La guerra volvió rápido a la sensible placa de Oriente Medio/Golfo Pérsico. Ocho meses después de la llamada “guerra de los 12 días”, se produjo el ataque preventivo conjunto israelo-estadounidense sobre Irán, cuyo mayor impacto fue el bombardeo o violencia de precisión que acabó con la vida del mismo líder supremo iraní.El contrataque iraní sobre Israel y bases de Estados Unidos ubicadas en las petromonarquías del Golfo fue rápido y causó daños. Pero los mayores detrimentos fueron ocasionados cuando Irán atacó la infraestructura energética de los países del Golfo.
Teherán fue aún más allá y logró el cierre parcial del hiper-estratégico Estrecho de Ormuz, un selectivo global donde convergen las “tres G” que marcan esta confrontación: geopolítica, geoeconomía y geoenergía.En paralelo, los ataques desde el Líbano a las poblaciones del norte de Israel por parte del grupo islámico proiraní Hezbollah, reiniciaron la guerra entre ambos actores.
Muy cerca, en Siria se salió del estado de fisión que era el país hasta la caída de Bachar el Asad, pero aún persisten focos, se mantiene la violencia sectaria y fuerzas leales al régimen alauita caído pugnan por controlar territorios.En este contexto, la situación entre Israel y Siria se mantiene tensa y se ha deteriorado más como consecuencia del avance israelí en el sur de Siria.
Mientras Oriente/Golfo Pérsico se hundía una vez más en una gran hoguera, en la placa o cinturón de fragmentación de Europa del este, rusos y ucranianos ingresaban en su quinto año de guerra, sin posibilidades de alcanzar un cese de fuego. Y a juzgar por algunas declaraciones de sus altos mandos militares, Rusia no sólo pretende afirmar su control territorial en el Donbas, sino extenderlo al centro portuario e industrial de Odessa, logrando así el estrangulamiento económico de Ucrania.
Lejos de allí, en ese gueto estratégico que es parte de áfrica, la guerra total en Sudán entre el ejército nacional y el grupo paramilitar Fuerza de Apoyo Rápido por el control del poder y los activos estratégicos, ha provocado una crisis humanitaria mayor y un desplazamiento de millones de personas, sobre todo en Darfur.La confrontación en Sudán podría inflamar la situación en el selectivo sitio del Cuerno de áfrica donde Etiopía y Eritrea mantienen una seria crisis con centro en la geopolítica, pues Eritrea teme que el régimen de Etiopía busque recuperar los puertos marítimos que controlaba hasta 1993, cuando Eritrea consiguió su independencia.
En el oeste de áfrica, el terrorismo yihadista mantiene bajo presión a Mali y Burkina Faso. El descontento popular con los gobiernos, el fracaso del apoyo de cuerpos expedicionarios extranjero (antes franceses, ahora rusos) y la voluntad y el poder de las fuerzas del terrorismo yihadista, no sólo han provocado caídas de gobiernos, sino que desestabilizan este nuevo territorio de fisión geopolítica del globo que es la franja del Shael.
Luego están las confrontaciones en suspenso, escaramuzas y situaciones de “no guerra”: Afganistán-Pakistán, India-Pakistán, China-India, Mar de China, Malasia, Taiwán, la península coreana, Japón-Rusia, entre las principales. Una gigantesca “W” con sus vértices inferiores en el índico e Indonesia a través de la que se pueden recorrer conflictos de naturaleza múltiple.
En suma, una guerra tras otra con participación de potencias medias y potencias superiores que deberían estar, estas últimas, debatiendo sobre algún esbozo de nueva configuración internacional que restituya la necesaria “cultura estratégica” o “bien público internacional” entre potencias de clase mundial, que evite “fugas hacia delante’ altamente peligrosas.
Un escenario de guerra en el que confronten las potencias mayores es, sin duda, el más inquietante, considerando el poder agregado que concentran hoy las potencias, es decir, el poderío de las armas, principalmente, pero también las capacidades derivadas de los otros segmentos del poder, desde el tecnológico hasta el cibernético, pasando por el espacial, el energético, el económico, el robótico, entre otros.Ahora bien, que haya una guerra tras otra no debería sorprendernos porque la guerra es una de las grandes regularidades de la historia. Desde la mítica batalla de Kadesh entre egipcios e hititas en el 1274 a. C. (la primera confrontación registrada en la historia) y las guerras actuales, es decir, aproximadamente 3.300 años, solo hay menos de 300 años en los que no hubo guerras.
De modo que la guerra es una realidad categórica, al punto que existe la guerra total (o la guerra pos-total si en una confrontación se llegara a utilizar el arma nuclear) mientras que, salvo un orden internacional con mayor o menor grado de distensión, no existe nada que siquiera se acerque a una paz total; incluso la paz por sí sola es una abstracción. (Cabe aclarar que tampoco existe un “orden internacional total”, es decir, un estado de armonía internacional sin conflictos ni guerras y con predominancia de multilateralismo).
Ahora, ¿por qué la guerra continúa siendo una regularidad al punto que podremos decir que la última guerra será siempre la próxima guerra?Porque más allá de los adelantos, la interdependencia, la globalización, la conectividad, las nuevas temáticas que requieren mayores niveles de consulta y cooperación, los aportes que se pueden estar alcanzando con la AI aplicada a la diplomacia y a las negociaciones, entre otras, las relaciones internacionales continúan manteniendo características protohistóricas que hacen que los Estados se desconfíen entre sí.
La corriente de pensamiento realista en las relaciones internacionales, es decir, la que se hace preguntas relacionadas con el poder, la influencia, los intereses, las capacidades y las intenciones entre los Estados, nos aporta, como decía Kenneth Waltz, algunas pocas pero significativas respuestas, sobre todo para tiempos internacionales como el actual donde no solo hay desorden y fracturas, sino discordia entre aquellos “que cuentan”.
El estado de anarquía entre Estados, es decir, la ausencia de un gobierno mundial, sigue siendo la característica más categórica. Desde las corrientes críticas del realismo, se considera que en estos enfoques hay una cuestión patológica en insistir con la anarquía internacional en pleno siglo XXI. Sostienen que hay nuevos tópicos que “des-anarquizan” la política entre Estados porque encararlos lleva a jerarquizar movimientos o dinámicas sociales y a establecer nuevas formas de colaboración.
Más todavía, desde años muy recientes han surgido voces, entre ellos la del especialista Ian Bremmer, que sostienen que las relaciones internacionales están siendo reemplazadas por “relaciones tecnopolares”, es decir, las grandes compañías tecnológicas están relocalizando la autoridad de los Estados y, por tanto, relativizando la condición de anarquía internacional.
Sin embargo, si bien es cierto que la política internacional se ha pluralizado en materia de actores, no se observa que esa condición mayor de dicha política, la anarquía, haya experimentado algún impacto de escala que la haya devaluado. Por el contrario, los acontecimientos que tienen lugar en el mundo desde hace por lo menos tres lustros (consideremos desde la crisis financiera y lo que sucedió en Ucrania-Crimea en 2013-2014) más bien han re-anarquizado las raciones internacionales. No se registra un cambio desde el viejo orden pos-1945 hacia una dirección de multilateralismo: las vagas propuestas que ha hecho el presidente Trump sobre un nuevo orden parecieran afirmar un orden con características “castocráticas”.
En cuanto a que los polos tecnológicos están desplazando a las clásicas relaciones interestatales, es cuestionable, por caso, que en China, donde el poder ha incorporado herramientas de control “total-digitalitario”, las compañías “independientes” desafíen el poderío del Partido-Estado chino.
Lo que sí pueda suceder, de hecho ya ocurre, es que la tecnología se convierta en la principal herramienta de poder de la competencia internacional, quedando un segmento reducido de cooperación tecnológica internacional.
Otra característica de las relaciones internacionales es la relación que existe entre el principio de incertidumbre de las intenciones (un Estado nunca sabe cuáles son las intenciones de sus rivales o competidores) y las capacidades estratégicas-militares. Por ello, como advierte el estadounidense John Mearsheimer, el modo de “sobrellevar” la incertidumbre es poseer capacidades superiores a las de otros.
En suma, en el mundo del siglo XXI estamos asistiendo a una guerra tras otra. Y ello continuará siendo así hasta que se establezca una configuración internacional, la que deberá considerar la experiencia, sin duda, pero también el reconocimiento de realidades complejas y actores nuevos no occidentales.
La gran pregunta es si a esa nueva configuración u orden se llegará tras largas consultas y negociaciones, o bien se llegará a ella “como de costumbre”, es decir, tras una gran prueba de fuerza en la que ocurrirán hechos conocidos pero también desconocidos, sobre todo si esa posible prueba sucede cuando el poder de los Estados sea extremadamente letal.
Últimas Noticias
Debida diligencia en derechos humanos: una discusión impostergable
La debida diligencia no puede quedarse únicamente en el plano normativo o declarativo, sino que debe traducirse en herramientas prácticas

La crisis del multilateralismo
El desafío de reconstruir un orden internacional en tiempos de fragmentación
El “techo de cemento” de la política nacional
Y por qué las mujeres no manejamos la billetera del Estado

Atentado a la Embajada de Israel: cuando el terrorismo ataca, las víctimas somos todos
A más de tres décadas del atentado contra la sede diplomática israelí en Buenos Aires, el contexto internacional y la responsabilidad del régimen iraní recuerdan que aquel acto criminal sigue teniendo consecuencias en el presente



