
Tenemos que volver a estudiar. Todos los argentinos necesitamos aprobar una materia que no cursamos: inteligencia artificial. Y no es una exageración. La IA ya es tan indispensable como saber matemáticas o idiomas, y lo será mucho más en el futuro inmediato. Todo el quehacer humano incorporará el uso de esta tecnología en el proceso de toma de decisiones, y eso no sucederá solo en el campo laboral, profesional, cultural o científico: hasta las tareas más cotidianas están alcanzadas por la IA, desde consultar la receta de un guiso hasta planificar una excursión para el fin de semana.
¿Es tan amplio su uso? Sí, lo es. Estamos viviendo solo las etapas embrionarias y ya vemos la multiplicidad de sus aplicaciones. Tal vez sirva la siguiente analogía: hoy usamos la electricidad en prácticamente todas las actividades humanas. Es más, un corte de luz nos paraliza. Hemos adoptado la electricidad con una naturalidad tal que nos cuesta pensar nuestra civilización sin ese recurso esencial. La IA está en esa categoría. El siglo XXI será construido usando IA en cada una de las dimensiones de nuestra experiencia individual y colectiva.
Algo así como la “biblioteca de Babel” imaginada por Borges, pero con una diferencia clave: hoy podemos interactuar con ella en tiempo real, formular preguntas, buscar patrones, construir sentido. Es un cambio de escala y de lógica. Y para aprovecharlo, necesitamos nuevas habilidades.
En este escenario, la educación ocupa un lugar estratégico. Hoy, en muchas escuelas secundarias, los estudiantes ya usan IA para practicar idiomas, resolver ejercicios o corregir redacciones. Es un cambio profundo que desafía el modelo pedagógico tradicional: el conocimiento ya no pasa únicamente por el docente, y la delegación cognitiva —confiar en una herramienta para pensar o decidir— se vuelve cada vez más común.
¿Cómo hacemos para que potencie el aprendizaje sin reemplazar la capacidad de pensar? ¿Cómo evitamos que se convierta en un atajo para evitar el esfuerzo y no en un catalizador del pensamiento crítico?
Recientes estudios preliminares de instituciones como el MIT estudian los efectos de la interacción hombre-máquina que sugieren que su uso óptimo ocurre cuando el investigador reflexiona primero por cuenta propia para luego formular mejores preguntas a la máquina. “Hacelo vos mismo primero y luego usa la herramienta; la herramienta puede potencialmente aumentar tu producción”, señalaron en sus conclusiones.
El cambio también implica repensar el rol del educador. El acceso libre al conocimiento posibilita que el docente pueda reducir el esfuerzo dedicado a transmitir datos para enfocarlo en ser guías que acompañan, contextualizan, jerarquizan y estimulan el pensamiento. Pero este nuevo rol requiere primero una transformación interna: no se puede enseñar a aplicar la IA sin antes adoptarla. La capacitación docente en este tipo de herramientas debe ser una prioridad.
Esta transición debe ser rápida e inclusiva. La brecha no es solo tecnológica, es cognitiva. Las personas que no accedan o no sepan usar IA quedarán en desventaja frente a quienes sí lo hagan. Si no actuamos pronto, nos enfrentaremos a una nueva forma de exclusión: el analfabetismo tecno-cultural.
El debate está abierto y convoca a tecnólogos, educadores, filósofos, juristas, políticos y líderes religiosos. Cuanto más cercano a la gente sea ese proceso, más efectiva será la transformación. Uno de los textos más profundos sobre el impacto de la IA en nuestra vida es el Antiqua et Nova, documento emitido por el Dicasterio para la Cultura y la Educación del Vaticano. En él se advierte que “los desarrollos tecnológicos que no llevan a una mejora de la calidad de vida de toda la humanidad, sino que, por el contrario, agravan las desigualdades y los conflictos, no podrán ser considerados un verdadero progreso”.
Para evitar “agravar desigualdades y conflictos” se debe lograr que en el menor plazo posible la mayor cantidad de gente conozca y aprenda a utilizar la IA. El reloj ya avanza. Enfrentamos una dinámica que será progresiva y demorar nuestra adaptación solo producirá que el tamaño de la brecha se agrande en el futuro. Un enorme salto cualitativo nos convoca. Estamos frente a un desafío que requiere aplicar nuestra creatividad y nuestra iniciativa para lograr el mayor beneficio para nuestras comunidades. De nosotros depende.
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