
Los indicadores de la actual temporada muestran una caída en la estadía promedio, la ocupación hotelera y el consumo. El caso de la principal ciudad turística del país refleja un problema más amplio que atraviesa al turismo interno argentino.
Mar del Plata atraviesa una temporada turística por debajo de las expectativas históricas. No se trata de una percepción ni de una lectura aislada: los datos disponibles permiten trazar un diagnóstico que invita a una reflexión necesaria sobre el presente y el futuro del turismo interno en la Argentina.
Según cifras oficiales del INDEC, la ciudad registró en 2025 la peor estadía promedio desde que se mide este indicador: apenas 3,5 noches por turista. A esto se suma una caída en la ocupación hotelera que, durante la primera quincena de enero, se ubicó entre el 60 % y el 65 %, niveles sensiblemente inferiores a los que históricamente caracterizan al pico de la temporada estival.
En este contexto, no pasó desapercibida una reciente comunicación del propio organismo estadístico, en la que se informó que “no se renovará el convenio de financiamiento con la actual Secretaría de Turismo y Ambiente” y que, a partir de enero de 2026, se producirán cambios en la difusión de la información que afectarán su presentación y periodicidad. La pregunta es inevitable: ¿se trata de una decisión técnica o de una forma elegante de correr el foco de los malos números que hoy expone la gestión turística encabezada por Daniel Scioli?
Si bien la retracción no es exclusiva de Mar del Plata, su impacto resulta especialmente significativo en una ciudad cuya economía depende en gran medida del turismo y de las actividades vinculadas a él. Otros indicadores refuerzan esta tendencia: el alquiler de carpas en Punta Mogotes estuvo alrededor de un 20 % por debajo del registrado el año pasado y, según datos provisorios del EMTURYC, entre el 1 de diciembre de 2025 y el 15 de enero de 2026 la ciudad recibió 1.399.007 visitantes, un 4,6 % menos que en el mismo período de la temporada anterior.
Estos números exponen una realidad que no debería ser negada ni minimizada. El análisis honesto de los datos es una condición indispensable para pensar políticas públicas y estrategias privadas que permitan revertir la tendencia. Sin embargo, frente a indicadores tan claros, el debate público parece esquivarse más de lo que se asume.
El contexto económico nacional explica buena parte de este escenario y tiene responsables concretos. La política económica del gobierno de Javier Milei impacta de lleno en el turismo interno, una actividad que es una industria estratégica en términos de empleo, producción y desarrollo regional. La caída del poder adquisitivo, el aumento de los costos, la retracción del consumo y la ausencia de políticas de estímulo están reduciendo estadías, achicando el gasto y poniendo en jaque a miles de pequeños y medianos prestadores en todo el país. El turismo interno se suma así a la lista de industrias que el actual rumbo económico está dañando.
Hablar de turismo en Mar del Plata implica, además, dimensionar su escala: más de 300.000 camas turísticas cuya ocupación sostiene de manera directa a sectores como la hotelería, la gastronomía, el comercio, el transporte y los servicios, además del empleo asociado. Cualquier estrategia de recuperación debe partir de esa magnitud y de la comprensión de que el problema excede a un solo rubro.
A este cuadro se suma una competitividad regional desfavorable. Mientras Argentina carece de políticas nacionales activas de estímulo al turismo interno y enfrenta un escenario macroeconómico restrictivo, países vecinos como Brasil muestran un crecimiento sostenido en la llegada de visitantes. En ese contexto, herramientas como los fondos de promoción turística requieren una revisión profunda, con criterios claros y transparencia, para que cumplan efectivamente el rol de fortalecer la posición de los destinos argentinos en un mercado cada vez más competitivo.
Mar del Plata conserva fortalezas indiscutibles: una oferta gastronómica de primer nivel, servicios consolidados y una diversidad de propuestas que pocos destinos del país pueden igualar. Sin embargo, el turismo juvenil, aunque dinámico, no alcanza por sí solo para sostener la estructura turística de la ciudad. Recuperar al turismo familiar y de estadías más largas aparece como uno de los grandes desafíos.
La respuesta a este escenario no puede ser individual ni fragmentada. Requiere una mirada colectiva que integre al sector privado, a los trabajadores y al Estado, con acuerdos básicos y una agenda común. Pensar la temporada es, en definitiva, pensar el trabajo, el desarrollo y el futuro de una de las principales economías turísticas del país.
Cuando los desafíos son grandes, las soluciones también deben serlo. Y, en el caso del turismo, esas soluciones solo pueden construirse de manera conjunta.
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