
Cuando el conservador Otto von Bismarck instauró en 1889 el primer sistema de jubilaciones y pensiones en Alemania, difícilmente imaginó el impacto que tendría en el futuro económico y sanitario de la humanidad. Las políticas de bienestar del “Canciller de Hierro” sentaron las bases del envejecimiento moderno y crearon una respuesta desde el republicanismo al profundo conflicto social de su tiempo. La crisis del sistema jubilatorio argentino y su diferido abordaje deberían alertarnos; podríamos estar relegando un factor decisivo en la ecuación de nuestra paz social.
Por entonces, Bismarck contaba 74 años y viviría hasta los 83, un privilegio frecuente entre los de su clase social, pero excepcional para el resto de la población de la época. Su innovación inspiró la seguridad social moderna e igualó la oportunidad de una larga vida para todos. El sistema de seguridad social fue un avance extraordinario en nuestro sistema de convivencia.
Jubilaciones y salud
En tiempos de Bismarck, la esperanza de vida en Alemania era de 41 años, de 30 en España y de 44 en Francia. En el siglo siguiente, estos países duplicarían esas cifras, en parte por el desarrollo de seguros sociales de salud y retiro. Las jubilaciones efectivamente mejoran la salud de los mayores y extienden a más gente la posibilidad de un envejecimiento saludable.
En primer lugar, la misma biología no nos permite trabajar toda la vida, al menos no de la misma forma. Varios estudios han mostrado que la salud mental de las personas mejora con el retiro laboral. Es natural; tras décadas de trabajo surge el agotamiento, la resistencia física disminuye, emergen cambios propios del envejecimiento en articulaciones, visión, riñones, corazón, músculos, y otros sistemas biológicos, y aumentan los requerimientos de salud. Luego, un cierto retiro laboral es saludable.
Ahora bien, sostener la existencia luego del retiro exige mantener ingresos, por razones económicas y de salud. Se ha visto que las personas sin cobertura previsional sufren más enfermedades crónicas y peor calidad de vida. Y en los últimos 40 años en Europa, las crisis económicas y caídas reales de las jubilaciones se asociaron a menor acceso a servicios médicos preventivos y aumento de internaciones y servicios de emergencia.
Luego, las jubilaciones no pueden persistir bajas sin tener consecuencias sanitarias. De hecho, cumplidos los 65 años, un argentino vivirá en promedio 18 años más, un alemán 20, un surcoreano 21, y un monegasco 23. Es una brecha que se agranda cumplidos los 75, y debemos reducirla.
Dejar totalmente de trabajar tampoco es bueno. Entre empleados de Shell en Estados Unidos, la sobrevida disminuía con la jubilación temprana (55 años). Y un estudio sueco mostró que dejar de trabajar a los 60 aumentaría un 136% las chances de sufrir deterioro cognitivo, independientemente del nivel educativo o económico. Luego, médicamente hablando, el trabajo es salud y el modelo de retiro es discutible.
Tras jubilarse, el individuo usará la mitad de los recursos de salud de toda su vida. Pero ganará siempre años saludables. En promedio (reitero, en promedio), la muerte en la vejez es precedida por 2 a 4 años de dependencia y debilidad avanzada, sea que se vivan 75, 80, o 90 años. Incluso entre quienes viven 100 años, la alta dependencia comienza, en general, poco antes del deceso. Esto es muy bueno, pero imposible sin ingresos y servicios de salud. Medicamentos, cirugías (cataratas, cadera, columna), anteojos, audífonos, y chequeos médicos, representan la mitad del esfuerzo. Afectos, gimnasia, y actitud ante la vida son la otra mitad. Todo ilusorio sin una seguridad social organizada.
No habrá sociedad que tolere, sin enormes conflictos, ver gente mayor arruinada y sin salud. Por lo tanto, la pregunta no es si habrá jubilaciones y salud para los mayores o no, sino cómo habrá de sustentarse un sistema que garantice un retiro laboral paulatino, con ingresos y salud garantizados. La cuestión será como financiarlo.
Haberes jubilatorios
La seguridad económica que aporta la jubilación mejora los patrones de consumo de los adultos mayores y eleva sus estándares de vida. Se demostró que los síntomas depresivos son más frecuentes, y la depresión más profunda, entre quienes no reciben jubilación o pensión.
Que los regímenes previsionales y de salud para los mayores sean de cobertura amplia o restringida, contributivos o no contributivos, de reparto o capitalización, públicos o privados, son todas discusiones importantes pero meramente instrumentales. Y su debate en la Argentina requiere modelos matemáticos complejos, fundamentos científicos, tecnología avanzada, y el aporte de los mejores especialistas. Todo ello, hoy, escaso.
Repensar las jubilaciones constituye, en cierto modo, un intento por controlar el futuro, donde la incertidumbre es extrema. Y ese futuro está ante nuestros ojos: para el 2060 se estarán jubilando todos los chicos que hoy están en la escuela; la mitad de ellos, criados en la pobreza.
Lo esencial es utilizar los instrumentos disponibles para garantizar, de forma sustentable e igualitaria, soporte económico suficiente y atención sanitaria de calidad a nuestros mayores. De lo contrario, regresará aquel conflicto social que impulsó a Bismarck, hace más de un siglo, a promover sus históricas reformas, y la vejez saludable volverá a ser privilegio de pocos.
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