La batalla cultural como respeto recíproco

La disputa intelectual es crucial para preservar la libertad. Esa tarea exige constancia educativa para evitar que el estatismo avance sin resistencia

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Alexis de Tocqueville
Alexis de Tocqueville

En alguna oportunidad se ha objetado el término “batalla” subrayando que alude a una lucha armada cuando a lo que nos referimos es al terreno intelectual. Es cierto esto último pero la expresión apunta a la dramatización del tema, precisamente se emplea para destacar que remite a lo más peliagudo, peligroso y decisivo donde está en juego nuestra vida.

El abc de la trifulca cultural se basa en la supervivencia de la sociedad libre de la cual nadie está exento. De ahí mi definición del liberalismo que instalé en uno de mis primeros libros: “Es el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros”. Esto significa que cada persona puede hacer lo que le plazca siempre y cuando no lesione derechos de terceros. Como he consignado antes no recurro a la palabra “tolerancia” que, por una parte, interpreto como con cierta carga de arrogancia por el que se toleran errores ajenos y, por otra, los derechos no se toleran, se respetan.

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Tengo la satisfacción que esta definición la citan tanto académicos de fuste como el actual Presidente Javier Milei, que la viene utilizando desde antes de ser candidato, durante su campaña, incluso dos veces en el día de su asunción: primero desde las escalinatas del Congreso y luego desde el balcón en la Casa Rosada; también en el ejercicio de su primer mandato en foros internacionales y locales. Esta concepción toma como sagrada la dignidad del ser humano y rechaza toda intromisión en el derecho de cada uno que es anterior y superior a la existencia de los aparatos estatales. Más aún, abre puertas para reconsiderar la existencia misma del monopolio de la fuerza tal como han apuntado autores de la talla de Anthony de Jasay, Bruce Benson, Murray Rothbard y Michael Huemer. En esta línea argumental, es de interés consultar la Biblia para una síntesis del planteo en el Libro Primero de Samuel 8:10-20.

En todo caso, como queda dicho, cada persona está vitalmente interesada en que la respeten independientemente de sus ocupaciones cotidianas. En otra oportunidad he puntualizado que a mis alumnos les digo que antes de acostarnos a la noche debemos preguntarnos en qué contribuimos durante el día para que se nos respete. Si la respuesta fuera “nada” no hay derecho a la queja. El asunto de ninguna manera es proceder como si estuviéramos en una inmensa platea responsabilizando solo a los que están en el escenario. Cada uno es responsable, y no digo todos porque como escribía Borges “todos constituye una abstracción, mientras que cada uno es una realidad”.

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La sociedad libre no proviene de un fenómeno automático, es el resultado de esfuerzos constantes. Es sabido que los modos más efectivos de transmitir valores y conceptos clave para comprender los fundamentos de la sociedad abierta (para recurrir a terminología popperiana) consisten en la cátedra, el libro, el ensayo y el artículo. Pero no todos tienen acceso a estos canales por lo que he sugerido el establecimiento de ateneos de lectura. En estos ámbitos se reúnen cinco o seis personas en casas de familia donde uno expone sobre un buen libro y el resto debate en forma rotativa. Este procedimiento ha dado notables resultados, no solo en el autoperfeccionamiento de cada miembro del ateneo sino en la difusión en lugares de trabajo, reuniones sociales y equivalentes. Es recomendable que la obra elegida no se detenga en un aspecto del liberalismo sino que cubra avenidas jurídicas, institucionales, filosóficas, económicas e históricas para así explorar los distintos andariveles de esta tradición de pensamiento. Tradición que no debe confundirse con una ideología, no en el sentido inocente de “conjunto de ideas” ni en el sentido marxista de “falsa conciencia de clase”, sino en su versión más generalizada de algo terminado y cerrado lo cual es la antítesis del espíritu liberal. Esta tradición es consubstancial con el lema de la Royal Society de Londres nullius in verba que como refieren nuestros maestros se traduce en que no hay palabras finales. El liberalismo está siempre en ebullición en busca de nuevos paradigmas, el conocimiento no es un puerto sino una permanente navegación. Tampoco es pertinente vincular el enfoque liberal con la “ortodoxia” que es una palabra vinculada a la religión y no al debate de ideas en el mundo de las relaciones interpersonales.

Por supuesto que en el nivel político hay restricciones, obstáculos, trabas, operaciones y obligaciones de acuerdos con otras fuerzas para el logro de objetivos, todo lo cual no permite hacer todo lo que se propone el liberal, por eso es absolutamente inexorable la referida faena de la batalla cultural desde fuera de las limitaciones que impone la gestión, emprendimiento que nunca debe abandonarse para correr el eje del debate hacia metas óptimas. Alexis de Tocqueville en El Antiguo Régimen y la Revolución advierte que en lugares de gran prosperidad moral y material muchos la dan por sentado lo cual indefectiblemente conduce al desastre, esto es, a la irrupción de mentes estatistas que naturalmente operan a contracorriente del liberalismo para entronizar las botas de las burocracias estatales que siempre asfixian y empobrecen a todos pero muy especialmente a los más necesitados. Subestimar la tarea educativa y dejar de lado la necesaria constancia en este rubro clave introduce el comienzo de la debacle.

En esta instancia del proceso de evolución cultural la política es necesaria para ejecutar ideas pero la batalla cultural se debe perseverar con ímpetu como alimento, combustible y auditoría para mantener y fortalecer la firme trayectoria por la ruta del bienestar ético, estético y económico.

Este proceso concierne de lleno a la educación, que desde luego no significa transmitir cualquier cosa en cualquier dirección sino valores compatibles con la condición humana en el contexto de su progreso en una atmósfera que estimule el espíritu crítico comprendiendo que el conocimiento es fruto de corroboraciones provisorias abiertas a refutaciones que se dirigen a disminuir el mar de nuestra ignorancia para captar nuevos espacios de tierra fértil.

Por todo ello es que la educación debe insertarse en una plena competencia de estructuras curriculares y alejarse de la aberración de imponerlas desde el vértice del poder, en un entramado donde los interesados puedan elegir el rumbo para mayores niveles de excelencia académica.

En la vereda de enfrente están los totalitarios seguidores de Antonio Gramsci que pretenden imponer adoctrinamiento. En resumen, la batalla cultural desde la perspectiva de la libertad resulta crucial para una vida decente donde el respeto recíproco sea la regla.

No quiero cansar al lector con citas, hay muchas que he reproducido con anterioridad en lides similares pero para cerrar esta nota periodística recurro a media docena muy cortas que no he usado nunca...siempre pensando en las buenas ideas. Victor Hugo: “Se puede resistir la invasión de un ejército pero no se puede resistir la invasión de una idea”. Ralph Waldo Emerson: “No sigas el camino abierto, transita donde no hay camino y deja huella”. Antoine de Saint Exupery: “Una pila de rocas deja de ser una pila de rocas cuando se ve con la idea de construir una catedral”. Walt Disney: “Las ideas provienen de la curiosidad”. Herbert G. Wells: “La historia de la humanidad es la historia de las ideas”.