
El golpe de Estado de 1955 -la autodenominada Revolución Libertadora- se llevó a cabo en nombre de una supuesta restauración de la democracia y contó con el apoyo civil de conservadores, radicales y socialistas. El Peronismo estaba proscripto cuando fue elegido Arturo Frondizi, quien asume en el 58 y es derrocado en el 62 por las Fuerzas Armadas. En 1963, asumirá Arturo Illia, a quien un nuevo golpe militar se llevaría puesto en el 66.
Quienes acusaban al Peronismo de antidemocrático demostraron no soportar ninguna expresión popular. Onganía, en la “Noche de los Bastones Largos”, expulsará, por presuntas adhesiones al marxismo, a nuestros científicos más valiosos —físicos, químicos, matemáticos, intelectuales esenciales en el desarrollo de un país industrial— quienes serán recibidos con honores en países realmente democráticos. El gobierno de Onganía intentaba una imitación del patético franquismo español y proponía el cumplimiento de tres etapas: la económica, la social y por último, como correspondía a la voluntad de perpetuarse en el poder de su mentor, la política, que figuraba en un período final de incierta cronología.
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Eran tiempos en que los universitarios discutíamos sobre el precio de los apuntes o del bar, donde se elegían rectores de la envergadura de Risieri Frondizi o Julio Olivera, y el Peronismo era una presencia casi inexistente en los claustros universitarios.
La clausura de la democracia nos llevará a la lectura de autores como Régis Debray, que en su libro “Revolución en la revolución” reivindicaba la lucha armada. Solo dos años después la universidad aparecerá plagada de militantes revolucionarios encandilados por la violencia, expresión que tanto daño nos hará durante el posterior intento del General Perón de reconstruir la democracia, en su tercera presidencia entre 1973 y 1974.
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Cada golpe de Estado expresaba un pensamiento sectario y fanatizado que proponía una salida dogmática que nunca obtuvo logro alguno. Eran tiempos en que el poder económico requería de un golpe de Estado para derrocar al poder político, lejanos a los actuales cuando la debilidad de la expresión democrática nos somete a una grave dependencia de los poderes concentrados de turno en una clave ortodoxa francamente demencial.
Es conveniente señalar que entre el 75 y el 76 las dictaduras no se atrevían a cuestionar el proyecto de país desarrollado, y recordar el digno lugar que ocupábamos en el continente en aquel entonces. No reiteraré conceptos vertidos en otros artículos sobre nuestra paridad, e incluso nuestra supremacía, respecto de Brasil. Sin embargo, vale repetir que con Martínez de Hoz y sus libertades bancarias, su Ley de Entidades financieras, se dará el primer paso hacia nuestra destrucción industrial, con el consiguiente ingreso en el espacio de la bicicleta financiera y, por ende, del empobrecimiento y de la necesidad de los más vulnerables. Y será Carlos Menem, en sus dos gobiernos, quien, aplicando la teoría de privatizar al Estado, engendrará una burguesía improductiva que, apropiándose de la riqueza de todos, concentrará en sus manos la de pocos. Es valioso recordar la historia, porque el soñado uno a uno y la venta de gran parte de nuestro patrimonio terminarán con la clase media argentina golpeando las puertas de los bancos en busca de ahorros que les habían sido usurpados. Además, los saqueos y las manifestaciones brutalmente reprimidas —Estado de sitio implementado por la Alianza con De la Rúa, Bullrich, Sturzenegger y tantos otros que dan vueltas por el gobierno de Milei hoy— nos conducirían también al “Que se vayan todos” en ese nefasto diciembre de 2001.
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El Gobierno actual repite y acumula todos los dogmas de las dictaduras y nos arrastra a la miseria de sus consecuencias. Sobre algunas verdades —el equilibrio fiscal y el orden cotidiano— se desarrollan absurdos como la desprotección industrial y la idea de que transitamos una supuesta reconversión equivalente a una más que de sobra conocida reinmersión en la miseria.
Ningún dogma nos generó beneficios, y de todos ellos hemos sufrido dolorosas consecuencias, pero quizá nunca con la gravedad y la perversión del presente. Ninguna mejoría vendrá con la aplicación obcecada de estas reglas que favorecen a unos pocos amigos del poder de Milei, Caputo y los suyos. Podemos tener dudas sobre quién integrará el próximo gobierno, pero ya nadie ignora que la reelección del actual no forma parte de la realidad, sino simplemente del codicioso deseo de los poderosos de consolidar la demencia de su modelo para siempre.
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