
La derrota del oficialismo en la Provincia de Buenos Aires no es un accidente coyuntural: es un mensaje profundo de la sociedad hacia el poder. Cuando el corazón electoral de la Argentina decide darle la espalda a un Gobierno, lo que está en juego no es solo un número en el escrutinio, sino la legitimidad de un rumbo.
El votante bonaerense no se expresó contra una reforma puntual ni contra un programa económico en particular. Se expresó contra una forma de gobernar que no logra ofrecerle un horizonte claro. El relato de la anti-casta, que fue eficaz para construir poder, empieza a mostrar sus límites para sostenerlo.
En política, la épica puede enamorar, pero no alcanza para gobernar.
El votante bonaerense se expresó contra una forma de gobernar que no logra ofrecerle un horizonte claro
Este resultado desnuda una verdad que a veces los gobiernos prefieren olvidar: el poder es siempre transitorio, siempre condicional, siempre vigilado por el juicio social. Un proyecto político que no logra renovar la confianza de manera permanente se erosiona, aunque conserve los resortes formales del Estado. Gobernar, al fin y al cabo, es un ejercicio de construcción de credibilidad.
La pregunta que deja esta elección es si el oficialismo será capaz de transformar la derrota en aprendizaje. La historia argentina muestra que las crisis pueden ser puntos de quiebre, pero también de renovación. Todo depende de la lectura que se haga del mensaje popular. Si se insiste en la negación o en la confrontación permanente, el resultado de PBA puede convertirse en el inicio de una tendencia nacional. Si, en cambio, se asume la derrota como una advertencia y se corrige el rumbo político, todavía hay margen para recuperar la iniciativa.
El relato de la anti-casta, que fue eficaz para construir poder, empieza a mostrar sus límites para sostenerlo
La política es, en última instancia, un pacto de confianza entre gobernantes y gobernados. Ese pacto hoy cruje en el distrito más importante del país. Reconstruirlo no será tarea de discursos más fuertes ni de batallas contra enemigos imaginarios. Será tarea de humildad, de escucha y de capacidad para volver a interpretar el mandato social.
La conclusión es sencilla y contundente: quien no escucha a tiempo, se convierte en prisionero de su propio relato. Y en democracia, los relatos no gobiernan; gobiernan las realidades que siente la gente cada día.
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