
A ver si nos entendemos de una vez. En la Argentina nos encanta llenarnos la boca hablando de “derechos adquiridos” y de la “sagrada” Ley de Contrato de Trabajo. Suena lindo, ¿no? El problema es que, mientras los defensores del status quo se abrazan a manuales de la década del 70, la realidad les pasa por arriba con la prepotencia de los hechos: hoy, la mitad de los trabajadores argentinos están en la lona, fuera del sistema, en la más absoluta informalidad.
¿De qué protección me hablan?
La ley laboral actual no es un escudo para el trabajador; es un certificado de defunción para las PyMEs y un muro infranqueable para el que busca su primer empleo. Seamos brutalmente honestos: hoy, contratar a una persona en blanco en este país no es un acto de inversión, es un deporte de riesgo. Es poner la cabeza en la guillotina de la industria del juicio.
El enemigo en casa
El verdadero enemigo del laburante no es el dueño del taller, ni el del kiosko, ni el del bar de la esquina. El enemigo es ese ecosistema de abogados caranchos y sindicalistas devenidos en magnates que han transformado el despido en un negocio más rentable que la producción.
Para una PyME de cinco empleados, un solo juicio laboral malintencionado no es un contratiempo; es el cierre definitivo. Es la persiana baja. Es más gente a la calle. Es el triunfo de la miseria sobre el esfuerzo.
El modelo del fracaso
Nos dicen que la “flexibilidad” es una mala palabra. Pero yo les pregunto: ¿No es acaso la informalidad del 45% la flexibilidad más salvaje y cruel que existe? ¿De qué le sirve al pibe del conurbano que reparte comida en bicicleta una ley que protege privilegios de 1974 si hoy nadie se anima a darle un empleo con aportes por miedo a que lo fundan?
El sistema actual es una estafa. Protege al que ya está adentro y condena al que está afuera. Premia la ineficiencia y castiga al que quiere crecer.
Es hora de despertar
La Argentina no sale adelante con leyes que asfixian. Sale adelante con libertad para contratar, con previsibilidad y con un Estado que deje de ver al empleador como un delincuente en potencia. El “Fondo de Cese” o sistemas similares no son “quitar derechos”, son dar futuro. Es permitir que el costo de salida sea claro para que la puerta de entrada no esté cerrada con siete llaves.
Basta de eufemismos. O modernizamos este sistema arcaico y corporativo, o seguimos gestionando este cementerio de empresas y empleos que es hoy la Argentina. La realidad no espera, y el hambre de los que están fuera del sistema, mucho menos.
Se terminó el tiempo de los relatos y de la hipocresía. Es hora de que la política y los señores de los bombos entiendan que el mundo cambió: no pueden seguir defendiendo privilegios de casta con leyes de la edad de piedra mientras la mitad del país revuelve la basura. ¿Esa es la ‘protección’ que defienden?
No sean caraduras. O terminamos con la industria del juicio y modernizamos el sistema de una vez, o háganse cargo del cementerio de empresas que están dejando. Elijan: o modernidad o miseria. La realidad no negocia y la cuenta regresiva ya empezó.
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