Deberían estar de vacaciones. La mayoría juega en los mejores clubes de Europa o Estados Unidos y vienen de una temporada desgastante, con decenas de partidos, viajes y una enorme exigencia física. Sin embargo, cada vez que la camiseta argentina los convoca, allí están. Dejándolo todo.
El fútbol tiene algo que trasciende al deporte. No por casualidad Jules Rimet impulsó la creación de un torneo mundial de futbol después de la Primera Guerra Mundial. Comprendió que era mejor que las naciones compitieran en una cancha antes que en un campo de batalla. Desde entonces, el Mundial se convirtió en mucho más que un torneo: es uno de los pocos acontecimientos capaces de reunir a millones de personas detrás de un mismo sueño.
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Pero hay algo de esta Selección que merece una reflexión más profunda. Vivimos en una sociedad que exalta permanentemente al individuo. Se premia el éxito personal, la competencia y el mérito propio. Sin embargo, este grupo parece recordarnos que ninguna individualidad alcanza por sí sola para construir algo grande. Al Papa Francisco le gustaba repetir que "el todo es superior a las partes“. Esa frase parece hecha a medida de este equipo. Cada jugador tiene un enorme talento, pero todos entienden que el verdadero protagonista es el equipo. Nadie juega para sí mismo. Todos juegan para el otro.
Lionel Messi podría pasar horas hablando de sus récords, de sus goles o de todo lo que consiguió en su carrera. Sin embargo, eligió otro camino, siempre recuerda que el talento que posee es un don recibido de Dios, y que detrás de cada logro hubo esfuerzo, sacrificio y muchas personas que los acompañaron. Su liderazgo no se impone desde el protagonismo, sino desde la humildad. Y lo mismo podría decirse del resto del plantel.
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Detrás de cada camiseta hay una historia de resiliencia. Padres que hicieron sacrificios enormes, familias que apostaron por un sueño, entrenadores que acompañaron en silencio y años de trabajo para desarrollar un talento que nadie garantiza que llegue a buen puerto. Quizás por eso esta Selección despierta tanta identificación. No solamente porque gana. También porque transmite valores que muchas veces extrañamos en otros ámbitos de nuestra sociedad: compromiso, esfuerzo compartido, humildad y sentido de pertenencia.
En un país que tantas veces parece dividido, el fútbol logra algo extraordinario: durante noventa minutos volvemos a abrazar los mismos colores, cantamos el mismo himno y celebramos juntos. Descubrimos que todavía existen motivos para sentirnos parte de una misma comunidad.
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Ojalá pudiéramos aprender algo de este equipo. Que el éxito colectivo vale más que el lucimiento individual. Que el liderazgo verdadero se ejerce sirviendo a los demás. Y que los grandes logros nunca son obra de una sola persona. Gracias, Scaloni. Gracias a cada uno de los jugadores. No solo por los triunfos deportivos, sino porque, con su ejemplo, nos recuerdan que todavía es posible construir una patria donde el “nosotros” sea más importante que el “yo individual”.
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