
Juan O. es productor agropecuario. Le comentaron que hay una nueva cebada forrajera que tiene excelente rendimiento y que le permitiría complementar otros verdeos para su hacienda. ¿Qué hace? Si va al INTA lo reciben, asesoran; le comentan ventajas y desventajas. Por ahí le piden una muestra de tierra, hace análisis de laboratorio, le piden datos geográficos y, finalmente, le recomiendan una semilla de una variedad nueva que el INTA desarrolló o probó y sabe dónde usar. Juan O aumenta su producción incorporando la tecnología necesaria en el momento correcto para su campo.
Martín R. fabrica jabones y cosméticos. Leyó una nota que cuenta que empresas de otras latitudes usan Inteligencia Artificial (IA) para combinar sustancias y hacer propuestas antes de realizar experimentos, lo que les permite ahorrar en costos de producción y ampliar la gama de productos. ¿Qué hace? Llama a un amigo que estudió informática. Llama a la cámara empresarial. Le recomiendan un consultor. Busca en internet. Mientras que el agro tiene décadas de institucionalidad técnica, el sistema productivo navega a ciegas frente a las nuevas posibilidades que abre la IA.
Argentina no tiene una estrategia para acompañar la incorporación de IA en su aparato productivo y este ejemplo busca evidenciarlo. Como contrapartida, otros países dentro y fuera de la región -como Chile por ejemplo- cuentan con centros de IA que permiten guiar las iniciativas de uso de esta tecnología y su integración al sistema productivo. En muchos casos, es una de las primeras medidas que se toma para impulsar el cambio tecnológico.
La paradoja es que nuestro país ya tiene los fondos. En 2023, el BID aprobó un préstamo para crear un centro dedicado a la transferencia tecnológica en IA. El gobierno era otro, pero el país es el mismo y los préstamos son al país, no al gobierno.
Un centro así podría ser la referencia técnica para las PyMEs que no pueden financiar equipos propios. De ese modo, los “Martines R” podrían acudir a una autoridad seria e informada. Por ejemplo, si va a usar un modelo de IA que traduzca documentos técnicos para el equipo de ventas, de forma tal de entrenarlos en su propio lenguaje, ¿qué modelo le convendría usar? Martín R. no tiene por qué conocer todas los alternativas existentes, sus ventajas y desventajas, o la posibilidad de usar modelos gratis, o el costo de uso de aquellos que son pagos. Tampoco cuáles están especializados en un determinado dominio o tarea. Martín R tampoco que convertirse en un especialista en armar prompts.
Así como durante décadas los productores agropecuarios confiaron y usaron el INTA como una institución de consulta y referencia, este centro debe convertirse en la autoridad del tema para el mundo productivo —al menos, para las PyMES que no van a armar un grupo de IA interno. El INTA agrega valor porque no sólo realiza tareas de investigación: traduce esos saberes en soluciones concretas. Eso mismo necesitamos para la IA. En tal sentido, es clave que este centro interactúe con el sólido ecosistema de software con el que cuenta la Argentina, potenciando nuevos proyectos y el vínculo entre empresas. No debería ser un centro de investigación académica ni dedicarse sólo a auditar regulaciones: debe ser el acompañante necesario para mitigar riesgos y potenciar la adopción de una tecnología que, todos sabemos, “se viene”.
Un centro no es una estrategia, pero es un buen primer paso. No tiene sentido esperar a tener un superplan escrito para empezar a hacer cosas, pero hay que empezar a hacerlas. Declamar no es la forma de llevar al país a ser el tercer hub de IA en el mundo.
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