
Texto: “¿Soy la única que piensa que hacer repetir a un niño es una crueldad brutal?” La pregunta, que surgió de un debate en la red social X, interpela, emociona y merece una respuesta honesta. Porque nadie que se dedique a la educación quiere ser cruel con un chico. Al contrario: el objetivo es cuidarlo.
Ahora bien, vale la pena detenerse un segundo y preguntarnos qué entendemos por crueldad.
Cruel no es exigir. Cruel no es marcar un límite. Cruel no es decir “todavía no”, cuando ese “todavía” viene acompañado de ayuda, acompañamiento y tiempo para aprender. Cruel es empujar hacia adelante a un chico que no aprendió, hacer como si nada pasara y dejarlo avanzar acumulando vacíos que después el sistema nunca repara.
En ninguna otra dimensión de la vida aceptaríamos avanzar sin haber consolidado lo anterior. Nadie pensaría que es cruel no habilitar a un médico a operar si no domina lo básico, o impedir que un deportista compita si no está preparado. Ahí entendemos que el límite no humilla: protege. En educación debería regir la misma lógica.
Es cierto: repetir, tal como hoy existe, muchas veces fracasa. Porque implica volver a exponer al chico al mismo sistema que no logró enseñarle. Eso no es justicia pedagógica. Pero eliminar la repitencia sin transformar previamente la escuela tampoco es solución. Es, en muchos casos, una forma elegante de abandono.
En la Provincia de Buenos Aires, por ejemplo, el gobierno de Axel Kicillof eligió el camino más fácil. En lugar de transformar la escuela para que los chicos tengan alternativas reales —más apoyo, más tiempo, trayectorias personalizadas y un sistema que se haga cargo cuando un alumno no aprende— decidió vaciar la repitencia para esconder los malos resultados. Recibe los aplausos hoy y le pasa la cuenta a la próxima generación. No fue una decisión pedagógica, fue una decisión política. No se pensó en el alumno, se pensó en las estadísticas.
Por eso, en la Argentina actual, con una cultura del esfuerzo aún debilitada y con escuelas que todavía no cuentan con herramientas reales de personalización, quitar la repitencia sin ofrecer alternativas serias y eficaces es irresponsable. No es inclusión, es simulación. No cuida al chico: lo deja solo frente a sus dificultades.
El verdadero debate no es si repetir es cruel o no. El verdadero debate es qué hace el sistema cuando un chico no aprende. Si la respuesta es “que pase igual”, entonces el problema no es la repitencia: es la renuncia adulta a enseñar.
Cuidar a un niño no es evitarle toda frustración. Es darle las herramientas para atravesarla, aprender del error y volver a intentar. Eso también es educación. Y, lejos de la crueldad, es una forma profunda de respeto.
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