Los devotos del equilibrio fiscal comienzan a encontrar dudas teológicas en la pobreza de sus convicciones. El ajuste se despliega esencialmente sobre los humildes y la concentración económica va desnudando su vocación de ser el motivo esencial del presente gobierno.
La dura lucha contra la casta encontraba una excepción en la figura del ex presidente Menem quien fue, para la mayoría de los peronistas, el responsable de la destrucción de nuestra sociedad, otrora integrada. En el salón azul del Congreso, Eduardo Menem presentó un libro de homenaje a su hermano, acompañado por dos conspicuos representantes de lo más granado de aquella traición ideológica. Quiso la casualidad que pocos días más tarde, el apellido Menem reapareciera instalado en sensibles espacios de la más perversa corrupción, aquella que se ejerce sobre vulnerables e indefensos: los discapacitados, que requieren de medicamentos, de tratamientos a cargo de terapeutas especializados, de prestadores específicos, de asistentes, para que sus familiares puedan ir a trabajar.
Los audios del director de la entidad que los nuclea, Diego Spagnuolo- gran amigo y abogado de Milei-, se repitieron por todos los medios de comunicación, obligando a escucharlos y a extraer sus conclusiones a regañadientes hasta a aquellos que apuestan descaradamente al triunfo de la actual gestión cuya corrupción niegan con desvergüenza, liviandad y ausencia de argumentos sólidos. Se repite hasta el cansancio la cantilena de la inseguridad de la provincia de Buenos Aires como si no fuera otra cosa que el triste resultado del creciente empobrecimiento y marginación de enormes sectores de nuestra sociedad.
En la Italia de posguerra, encontramos el talento de Vittorio De Sicca (“Ladrones de bicicletas”, “Umberto D”), de Roberto Rossellini (“Roma, ciudad abierta”) entre tantos filmes inolvidables, y más tarde, el de Ettore Scola y su “Feos, sucios, y malos”, recorriendo con dolor las duras consecuencias de la miseria que les había dejado la Segunda Guerra Mundial. Pude recorrer aquellas tierras, donde nos alertaban sobre el riesgo del hurto callejero, en tiempos en que en Buenos Aires ni siquiera se nos hubiera ocurrido mencionar la inseguridad. En lo económico, Menem fue más dañino que la dictadura, y no es casual que sus herederos reciban como legado sus hereditarias inspiraciones. Para no hablar de la penosa deformación cultural que produjeron esos aciagos diez años, hoy objeto de farsesca emulación con algunos personajes que se reiteran.
Los intereses bancarios baten récord en el mundo y sus consecuencias dañan a los endeudados, multiplicando sus acreencias en nombre de una estabilidad monetaria que los bancos están lejos de reflejar. El soñado equilibrio fiscal termina siendo tan solo una excusa para justificar el empobrecimiento de los sectores más débiles que, lentamente, toman conciencia de que su elección por descarte o huida del pasado reciente jamás habría de favorecerlos.
Nos acercamos a definiciones electorales y cuesta entender la perversión de quienes inventan números que aumentan el consumo, como si los ciudadanos que sufren carencias necesitaran de esa ficción, en primer lugar, para creerla, y de ser así, para hallar consuelo a sus penurias: el desempleo, la destrucción de organismos del Estado que sólo necesitaban de la revisión de su gestión, al desfinanciamiento del Garrahan y de la ANDIS , el de las universidades, la ciencia y el arte, la desprotección de jubilados a quienes, con ensañamiento, se reprime cada miércoles, entre tantos males infligidos a la sociedad.
La votación de esta semana, contraria a los decretos de Milei por amplísima mayoría, llevó al presidente a llamar a los parlamentarios “degenerados fiscales”, utilizando como siempre el lenguaje de la descalificación rastrera, y a un rico empresario, a formular que le daban “asquito” los legisladores. Todo en el obsecuente marco del Council 2025. Y todo tan miserable, tan despojado de cualquier visión integradora de nación, guiado, además, por la arrogancia propia del ignorante enriquecido. En Bolivia, triunfó un candidato que todas las encuestadoras instalaban como cuarto, dejando esa duda, sobre estas apuestas numéricas, que también acompañan a Milei y a los suyos.
Asombra la modernidad de una democracia de “mercados”, donde pareciera que hay que adaptar los resultados al gusto de los supuestos inversores. Pocas definiciones nos desnudan en nuestra vocación colonial como semejante aberración. Sustituir al pueblo por los mercados es lo mismo que considerar al equilibrio macroeconómico como lo único preponderante, superior en importancia a las necesidades de la sociedad que han pasado a ser irrelevantes además de sensibleras, para emplear un adjetivo caro a las desdeñosas preferencias presidenciales.
En suma, al poder lo expande el talento tanto como lo limitan y corrompen la soberbia, la codicia y la necia y ciega confianza en la impunidad.
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