
Cada 29 de septiembre, se conmemora el Día Internacional de Concientización sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos. Seguramente vamos a ver y escuchar muchas reflexiones sobre esta cuestión. Sin embargo, en Argentina, esta fecha no puede ser un simple recordatorio en el calendario, debe ser un llamado urgente a la acción.
Los datos locales son contundentes y exigen que transformemos de manera eficiente e inmediata la forma en que producimos, distribuimos y consumimos.
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En nuestro país se desperdician 16 millones de toneladas de alimentos al año. Solo durante el último año, se estima que las cadenas de supermercados y autoservicios descartaron millones de kilos de productos perfectamente aptos para el consumo humano. Mientras esto ocurre, muchos argentinos, principalmente niños, enfrentan serios problemas de inseguridad alimentaria.
Pensemos que actualmente rescatamos tan solo el 1% de los alimentos que se desperdician. Si rescatáramos el 5% de lo que se desperdicia, nos alcanzaría para cubrir las necesidades de las personas en indigencia. Esta cuestión nos convoca a trabajar, es una oportunidad para revertir esta distorsión. Cuando un alimento apto se descarta, no solo se pierde la comida, sino que se dilapidan todos los recursos naturales, económicos y humanos invertidos en producirla, desde el agua y la tierra hasta el combustible de la logística. La recuperación de alimentos genera impacto que contribuye a revertir el cambio climático.
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Desde el Banco de Alimentos Buenos Aires, que ya cumple 25 años de trayectoria, trabajamos día a día como un puente transparente y trazable entre quienes tienen excedentes y quienes sufren hambre. Gracias al esfuerzo de nuestros voluntarios y el apoyo de empresas aliadas, logramos recuperar miles de toneladas anuales para colaborar con la alimentación de más de 360.000 personas a través de una red de 1.300 organizaciones sociales en el AMBA.
Pero el esfuerzo de la sociedad civil no es suficiente. Hoy nos encontramos ante una distorsión muy preocupante, descartamos el alimento que una parte de la población necesita para poder desarrollarse. Es urgente pensar en el sistema alimentario de forma integral, bajar los costos fiscales e incentivar el recupero de Alimentos. Hoy, a muchas empresas les resulta más económico destruir alimentos aptos que donarlos. Argentina necesita modernizar su marco normativo y fiscal. Es una gran oportunidad como país, implementar leyes que otorguen incentivos fiscales y movilicen la donación de alimentos aptos, tal como lo han hecho países vecinos como Chile, Colombia, Brasil o Uruguay, que pasaron de ver a la donación como un acto meramente asistencial a pensarla como una política de Estado.
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El desafío también nos convoca en nuestros hogares. Hay informes que revelan que cada argentino descarta en promedio 72 kilos de comida al año y esto muchas veces se debe a la falta de planificación, compras innecesarias y la manera en que almacenamos. Necesitamos migrar de la cultura del “consumir y desechar” hacia un consumo responsable. Menos desperdicio significa más alimento y más futuro. El hambre no espera, y el planeta tampoco.
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