De insulto en insulto, llega un momento en que se agotan las palabras y hay que pasar al acto. Esa es la dinámica, irrefrenable, de la violencia. De sus formas.
Los desmanes que se vieron en una Facultad -de Derecho, para colmo- son un reflejo de los desmanes que tuvieron lugar en el recinto de uno de los tres poderes del Estado. En el Parlamento que, como su nombre lo indica, es el lugar de las palabras. El Congreso es un lugar de confrontación, sin duda, pero no con insultos, mucho menos con golpes. Es, debería ser, el sitio por excelencia de la confrontación de ideas.
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Pero si los jóvenes ven que los legisladores intercambian insultos en una escalada que parece no tener fin, y que en algunos casos llevó a amagues de agresión física, toman eso como ejemplo y, en vez de discutir ideas, discuten espacios. Y los espacios se defienden físicamente, cuerpo a cuerpo. Pecheando, patoteando, pegando.
Ese mismo ejemplo lleva a algunos a considerar que hacer política es impedírsela hacer a otros. Por eso la campaña se está desarrollando en un clima de boicot violento, que incluyó piedrazos contra el mismísimo Presidente.
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La acción política implica una disputa entre dos voluntades contrapuestas. Cuando una de ellas, o ambas, en vez de poner el talento y la imaginación al mando, apelan a la agresión verbal, por obra del principio de acción y reacción del otro lado aparecerá tarde o temprano la respuesta física. De un lado gritan “bala”, del otro organizan escraches.
Porque después de la violencia de la palabra, sólo queda la violencia física.
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En esta espiral ascendente, hay una alimentación recíproca entre los dos principales espacios políticos, cuando sus figuras más representativas apelan a una terminología soez, y hasta a un estilo pendenciero, desafiante. Este (mal)ejemplo de arriba, irremediablemente termina engendrando los mismos comportamientos abajo, porque los respectivos acólitos creen que ese ejercicio físico -en vez del de las ideas- los aproxima a la concepción y a la metodología de construcción de sus jefes.
Las palabras groseras son reflejo de una pobreza de discurso. De impotencia política. De la incapacidad de transformar los deseos en realidad por medio del ejercicio de la inteligencia. Esta pobreza de propuestas, de política, de estrategia los lleva a estar siempre enojados, increpándose unos a otros, y enturbiando el ambiente público.
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Así es como la política actual se desarrolla en un contexto de agresión permanente. Hay una única diferencia -aunque para nada menor- entre la agresión semántica y la agresión física. Es el resultado. La agresión de la palabra no es inocua, desde ya. Genera dolor, indignación, sangra el espíritu. Pero la violencia física hace sangrar el cuerpo y puede tener consecuencias irreparables.
Por eso esta escalada debe ser frenada. Desde los mismos ámbitos donde se generó. Que son los ámbitos en donde debería imperar el diálogo.
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Las agresiones verbales son parte de un discurso invalidante del otro. En Derecho, un grupo provocó a otro y la respuesta, acompañada de golpes, fue “por qué no se van”. Echar al oponente.
Disuadir, convencer, predicar: no son acciones que estén en el modus operandi de la política actual.
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Hay que parar esto. La violencia es la tumba de la política. Ya hemos vivido en nuestro país la experiencia de dirimir las diferencias políticas por medios violentos. La dirigencia -si no quiere ser casta- tiene la responsabilidad de dejar de jugar con fuego.
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