
“Estoy cansado, pero no sé por qué”. La frase se repite en todo rango etario o actividad. Esta fatiga crónica y difusa, persistente, ajena al esfuerzo físico o mental tradicional, se ha convertido en una condición difícil de diagnosticar, pero imposible de ignorar. Dormimos, pero no descansamos. Nos detenemos, pero no hallamos paz. Es el síntoma más evidente de una civilización culturalmente agotada.
La promesa contemporánea, desde su comienzo incumplida, era clara: la automatización, la tecnología y el avance del conocimiento nos liberará del trabajo duro otorgándonos más tiempo libre. Sin embargo, la realidad es otra. Las herramientas digitales, lejos de liberar tiempo, han ampliado el terreno de lo que se espera de nosotros. La hiperconectividad nos permite trabajar desde cualquier lugar y, por lo tanto, se prevé que trabajemos en todo momento.
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Y así como en el pasado la opresión era externa, impuesta por estados o estructuras sociales, hoy se ha desplazado hacia el interior de cada individuo, pasando de una sociedad disciplinaria del “no podés”, a una sociedad del rendimiento cuyo mandato es “vos podés”. Más que libertad, es una nueva forma de coacción donde el sujeto posmoderno, convencido de su autonomía, se convierte en su propio explotador.
Byung-Chul Han llamó a este fenómeno la sociedad del cansancio, y su diagnóstico no fue médico sino cultural, por el exceso de positividad y la autoexplotación como los principales responsables de esta fatiga pandémica. Bajo la apariencia de libertad y autoemprendimiento, el individuo contemporáneo interioriza el mandato de rendimiento prescindiendo de un amo porque ya se explota a sí mismo, en nombre de las exclusivas virtudes del éxito y la visibilidad como parámetros de productividad y eficiencia.
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Esta mentalidad de crecimiento mal interpretado lleva a la autoexigencia patológica, disminuye la tolerancia a la frustración e incapacita para la aceptación de límites, exacerbando el burnout bajo el mito del rendimiento perpetuo. Frecuentemente, lejos de encontrar sentido en nuestras labores, nos vemos obligados a reinventarnos constantemente, temerosos de la obsolescencia y la irrelevancia contribuyendo al agotamiento existencial. Esto también manifiesto en la colonización del cuerpo como recurso a optimizar, medicalizar y controlar donde el sueño, el ocio o la discapacidad son vistos como obstáculos a la eficiencia. Por ello, Barbara Ehrenreich señala que la obsesión contemporánea con la salud, el fitness y la longevidad no responde tanto a un genuino cuidado de sí, sino a una lógica de autoexplotación donde envejecer con sus naturales consecuencias es fracasar en la carrera del hacer, reforzando la ansiedad y el sentimiento de insuficiencia.
Franco Berardi describió con crudeza este nuevo perfil del sujeto actual como ansioso, acelerado, hiperconectado y autovigilado, pagando el precio de haber renunciado a la verdad, al orden y al arraigo. Así, el agotamiento es el resultado de haber desmantelado los marcos tradicionales de sentido como la familia, la religión o la comunidad, ya advertido por Roger Scruton describiendo la sustitución de la obediencia a lo sagrado por la sumisión a la moda y al deseo inmediato. Y esta soledad ontológica se intensifica por la virtualización de las relaciones debilitando los lazos de solidaridad y pertenencia, dejando al individuo aislado y librado a su narcisismo e inseguridades, teniendo al rendimiento como cuantía personal de su único marco de pertenencia, el laboral. Y por ello aumentando los niveles de estrés, depresión y sensación de vacío. Y esta es precisamente la trampa de la sociedad posmoderna ofreciendo libertad sin contenido, sin sabiduría ni virtud, sin pertenencia ni límites, dejándonos huérfanos.
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Como destaca Clive Lewis, hemos extirpado órganos, pero exigimos funcionalidad; producimos personas sin corazón, pero esperamos iniciativa; hemos quitado valores, pero esperamos virtudes; redujimos toda dignidad a la eficiencia y la diligencia al dinamismo. Hemos involucionado de la ciencia a la magia, retrocediendo del problema de como adaptar el alma a la realidad cuya solución fue el conocimiento, la autodisciplina y las virtudes, al problema de como adaptar la realidad a los deseos del hombre cuya solución es una técnica sin importar cuan impía sea.
Esta involución es el resultado de décadas de erosión deliberada del orden simbólico y moral que sostenía a Occidente. La ideología progresista, al disolver la autoridad, el deber y el vínculo con lo trascendente, ha dejado al individuo flotando en una cultura nihilista de autoexplotación, ansiedad y vacío. Y ello perfeccionado por las redes sociales intensificando este desgarramiento convirtiendo la vida humana en una competencia permanente de imágenes, frases de motivación y falsa plenitud. Un imperio de lo superficial dominado por la economía de la atención, por haber ocultado lo sagrado. Plataformas digitales y medios que compiten por captar y monetizar cada segundo de nuestra concentración, fragmentando la experiencia y dificultando la profundidad reflexiva. El resultado es una sobrecarga cognitiva constante que impide el verdadero descanso mental y espiritual.
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Desde la neurociencia Daniel Levitin describe cómo la multitarea digital y la hiperestimulación disminuyen la capacidad de concentración y aumentan la fatiga mental, generando un estado de alerta permanente que agota los recursos internos del individuo.
Por eso la cultura del burnout no se soluciona con pausas activas ni coaching. Es el síntoma de haber desprovisto radicalmente de moralidad al tiempo, al cuerpo y al alma. No es que trabajemos demasiado, sino que trabajamos sin saber para qué ni para quién, sin comunidad, sin fidelidad, sin visión del bien.
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La OMS reconoció desde el 2019 al burnout como un fenómeno ocupacional resultado del estrés crónico y mal gestionado en el lugar de trabajo. Pero hoy los expertos advierten que el agotamiento se ha extendido más allá del ámbito laboral, alcanzando dimensiones vitales y existenciales.
En Argentina, el Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA (2024) reveló en un estudio que el 48,6% de los participantes entre 18 y 30 años, presentaron niveles de ansiedad moderada a severa, y el 8,7% estaban en riesgo de padecer un trastorno mental. A nivel global, el Gallup Global Emotions Report (2023-2024) mostró que el 40% de las personas se sienten preocupadas o muy preocupadas la mayor parte del tiempo y junto al estrés (37%), son las dos emociones negativas de mayor porcentaje.
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La posmodernidad y el progresismo no nos liberó de nada, salvo del sentido existencial, razón por la cual no hay descanso posible, ni físico ni espiritual. Porque ya no se trata sólo de estrés laboral, hay una forma de agotamiento cultural relacionado con la falta de propósito, la saturación de estímulos y la presión permanente por estar en marcha.
Ahora bien, recuperar el descanso no implica abandonar el trabajo ni rechazar la tecnología, sino devolverle peso moral al tiempo, al cuerpo y a la existencia. Y para eso es necesario restaurar los vínculos con lo trascendente y los valores.
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No hay salud mental sin raíces. No hay descanso sin límites. No hay libertad sin verdad. Como afirma Emmanuel Levinas desde las enseñanzas talmúdicas y luego Roger Scruton, la libertad no es arbitrariedad ni autonomía sin restricción, sino la limitada por normas sociales, leyes y tradiciones que nos preceden y sostienen la comunidad, otorgando sentido y siempre condicionada a la responsabilidad.
Por eso el verdadero antídoto contra el burnout, como toda enajenación, no es el rechazo, el desapego, la autoayuda ni la evasión. Es la reposición de lo que nunca debimos perder, nuestra naturaleza relacional y ética como fundamento del arraigo cultural, axiológico y comunitario.
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