos variables y alta exposición a la informalidad.

En cuanto a las modalidades de trabajo, la presencialidad continúa dominando. Aunque el trabajo remoto se consolidó durante la pandemia, muchas empresas regresaron a esquemas tradicionales.
Esto ha reactivado problemas estructurales como largos desplazamientos, altos costos de transporte, pérdida de tiempo productivo y mayor estrés cotidiano, factores que inciden directamente en la percepción negativa del empleo.
Para muchos trabajadores, la falta de flexibilidad se ha convertido en un factor clave de descontento. La imposibilidad de combinar vida laboral y personal, sumada a horarios rígidos y escaso margen de negociación, refuerza la sensación de agotamiento, desbalance emocional y baja calidad de vida.
De cara a 2026, las expectativas reflejan cautela. Casi la mitad considera que el mercado se mantendrá igual, mientras una proporción significativa no sabe qué esperar.
Este grupo representa uno de los indicadores más claros de incertidumbre estructural, desconfianza en la economía y ausencia de señales claras de recuperación sostenida.
La presencia de un segmento importante que no logra proyectar su futuro laboral evidencia una sensación de fragilidad del sistema, donde cualquier choque externo —económico, climático o político— puede alterar rápidamente las condiciones de empleo.

A nivel personal, las aspiraciones están centradas en la supervivencia laboral. La prioridad no es ascender, sino conseguir empleo, conservarlo o cambiar de trabajo para mejorar ingresos. Esto refleja un mercado donde predomina la búsqueda de seguridad mínima, más que el desarrollo profesional o la construcción de carrera.
Otro elemento que el estudio deja en evidencia es la creciente preocupación por la capacitación. Muchos trabajadores reconocen que sus habilidades se han quedado rezagadas frente a los cambios tecnológicos, la digitalización y las nuevas exigencias del mercado. La falta de formación continua limita su movilidad y reduce sus posibilidades de acceder a mejores oportunidades.
Las brechas en competencias digitales, idiomas, análisis de datos y gestión de procesos se han convertido en barreras reales para el crecimiento profesional.
Sin programas sostenidos de actualización, una parte importante de la fuerza laboral corre el riesgo de quedar rezagada frente a los nuevos perfiles demandados.
En paralelo, persiste un vacío estadístico relevante. A inicios de 2026, aún no se conocen cifras oficiales consolidadas sobre desempleo e informalidad correspondientes a 2025. Sin embargo, todo indica que ambas variables registraron un deterioro frente a 2024, impulsadas por la contracción del empleo formal y el crecimiento del trabajo precario.
Analistas y gremios coinciden en que el desempleo habría superado el 10% y que la informalidad habría rebasado el 50%, reflejando un mercado cada vez más frágil, con menor protección social y mayor vulnerabilidad económica.

Para los reclutadores, este escenario plantea retos significativos. Aunque existe una amplia oferta de talento, muchos perfiles no cumplen con los requisitos técnicos actuales. Las empresas enfrentan dificultades para cubrir vacantes especializadas, mientras miles de trabajadores permanecen subempleados.
La prioridad para 2026 será cerrar esa brecha entre oferta y demanda mediante formación, reconversión laboral y programas de actualización, tanto desde el sector privado como desde las políticas públicas.
Jeff Morales, gerente de Marketing de Konzerta resumió este contexto al señalar que el mercado laboral panameño está marcado por la disconformidad salarial y la necesidad de capacitación constante. Para los trabajadores, 2026 representa una oportunidad de reposicionamiento; para las empresas, un año en el que retener talento será tan importante como atraerlo.
En un entorno donde convergen bajo crecimiento, informalidad persistente, presión inflacionaria y expectativas moderadas, el mercado laboral panameño enfrenta una transición compleja. El desafío no será solo generar más empleos, sino mejorar su calidad, estabilidad y capacidad de ofrecer bienestar real.
La sostenibilidad del empleo dependerá de la capacidad del país para invertir en capital humano, modernizar sus estructuras productivas y reducir las brechas que hoy alimentan el descontento. De lo contrario, la inconformidad laboral podría consolidarse como un problema estructural de largo plazo.
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