“El mundo de Araí”, una experiencia de encuentro que derriba prejuicios

Una experiencia de intercambio epistolar entre alumnos de una escuela rural bonaerense y una comunidad mbyá guaraní de Misiones revela el valor de la educación para acercar realidades y construir vínculos

Cartel verde con la palabra Aguyjevete colocado sobre un fondo negro junto a una lámina ilustrada de una niña con el texto El Mundo de Araí
Representantes del Instituto de Asuntos Indígenas visitaron la Escuela Primaria Número 3 tras conocer la iniciativa escolar desarrollada en Labardén.
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Unas pocas semanas atrás me sorprendió un correo electrónico enviado por alguien a quien no conocía. Una docente, de un lugar del que tampoco tenía información. Su deseo era hacerme llegar material creado por sus alumnos, resultado de un intercambio entre su escuela y una comunidad originaria guaraní. Sorprendió porque era una búsqueda de relacionarse con nosotros distinta a lo que estamos acostumbrados en el trabajo diario. No se trataba de una consulta sobre algún expediente, la presentación de un problema o la solicitud de intervención por conflictos. Tampoco de un pedido. Se trataba de un ofrecimiento. Simplemente hacer conocer su trabajo. Para ella era importante y pertinente que llegue a nuestras manos.

No presté atención si la intención era enviármelo de manera digital, por correo o acercarse personalmente al Instituto de Asuntos Indígenas (INAI), para entregarlo, lo cierto es que, íntimamente, sentí que debía prestarle la máxima atención a esas breves líneas que me habían llegado. Luego de indagar un poco más, tuve la convicción de que debíamos ir nosotros en búsqueda de lo que nos ofrecían. Y allí fuimos.

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Lo vivido fue maravilloso: escuchar, conversar y compartir tiempo con los alumnos, verdaderos protagonistas de un proyecto que se inspiró en una decisión: ir hacia el otro.

Papel afiche con texto manuscrito en tinta azul y un dibujo decorativo superior, flanqueado por ramas secas en la parte superior derecha
Alumnos de cuarto y quinto grado intercambiaron cartas manuscritas a lo largo de más de mil kilómetros de distancia.

Animarse a trascender las propias fronteras, hacer volar la imaginación y movilizar los mejores sentimientos. Los más nobles.

Labardén es un pequeño pueblo rural de la Provincia de Buenos Aires de aproximadamente mil habitantes. Allí funciona la Escuela Primaria Nº3 Nuestra Señora de la Merced, a la que concurren cuarenta alumnos. Es una de esas pequeñas joyas que existen a lo largo y a lo ancho de nuestro país y que nos recuerdan que son muchas más las cosas buenas que suceden silenciosamente, y que dotan de contenido a nuestra vida en sociedad.

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Emiliana Braco es docente allí. 

Un día, con el acompañamiento de las directoras Delia Usuna y Florencia Glavan, decidió dar un paso distinto en su tarea educativa cotidiana. Quería que sus alumnos pudieran descubrir otras realidades y, al mismo tiempo, hacerse conocer. Despertar en ellos esa curiosidad que les es innata y abrir espacio a la creatividad que, cuando encuentra estímulo, puede ser infinita.

Pliego de papel con textos escritos a mano en distintos colores, colocado sobre un fondo negro junto a ramas de hojas pequeñas
El intercambio postal entre los niños de ambas provincias incluyó el envío de dibujos, fotografías y pulseras.

Comenzó entonces a enviar correos electrónicos a escuelas de distintos lugares del país. Les contaba quiénes eran y las invitaba a sumarse a aquella aventura. Durante bastante tiempo, la respuesta fue el silencio.

Una indiferencia que, lamentablemente, se ha vuelto demasiado frecuente y que solemos justificar con las urgencias de las agendas que nosotros mismos nos imponemos. Así, dejamos muchas veces sin respuesta a quienes nos buscan y perdemos hermosas oportunidades que la vida, en todas sus dimensiones, nos ofrece a diario.

Pero Emiliana insistió. Hasta que finalmente alguien acusó recibo.

Fue el director y maestro, César L. Morinigo de la Escuela Bilingüe N.º 683 Yaká Pa’ú, de la comunidad Mbyá Guaraní Tamanduá, en Misiones, que había leído el mensaje y respondido feliz. Se entusiasmó con la propuesta pero más aún con la oportunidad que se abría para sus alumnos. Lo que quizá pueda parecernos sencillo desde nuestra mirada adulta representaba un enorme y excitante desafío para aquellos niños.

Comenzaba un período de intercambio individual y grupal entre alumnos de cuarto y quinto grado que pertenecían a realidades distintas, que no se conocían y que, probablemente, jamás hubieran entrado en contacto de no haber sido por la iniciativa de sus maestros. Debían empezar a hablarse. Y para hacerlo había que dedicar tiempo a escribir de puño y letra, animarse a preguntar y, sobre todo, a contar, a generar confianza, a abrirse. A vivir la experiencia del “correo”, tan distinta de la inmediatez que hoy proponen las redes sociales. Esperar una respuesta. Imaginar su recorrido. Sentir la emoción de recibirla. Abrir un sobre y descubrir qué tenía para decir aquel chico o aquella chica que vivía a más de mil kilómetros de distancia. Una práctica que fuimos perdiendo a medida que la tecnología comenzó a ocupar cada vez más espacio en nuestras vidas.

Hoja de papel con un texto manuscrito en letras mayúsculas que presenta tachaduras y notas de corrección en tinta roja
Las comunidades escolares de Buenos Aires y Misiones buscan concretar un encuentro presencial entre los alumnos que participaron del proyecto.

Fue entonces cuando apareció esa extraordinaria virtud de los niños: la pureza y la franqueza con las que son capaces de acercarse a los demás. Así comenzaron a tender un puente de doble vía. Preguntarse los nombres. Contarse cómo era el lugar en donde vivían cada uno. Saber qué comidas disfrutaban aquí y allá, a qué jugaban, cómo eran sus escuelas, qué materias les gustaban y cuáles les resultaban difíciles. Cómo estaban conformadas sus familias. Sobre los nombres y sus significados. Cuáles eran sus sueños.

También descubrir cómo se llaman las mismas cosas en idiomas diferentes.

En definitiva, reconocerse. Descubrir qué tienen de distinto y cuánto compartían. Pero, fundamentalmente, aprender a incorporar lo desconocido como una ganancia y no como una amenaza.

Después de la timidez inicial llegaron meses de conversaciones, mensajes e intercambios. Y también pequeños regalos junto a las cartas: una pulsera, un dibujo, una fotografía. Objetos sencillos que conseguían arrancar sonrisas, hacían abrir grandes los ojos y aceleraban los corazones cada vez que llegaba algo desde aquel lugar lejano que, poco a poco, comenzaba a sentirse cercano.

Hasta que un día surgió entre los alumnos de Labardén una idea: escribir un cuento sobre una niña mbya y regalárselo a sus nuevos amigos.

El relato comenzó a construirse a partir de todo lo que habían aprendido. De aquello que tantos mensajes les habían contado. De las preguntas, las respuestas, la imaginación y el descubrimiento mutuo. Y aquel cuento terminó convertido en un libro: “El mundo de Araí”, que el maestro auxiliar indígena Rafael Chamorro tradujo a lengua guaraní.

Así, abrir horizontes significó entonces mucho más que vincularse con otros chicos. Fue profundizar el sentido mismo de educar.

Despertó el placer por la escritura, la curiosidad por la lectura y, sobre todo, la sed de saber. Y además dejó una enseñanza irremplazable que trasciende a cualquier materia escolar: acercarse, escuchar y comprender es una extraordinaria manera de derribar prejuicios y construir convivencia.

Viajar a Labardén y compartir un tiempo con aquellos alumnos fue para nosotros un momento inolvidable. Son iniciativas que inspiran. Que vale la pena conocer, difundir e imitar.

Ahora queda un nuevo desafío: lograr que quienes durante tantos meses aprendieron a vincularse a través de palabras, dibujos y pequeños gestos puedan finalmente encontrarse, mirarse a los ojos y abrazarse.

Será, estoy seguro, un momento profundamente movilizador.