
El movimiento que en esa fecha depuso al presidente Ramón Castillo constituyó, junto a los de 1930, 1955, 1962, 1966 y 1976, un arco de media docena de putschs militares victoriosos registrados en la Argentina del siglo XX. Pero su gran peculiaridad reside en el hecho de que, a diferencia de todos los demás, fue, de alguna manera, convalidado por el voto popular libremente emitido dos años y medio más tarde.
En efecto, el golpe septembrino de Uriburu sólo pudo continuarse en la Concordancia, proscripción de la UCR mediante. El del ’55 desembocó en la elección de Frondizi, el candidato no deseado por el gobierno militar. El del ’62 fue a parar en la elección de Illia, que no era lo buscado por los “azules” triunfantes en los enfrentamientos castrenses. Ni qué decir de la “Revolución Argentina”, concluida con el ascenso de Héctor Cámpora en la orgía montonera del 25 de mayo de 1973. En cuanto al pronunciamiento macizo y homogéneo de las estructuras militares en 1976, concluiría siete años más tarde entronizando a Raúl Alfonsín, que promoverá el enjuiciamiento de todos sus responsables.
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Rara avis, pues, la del 4 de junio, cuyo significado histórico profundo creemos que sólo puede ser desentrañado a partir de hechos, tendencias, amenazas y reacciones operadas en el mundo desde la década del ’30.
Habría que comenzar por Moscú en 1935, cuando el VII Congreso de la Komintern decidió un profundo giro estratégico para el conjunto del Comunismo internacional, férreamente liderado por la URSS. Se trataba nada menos que del abandono de la línea clasista dura –que denigraba a los dirigentes socialdemócratas como “socialfascistas”- y del comienzo de un camino común con todas las fuerzas del centro hacia la izquierda.
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En la Argentina eso significaba que el PC buscaría la alianza con los aludidos socialistas, los demoprogresistas y, particularmente, la UCR que subsistía como el partido mayoritario del sistema local. Proyecto que se inspiraba en los “Frentes Populares” de Francia y España, conductores de sendas experiencias exitosas en el plano electoral, aunque históricamente nefastas en ambos casos: en el primer país por el debilitamiento militar y social que su gestión produjo y que lo convirtiera, en 1940, en presa fácil de Alemania, y en el ejemplo español por el desemboque en la Guerra Civil lisa y llana.
Entre nosotros, la avant-première se produjo el 1 de mayo de 1936, en un acto público en que compartieron tribuna Paulino Gonzalez Alberdi, Mario Bravo y Arturo Frondizi.
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Todos estos movimientos no dejaban de alentar, por reacción, la preocupación del Ejército. Toda la década del ’30 y comienzos de la siguiente registran un puñado de conspiraciones castrenses abortadas, de variopinto sesgo, particularmente yrigoyenistas y nacionalistas.
En los años iniciales del período las mismas reconocían motivaciones esencialmente endógenas. Pero el conflicto intestino de España y sus repercusiones internacionales, seguido más tarde por la Segunda Guerra Mundial y la cambiante suerte de la URSS dentro de la misma, sumaron factores tóxicos a nuestra propia situación política, de modo tal que, según anota Alain Rouquié, Argentina ingresaría en los ’40 en una especie de “guerra civil fría”.
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Como se ha indicado, dentro de los cuarteles operaban diversas tendencias políticas e ideológicas, pero existen ciertas difusas coincidencias, entre las que fundamentalmente se cuentan la inquietud por el crecimiento del comunismo –que el resultado de la Segunda Guerra Mundial podría alentar aún más- y el riesgo consecuente de una lucha fratricida. El Ejército comienza a verse crecientemente como la “salvaguardia de lo permanente”, para usar las apropiadas palabras de José Antonio Primo de Rivera.
La situación se agravará bruscamente con la muerte, en pocos meses, de tres figuras consulares del sistema político: el presidente Roberto Marcelino Ortiz, el ex-presidente Agustín P. Justo y Marcelo T. de Alvear, jefe del radicalismo.
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Con la idea de cristalizar en una organización el estado de conciencia que crecía en las filas militares nacerá por entonces el GOU (Grupo de Oficiales Unidos o Grupo Obra de Unificación), sobre el cual han escrito lúcidamente Fernando Klappenbach y Enrique Díaz Araujo. Entiéndase bien: el GOU no hizo el 4 de junio. Pero la existencia de tal dispositivo sirvió para procesar en su interior las líneas políticas y las ambiciones competitivas de distintos oficiales superiores y jefes, evitando que las mismas se dirimieran en enfrentamientos armados como ocurriría en 1962 y 1963.
La orientación del GOU fue coherente solo en tres objetivos: evitar el crecimiento de las fuerzas de izquierda convocadas por el PC al Frente Popular, resistir las tempranas presiones externas belicistas y prevenir la guerra civil. En estos tres sentidos, su presencia permitió al Gobierno juniano consumar una genuina anticipación estratégica respecto de los objetivos sobre el país planteados tanto desde la Komintern como del progresismo anidado en el State Department de Roosevelt, anticipación que se completaría con el proceso de “nacionalización de las masas” emprendido en 1944, que descolocaría la estrategia argentina del Kremlin por muchos años. Los errores y horrores ulteriores del peronismo no empequeñecen este juicio.
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El 24 de febrero de 1946 el candidato oficialista, Juan Domingo Perón, ganaría las elecciones y elegiría el 4 de junio como fecha de asunción de la presidencia.
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