Son cinco segundos en los que ocurre todo lo que tiene que ocurrir. No hay mucho más. Pero es la eternidad en un momento. Un tiempo envolvente y superador de las expectativas creadas. Es más lo que insume el movimiento: el día de algarabía, la búsqueda de un lugar adecuado, entre la gente y donde la calle lo permite. Se pide permiso y se chequea que el teléfono esté cargado porque en estos tiempos queremos llevarnos una foto, aunque quede en el carrete digital y no la miremos nunca más. O para compartirlo ahí mismo con los que no pueden estar. La policía ordena la marea. Si el clima acompaña, mejor. En ese instante, cuya anatomía tiene la consistencia de un cuerpo, algo se detiene. Una bisagra en la vida. Por un rato, escapamos de lo conocido, como esperando que pase algo. Y algo secreto, que solo puede ser mensurado por el universo individual de cada uno, finalmente sucede.
Pero mientras tanto, flota un espíritu colectivo en el aire. Todos esperando lo mismo: llevarse de ese momento una luz o una gracia. Entonces, se corre la voz. La gente comienza a comentar que está por llegar, que los mecanismos de seguridad y seguimiento parecen haberse acelerado. Nos agrupamos, civilizadamente, unos junto a otros, siendo gentiles con el prójimo y dando espacio a los más pequeños o a los ancianos. No hay confrontaciones, ni fisuras, ni broncas, ni odios. Se extiende un clima de plenitud que pasa muy de vez en cuando no solo en la Argentina, sino en el mundo entero.
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Se escuchan sirenas, se ven banderas, pancartas y saludos. Verdaderamente, pocas veces sucede algo tan feliz sobre las calles mismas de la vida. Emergen primero móviles policiales. Está todo ordenado y prolijo. La gente en las veredas o sobre avenidas, en los lugares indicados por el operativo de seguridad. Se ven venir las motos y más atrás una camioneta blanca blindada, diseñada exclusivamente para la ocasión. Hay una garita de acrílico en su caja trasera. Adentro viene el Papa.
Se lo ve venir, al principio diminuto, pero su figura recortada y evidente es inconfundible, insertada en su vestimenta de líder religioso. Después más cerca y un poco más y ese hombre que se aproxima, uno de los más importantes de la humanidad, se configura de pies a cabeza. Un hombre real, que se nos viene encima. Se acerca más y el nivel de cercanía es inesperado. No hay margen para palabras ni saludos de manos. La mayoría tendremos (tuve) un privilegio simple, gratuito y contundente: verlo. Aunque en realidad no es solo verlo. Verlo uno al Papa y que el Papa lo mire a uno.
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Porque en base a la experiencia de haberlo visto hace dos meses en las calles de Madrid, se puede asegurar que el asunto es contundente. León XIV hace un rotundo contacto visual con la gente. Mira a los ojos tanto como el tiempo se lo permite de cada uno de los que se agolpan al costado del camino para saludarlo. Es avasallante, de verdad. El Papa a dos metros de la gente mira con sus ojos cargados de sentido, no es una mirada destemplada, sino una mirada franca y profunda que provoca emociones. Los ojos limpios, la tez angelical. En ese contacto uno a uno, la marea humana se extingue. Somos cada uno de nosotros y ese hombre. El Papa mira directo, doy fe, y quizás sea bueno saber esto para entender que vale la pena el esfuerzo de una caminata en noviembre hasta la esquina que toque, hasta el borde de la banquina o donde sea, para experimentar esos cinco segundos diferentes a todo lo que podemos vivir.
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