Venezuela, pieza clave en la competencia EEUU-China

La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Washington prioriza la protección de los intereses nacionales por encima de la promoción de valores democráticos globales

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Los presidentes Donald Trump y
Los presidentes Donald Trump y Xi Jinping

Desde la Segunda Guerra Mundial, la estrategia norteamericana osciló entre la contención de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y la expansión democrática, idealizando una estabilidad global que beneficiaba a Estados Unidos lo suficiente como para justificar que Washington absorbiera costos desmedidos en defensa y diplomacia. La nueva estrategia de seguridad nacional (Estrategia de Seguridad Nacional 2025) desmantela esta lógica y la cambia por un realismo nacionalista a secas. Frente a un entorno hostil, no habrá más proclamas del estilo “faro de la libertad” o el “policía del mundo”. De ahora en más solo habrá un mandato principal: la protección física y económica de su interés nacional. Dejará en segundo plano la persuasión diplomática (poder blando) y priorizará la coacción económica o la disuasión militar (poder duro), manejándose con relaciones transaccionales, donde las alianzas no serán más ideológicas, ni por “los valores compartidos”, sino que se medirán por su rentabilidad inmediata, acorde al conocimiento negociador de Trump, analizado mediante el balance costo-beneficio. Los servicios de seguridad o protección norteamericana se cobrarán al contado, mediante una contraprestación tangible, ya sea en compras militares, acuerdos comerciales favorables o alineación política absoluta o automática.

La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 ha cambiado drásticamente las prioridades de Estados Unidos. Europa debe resolver sola sus múltiples problemas. Los aliados del Lejano Oriente deben invertir o poner fábricas en territorio norteamericano. Estados Unidos desatiende conflictos que considera secundarios (Medio Oriente; Europa) y los deja en manos de sus aliados, concentrándose en la competencia tecnológica y económica a largo plazo con China y la restauración del control sobre el Hemisferio Occidental, visto ahora como el perímetro defensivo irrenunciable de la nación; es decir, su zona de influencia primaria.

La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 se fundamenta en un “realismo flexible”; sacude el orden posterior a la Segunda Guerra Mundial, que parece entrar en su ocaso. Describe a China como un competidor, pero haciendo foco en la economía y no en lo militar. “Reequilibraremos la relación económica de Estados Unidos con China, priorizando la reciprocidad y la equidad para restaurar la independencia económica estadounidense”. No ve un peligro militar inminente, sino una fuerte disputa industrial, tecnológica y comercial. Venezuela es una pieza clave para esa competencia. China adelantó 60.000 millones de dólares estadounidenses a Venezuela, pagaderos en petróleo a un precio altamente favorable (bajo). El combo de energía barata, mano de obra relativamente barata, y un fuerte avance tecnológico produce un sostenible aumento de la competitividad china. Resulta así una carrera de competencias industrial-tecnológica donde Estados Unidos, por más que siga innovando, no lograría vencer o al menos igualar a la competitividad china, lo cual le impide “restaurar la independencia económica estadounidense”, como dice la nueva estrategia de seguridad nacional.

Si la deuda venezolana no es compensada por petróleo de acuerdo a los términos contractuales pactados (bajos precios), tal como pretende Estados Unidos, los chinos podrían reaccionar tácticamente dejando de comprar petróleo venezolano e ir por otros proveedores. En ese caso, Estados Unidos no tiene muchas opciones, deberá aumentar la adquisición propia, porque no hay tantos demandantes, ya que Europa no tiene las refinerías adecuadas para ese tipo de petróleo pesado (alquitranoso). Pareciera confirmarse esa hipótesis, ya que Estados Unidos le impone a Venezuela comprarle todos los productos de consumo, intermedios o industriales, en compensación por las nuevas cantidades de petróleo que se llevará. Como represalia, China podría reforzar el control de exportaciones de minerales críticos (tierras raras), que tanto necesita Estados Unidos. Como tercera fuente de negociación podría vender su stock de bonos del tesoro norteamericano, lo cual haría caer el valor relativo del dólar. Un factor adicional para la estrategia de retomar el control de Venezuela por parte de Estados Unidos, es una información que circula en algunos medios internacionales sobre inversiones chinas en el Arco Minero del Orinoco, con potencial de extracción de minerales estratégicos (tantalio, cobalto, tierras raras), por cierto, de ávido interés de Estados Unidos.

La nueva era de zonas de influencia está basada en la defensa de los intereses nacionales. Estrategia seguida también por las principales potencias intermedias, como India, Turquía, Israel, Arabia Saudita y tantas otras. Se minimizan las reglas de derecho internacional, tal como indican los manuales de la “guerra irrestricta” o “guerra híbrida”. Toda la actividad humana es sometida a la competitividad entre las naciones. Entre ellas los préstamos financieros y también el control y uso de las monedas nacionales, que desde los finales de la Segunda Guerra Mundial, favoreció al dólar estadounidense, como moneda de reserva y de intercambio, y con lo cual controló o reguló sus intereses en los grandes negocios globales (alimentos, energía). Pero eso no bastó para que China creciera y comenzara a competirle. Cuando China compra sus insumos en yuanes adquiere una ventaja extra, ya que tiene toda la libertad de imprimir yuanes. Similar a cuando los franceses compraban mineral de uranio a los países africanos del Sahel, mientras imprimían los billetes con los cuales pagaban, obteniendo así una ventaja competitiva fabulosa.

Los organismos mundiales discuten, pero no resuelven nada. La democracia o la autocracia, son valores relativos en estos tiempos. Estados Unidos prefiere seguir negociando con la precaria estabilidad chavista, mientras cumplan con sus imposiciones estratégicas, que poner en riesgo esta maniobra contra China, apoyando a la guerrerista Premio Nobel de la Paz, Corina Machado. Así como de acuerdo a sus intereses, también recibió a Abu Mohamed al-Golani, un excomandante rebelde yihadista, al que antes había ayudado a combatir. Quedan atrás en la historia de la Guerra Fría aquellos argumentos usados por el mundo occidental en contra de la antidemocrática Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, por sus represalias militares en Praga, Budapest o Berlín. Eran los primeros indicios de su decadencia, ocurrida poco después. Estados Unidos ha reconocido que ha perdido su hegemonía mundial, que la ejerció largamente sin demasiadas proclamaciones. Ahora pretende recuperarla, pero estratégicamente, la violencia, a la cual ha recurrido, siempre ha sido una mala consejera. El mundo gira y a veces golpea de frente.

Las grandes potencias siempre han utilizado la zanahoria y el garrote, aunque ello sea inaceptable para los países medianos o pequeños. La posición correcta para el resto de los países es resistir esas pretensiones abusivas y lograr la mayor autonomía estratégica mediante la unidad interna, teniendo un modelo nacional conveniente para la época y así, desde esa perspectiva negociar con las grandes potencias, sin incurrir en argumentaciones ideológicas globales ni en alineamientos automáticos. Es inaceptable cualquier sumisión psicológica o aceptar cualquier vasallaje sin resistencia. Ni de China, ni de Rusia, ni de Estados Unidos. La soberanía es el bien más preciado de toda nación y quienes no la defienden en forma inteligente (no por la vía militar), en cualquier circunstancia, y aun en la más desfavorable, deberían ser considerados traidores a la Patria.

La novedad es la cruda sinceridad con que Trump ejecuta su política imperial, bien nacionalista, por cierto, dejando de lado la hipocresía habitual de buenos modales. Si bien argumenta con temas anexos, al final dice explícitamente lo que piensa. Históricamente, los gobiernos demócratas han invadido más países que los gobiernos republicanos, y casi siempre los han fraccionado y destruidos. Esta vez se resolvió dejar de lado los formalismos ideológicos y se concentraron en los puros intereses materiales y estratégicos. También es novedoso que es la primera vez en la historia que ocurre un ataque militar norteamericano en tierras suramericanas. Estados Unidos ha considerado siempre que Centroamérica y el Caribe eran su patio trasero, y los invadió en reiteradas oportunidades, pero hasta ahora solo actuó en territorio suramericano mediante presiones de todo tipo (bases militares, agentes encubiertos, Agencia Central de Inteligencia, Agencia Estadounidense Antidrogas, asesores militares y otros) pero sin ataques militares directos, como lo ha hecho en el resto del mundo.

La pretensión de Estados Unidos de garantizarse el control exclusivo del hemisferio para convertirlo en el perímetro defensivo central de su nación (“Fortaleza América”), mediante este despliegue militar en Venezuela es claramente intimidatoria. Como instrumentos de coerción política es relevante y muy peligroso, particularmente para Brasil, que tiene fronteras con la mayoría de los países del área. Estados Unidos intenta con sus acciones contrarrestar la penetración económica y política de China en la región y van a tratar de neutralizar tanto los acuerdos militares con Beijing, Moscú o Teherán (bases militares o de inteligencia), como también las instalaciones de infraestructura crítica: puertos de aguas profundas, redes de quinta generación, y cualquier sistema que produzca dependencia tecnológica de aquellos, los que son considerados por Estados Unidos como una amenaza directa a la seguridad continental.

Por ahora, pareciera que Trump solo pretende intervenir políticamente, apoyando descaradamente a los candidatos liberales o de derecha que lo apoyan, en una supuesta e inexistente iniciativa anticomunista o antidemocrática. Aunque está claro que los políticos o gobiernos más soberanistas también se inclinan a negociar con el gobierno de Trump (Colombia, Brasil). El mundo parece entrar en una fase de mayor conflictividad para los países periféricos, en particular, en aquellos cuya fragmentación interna sea más profunda. Aquellos que logren poseer un ordenamiento interno con objetivos o rumbos más claros y aceptados por las mayorías populares, lograrán surfear con mayores probabilidades de éxito, las batallas de los más pesados.