En el aniversario de la partida del papa Francisco, vuelvo inevitablemente a una misma imagen: la de Jorge. No el Pontífice, no la figura global, no el líder de más de mil millones de fieles. Jorge, el de Buenos Aires. El que escuchaba, el que llamaba por teléfono, el que construía puentes con una naturalidad que hoy el mundo entero reconoce, pero que muchos tuvimos el privilegio de conocer antes.
Tuve el honor —y la responsabilidad— de representar al Congreso Judío Mundial ante él. Ese rol me permitió verlo de cerca, reunirme con él en numerosas ocasiones y, sobre todo, confirmar algo que el tiempo no hizo más que reafirmar: Francisco nunca dejó de ser Jorge Bergoglio. Solo cambió el color de su vestimenta —del negro al blanco— y su nombre. Su esencia permaneció intacta.
PUBLICIDAD
Su cercanía con el pueblo judío no fue un gesto protocolar ni una estrategia diplomática. Fue una convicción profunda, forjada mucho antes de su pontificado. Como arzobispo de Buenos Aires, ya había construido vínculos sólidos con la comunidad judía, basados en el respeto, el diálogo sincero y una sensibilidad poco común. Esos lazos no solo se mantuvieron: se profundizaron desde Roma.

Francisco entendía que la relación entre judíos y católicos no era un capítulo más en la agenda interreligiosa, sino un vínculo esencial. Lo decía con claridad: el judaísmo es la raíz del cristianismo. Y por eso también fue contundente al afirmar que un católico no puede ser antisemita. No era una frase más. Era una definición ética, teológica y política en el sentido más noble del término.
PUBLICIDAD
Durante su pontificado ocurrieron hechos sin precedentes que reflejan ese compromiso. Uno de los más significativos fue la realización, por primera vez en la historia, de una reunión de la Junta Directiva del Congreso Judío Mundial en el Vaticano, en la mismísima Aula del Sínodo. Allí, líderes judíos de distintos países debatieron la agenda global en el mismo espacio donde la Iglesia reflexiona sobre su propio rumbo. Compartimos incluso una comida kosher dentro del Vaticano. La jornada culminó con un extenso y cálido encuentro con el Papa. No fue solo un gesto simbólico: fue una señal concreta de apertura, confianza y respeto mutuo.
Pero más allá de los hechos históricos y los gestos institucionales, lo que perdura es su humanidad. Su capacidad de mirar a los ojos, de escuchar con atención, de hacer sentir al otro reconocido y valorado. En tiempos de liderazgos distantes, él eligió la cercanía.
PUBLICIDAD
Francisco fue el jefe de la Iglesia Católica. Pero su talla lo trascendió. Se convirtió en un líder global, una referencia moral en un mundo necesitado de sentido, diálogo y compasión.
Para quienes lo conocimos como Jorge, ese liderazgo no fue una sorpresa. Fue, simplemente, la expresión ampliada de lo que siempre fue.
Y eso, quizás, es su legado más profundo.
Últimas Noticias
El agro que viene no se parece al que imaginamos
La producción de alimentos incorpora biotecnología, inteligencia artificial y herramientas digitales para decidir sobre suelos, clima, plagas y genética, mientras amplía su aporte a la economía y a la mesa cotidiana
El fin de la isla digital: por qué la verdadera omnicanalidad requiere cultura antes que tecnología
La integración entre ventas online y locales físicos fracasa si la dirección mantiene áreas aisladas y no adapta incentivos, presupuesto transversal, ERP y logística, pese a sumar plataformas y automatizaciones en el frente comercial

Malvinas: un punto de partida
¿No ha llegado el momento de retomar la iniciativa de paz impulsada por Fernando Belaunde Terry durante plana guerra de 1982 y convertirla en la base de una negociación seria?
Bernabé Aráoz ¿héroe o villano?
El militar y político tucumano fue una pieza clave en la independencia nacional y recibió elogios de Manuel Belgrano y de José de San Martín




