
A escasas horas para el cierre de las listas que competirán en las elecciones legislativas nacionales del próximo 26 de octubre, Javier Milei parece haber acelerado de cara a una corta pero intensa campaña que desembocará en la inédita y anticipada elección bonaerense del 7 de septiembre y que oficiará como una suerte de “preludio” de una elección de medio término en la cual el oficialismo nacional tiene cifradas altas expectativas.
Lo cierto es que todo parece teñirse de un inocultable barniz electoral. La campaña y las necesidades de potenciar la oferta electoral libertaria se cuelan no solo en las decisiones políticas, el despliegue simbólico o las configuraciones discursivas, sino también en una economía que vive semanas turbulentas y que amplifica algunos grandes interrogantes que difícilmente se despejen tras conocerse la expresión popular plasmada en las urnas.
A esta altura casi nadie duda de que el gobierno nacional conseguirá un importante acompañamiento en octubre. Aunque la economía no logra la anunciada reactivación, y el consumo no se recupera en un contexto de marcado deterioro del poder adquisitivo del salario y creciente carestía de la vida que hace estragos en muchas familias con dificultades cada vez mayores para llegar a fin de mes, es muy probable que una porción importante de la ciudadanía le reconozca electoralmente a Javier Milei el éxito en el proceso de desinflación.
Una potencial victoria que -de confirmarse- será sin dudas importante pero que más allá de la magnitud estará muy lejos de entrañar un cheque en blanco o representar una suerte de plebiscito para avanzar a como dé lugar tanto en algunas reformas de carácter estructural como en aspectos de la tan mentada “batalla cultural” en la que el presidente se percibe a sí mismo y a su espacio como un verdadero “cruzado”.
Sin embargo, para octubre faltan tres meses, en los que muchas de las cosas que el gobierno hace y dice, tanto en lo político como en lo económico, tendrán consecuencias que irán más allá de lo que se dirima en las urnas. Tres meses en los que el oficialismo se enfrentará primero a un difícil test electoral que tendrá lugar en apenas 20 días, que si bien muy probablemente -y aún con un resultado no tan favorable- no altere el amplio favoritismo de cara a octubre, marque el pulso de una campaña nacional mucho más crispada, lo que alimentará inexorablemente la volatilidad e incertidumbre en los mercados.
Milei y los estrategas libertarios no quieren o ya no pueden escapar de esta peligrosa trampa de la polarización que, aunque pueda ser una vieja, elemental y conocida herramienta que mantenga su efectividad en términos electorales, avizora no solo mayores sobresaltos en un ya de por si complejo escenario económico previa sino también muy probablemente mayores tensiones y fricciones en la inevitable convivencia política posterior a una elección en la que el oficialismo no alcanzará -bajo ningún escenario posible- mayorías en las cámaras legislativas.
El dispositivo polarizador, ahora arropado discursivamente por el polémico eslogan “kirchnerismo nunca más”, no solo sirve para encarar las elecciones bonaerense y nacional con una estrategia simplificadora que apela al potencial movilizador del miedo y otras emociones negativas, sino que incluso es una construcción que pretende explicar -siempre según el razonamiento oficialista- las turbulencias económicas sino también incluso las ofensivas opositoras en el Congreso.
Así, en una suerte de giro dialéctico, el consabido “riesgo político” que los mercados y actores económicos suelen evaluar y sopesar en tiempos electorales, donde los programas económicos no solo demuestran su nivel de respaldo popular sino también su sustentabilidad frente a la potencialidad de la democrática alternancia, se convierte para el oficialismo en “riesgo kuka”.
Un recurso que, insisto, puede tener efectividad en lo electoral, pero que entraña un mensaje peligroso para arrancar la campaña en un contexto donde el gobierno necesita no solo potenciar su oferta electoral, sino también desactivar inquietudes y mostrar fortaleza en el plano económico.
Y esta semana estuvo muy lejos de aportar tranquilidad. Mientras Milei escenificó en La Plata el escenario polarizador con virulentos ataques contra el gobernador bonaerense, los responsables del programa económico siguen improvisando medidas para planchar el dólar y mantener a raya la inflación, aún a riesgo de sacrificar la actividad económica, el consumo y el empleo, imposible con las tasas por las nubes y el marcado encarecimiento del dinero. Medidas que, además, generan inquietud en los mercados, como las anunciadas para aspirar la liquidez en pesos de los bancos tras el fracaso del intento de renovación de bonos que vencían, y que hubiesen volcado al mercado casi $6 billones el lunes próximo.
Así las cosas, el gobierno pareciera suscribir ingenuamente a una visión de transparencia entre política y economía en virtud de la cual un resultado electoral favorable en octubre reordenaría la economía, no solo exorcizando los riesgos que perciben los mercados e inversores sino incluso borrando los propios errores y daños autoinfligidos, despejando el camino para avanzar sin obstáculos hacia la consumación de un modelo cuyos perfiles son lábiles y difusos.
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