
En América Latina y el Caribe el deporte se ha consolidado como una herramienta para la cohesión social y la generación de oportunidades, especialmente entre jóvenes y poblaciones vulnerables. Su capacidad para crear vínculos y promover hábitos de vida saludables lo convierte en un catalizador de cambios sostenibles que otros sectores difícilmente logran.
Ese potencial transformador se observa en múltiples niveles. En ámbitos urbanos, por ejemplo, las actividades deportivas facilitan la creación de espacios para el encuentro, disminuyen factores de riesgo asociados a la violencia y ayudan a reconstruir los tejidos comunitarios. A su vez, en zonas rurales y periurbanas, funcionan como vectores del desarrollo social y económico en ámbitos como el turismo. No es casual que organismos internacionales, gobiernos locales y organizaciones de la sociedad civil impulsen programas deportivos como parte de estrategias más amplias para el progreso social y humano de sus ciudadanos en toda la región.
En ese contexto, los megaeventos deportivos adquieren una relevancia particular porque, a diferencia de los programas de élite, representan iniciativas que movilizan directamente a miles de personas, y fomentan que otras que no tienen vínculo directo con el deporte puedan acercarse de manera lúdica a esa disciplina. Además de sus efectos inmediatos, como la activación económica local o el mencionado aumento del turismo, dejan capacidades instaladas como una cultura de vida activa y obras de infraestructura de largo plazo.
En esa línea se instaló la décima Maratón CAF, que se llevó adelante este último domingo en El Parque Los Caobos, en Caracas, y congregó una cifra récord de más de 10 mil corredores en sus dos históricas distancias de 42K y 21K, y estrenó la categoría 10K con cientos de nuevos inscriptos. Además de fortalecer su rol como competencia regional y espacio de participación masiva, la Maratón reafirmó su identidad inclusiva y para la igualdad de oportunidades. Para eso incluyó, como cada edición, la modalidad para personas con movilidad reducida y se instaló como plataforma de visibilidad del talento y la trayectoria de atletas paralímpicos de toda la región.
Las cifras hablan por sí solas. La décima edición reunió una participación diversa, con un 47% de mujeres y 113 atletas inscritos en la categoría de silla de ruedas, provenientes de Colombia, España, Panamá, Argentina y México. A esto se sumó una postal histórica en el podio, en el que atletas de distintas nacionalidades ocuparon los primeros lugares, reflejando la dimensión multicultural de la competencia.
Por todo esto es que el impacto de la Maratón CAF se manifiesta, un año más, en la integración regional que promueve, la cultura de vida activa que fomenta, y el uso del espacio público como territorio compartido que celebra. Vivimos en una región que necesita recuperar la confianza en lo colectivo, y ver a miles de personas reunidas alrededor de un mismo objetivo es una señal poderosa de resiliencia y de esperanza. La movilización ciudadana que produce un evento deportivo como éste es un recordatorio de que el deporte sigue siendo una de las formas más efectivas de reconstruir lazos y tender puentes sociales entre personas y países.
*El autor es vicepresidente corporativo de Programación Estratégica de CAF - banco de desarrollo de América Latina y el Caribe.
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