
Vivimos en una época donde la tecnología redefine nuestras rutinas, nuestras decisiones, nuestras formas de comunicarnos. La inteligencia artificial ya no pertenece al terreno de la ciencia ficción: traduce textos, responde preguntas, predice comportamientos, crea imágenes, toma decisiones. Y aunque estos avances ofrecen enormes oportunidades, también plantean desafíos profundos para el desarrollo humano, especialmente en relación con algo que parece simple, pero es esencial: leer.
En el Mes de las Infancias, pensar en la lectura es pensar en las bases mismas del crecimiento. Leer en voz alta a un niño no es solo una forma de entretenerlo: es un acto fundacional. Desde los primeros años, los libros ayudan a desarrollar el lenguaje, expanden el vocabulario, estimulan la imaginación y fortalecen la capacidad de concentración y empatía. Pero, más allá del aprendizaje escolar, la lectura ofrece una llave silenciosa al pensamiento crítico y a la comprensión del mundo.
También es una herramienta poderosa de crianza. Los libros pueden convertirse en puentes entre generaciones, en espacios de encuentro emocional y en aliados para formar una infancia con mirada equitativa, libre de estereotipos. Cuando los adultos leen, recomiendan, preguntan o simplemente se sientan junto a un niño a compartir una historia, están modelando valores. Son gestos que enseñan, incluso sin hablar.
Hoy, en un ecosistema saturado de estímulos digitales, donde los contenidos se consumen en ráfagas breves y muchas veces descontextualizadas, el libro, ese objeto que pide pausa, atención y escucha, cobra una relevancia renovada. La lectura propicia algo que ningún algoritmo puede replicar del todo: el proceso interno de interpretación, conexión y reflexión que ocurre en el cerebro humano cuando nos sumergimos en una historia.
Para los adultos, leer también es una forma de resistencia frente a la automatización del pensamiento. En una realidad cada vez más dominada por respuestas inmediatas, titulares fugaces y contenidos generados por máquinas, leer con profundidad se vuelve una práctica activa de ciudadanía. Es una forma de sostener la curiosidad, de entrenar la mente, de no ceder el criterio a la lógica del clic.
La IA puede ayudarnos a encontrar información más rápido. Pero la comprensión profunda de un texto, la habilidad de distinguir entre una fuente confiable y una dudosa, o de empatizar con un personaje, son capacidades que se entrenan leyendo, no “scrolleando”. La lectura sigue siendo la base de toda educación significativa, y una herramienta vital para la libertad individual.
Por eso, el entorno lector también importa. El rol de las familias, las escuelas, las bibliotecas y las plataformas que facilitan el acceso a libros es clave. Incentivar la lectura desde la infancia no es solo una tarea educativa: es una apuesta por la convivencia, la empatía y el pensamiento plural. No se trata únicamente de leer cuentos antes de dormir, sino de construir espacios donde los libros estén al alcance, donde se valoren distintas voces y donde los adultos sean también lectores.
Ampliar el acceso a títulos diversos, ya sean importados, traducidos, de autores independientes o de editoriales pequeñas, es tan importante como enseñar a leer. La lectura no debería reforzar burbujas, sino derribarlas. De ahí el valor de promover la circulación de libros como un acto cultural que acompaña los cambios sociales.
La inteligencia artificial podrá ser una herramienta potente. Pero es la inteligencia emocional, cultivada en buena parte a través de los libros, la que nos permite convivir, comprender, imaginar alternativas, resolver conflictos, ser empáticos. Leer nos humaniza. Y en la era de los datos, eso no es poca cosa.
En definitiva, leer sigue siendo una de las formas más poderosas de crecer. En este Mes de las Infancias, regalemos libros, contemos historias, leamos en voz alta. Porque en cada página compartida se juega no solo el futuro de nuestros chicos, sino también el de nuestra humanidad.
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